28 enero 2007

EL JUICIO CONTRA GALILEO GALILEI.

Uno de los más famosos y emblemáticos momentos de la historia religiosa de todos los tiempos, es el juicio seguido por la Iglesia Católica contra Galileo Galilei. Consagrado por años como una rebelión intelectual del pensamiento libre contra el escolasticismo y el dogmatismo de la Iglesia Católica, se ha construido toda una mitología en torno a dicho juicio. Y sin embargo, no todo es como lo pinta la tradición. El Ojo de la Eternidad refiere los entretelones de uno de los episodios más polémicos en la historia científica y eclesiástica.


[IMAGEN SUPERIOR: El juicio contra Galileo Galilei. Ante la Santa Inquisición debió retractarse de sus afirmaciones].

LA LEYENDA DE GALILEO CONTRA EL OSCURANTISMO.
El juicio a Galileo Galilei, celebrado en el año 1633, ha pasado a la historia de la religión como un baldón o infamia de la Iglesia Católica. Galileo ha sido considerado como el defensor del secularismo frente a una Iglesia Católica completamente inflexible y terca en sus afirmaciones. De esta manera, el juicio tiene por sí mismo un valor mítico que supera a los hechos históricos.
Y sin embargo, los hechos históricos son, como de costumbre, un poco más complicados de lo que parece a simple vista. Decir que la Iglesia Católica obró en el vacío y tronando desde lo alto es en realidad una exageración, y por otra parte, también Galileo se extralimitó en la defensa de un modelo heliocéntrico que, contra la creencia generalizada de las gentes en la actualidad, no estaba ni de lejos perfectamente probado en ese tiempo.

LA VISIÓN OFICIAL DEL UNIVERSO SEGÚN LA IGLESIA CATÓLICA.
Durante la Edad Media, la Iglesia Católica había asumido una actitud bastante reacia a la ciencia. Por definición, la ciencia busca interrogar a la naturaleza mediante la experimentación, y por tanto no se fundamenta en verdades sagradas o absolutas. Por ende, la religión miró desde siempre el desarrollo científico con sospechas. Ya en 1292, la Iglesia llevó a juicio al sacerdote Roger Bacon, por sus incipientes experimentos científicos.
Pero como la Biblia no era especialmente informativa sobre la estructura del mundo, la Iglesia Católica se apoyó en una serie de textos griegos que parecían concordar con la visión bíblica del mundo. En Astronomía, el texto clave era el "Almagesto" de Claudio Ptolomeo, un matemático griego que vivió en Egipto en el siglo II dC. Llevando la contraria a otros griegos como Aristarco o Pitágoras, por ejemplo, Ptolomeo sostenía que la Tierra era el centro del universo, y todos los otros cuerpos celestes, incluyendo al Sol, giraban en su torno. Esto se encuentra en consonancia con la Biblia, concretamente con Josué 10:12-14, ya que se señala que Yahveh detuvo el Sol sobre el valle de Gabaón. Además, el que Dios cree primero el firmamento primero y el Sol después (Génesis 1:6-8 y Génesis 1:14-19) parece presuponer un Sol subordinado a la Tierra, en particular porque Génesis 1:7 presupone no un cielo vacío y abierto hasta el infinito, sino una especie de gigantesco océano de aguas, más allá de la bóveda celeste rellena de aire, en donde están los cuerpos celestes.
El problema que ya habían detectado los antiguos griegos, es que los planetas no se mueven de la manera en que deberían, si el universo fuera de esa manera. Concretamente, los planetas hacen unos rizos muy extraños en el cielo. Para explicar esto, los astrónomos tuvieron que desarrollar un complicado sistema de órbitas que se mueven en círculos dentro de círculos, llamados epiciclos y deferentes, para salvaguardar el principio de que los planetas, por ser cuerpos celestiales y por ende perfectos, no podían moverse de otra manera que no fueran en círculos, que a juicio de los filósofos y teólogos era la figura perfecta. Y más de alguien empezó a preguntarse si no habría una manera más simple de entender el mundo.

IRRUMPE EL MODELO HELIOCÉNTRICO.
En el siglo XVI, un médico polaco llamado Nicolás Copérnico se dedicó a hacer una serie de observaciones, y publicó un libro destinado a hacer revolución: postulaba que no era la Tierra, sino el Sol, el centro del universo. Consciente de que aquello podía ofender a la Iglesia Católica, esperó décadas antes de publicar sus ideas, y cuando el libro vio la luz en 1543, Copérnico estaba ya en su lecho de muerte, a la edad de 70 años.
Pero las nuevas ideas no ofendieron a la Iglesia, al menos en principio. Copérnico presentaba su modelo como un simple artificio matemático para facilitar los cálculos astronómicos, y no como una verdad sobre la estructura del cielo. Esto tranquilizaba a las mentes católicas. Incluso Tycho Brahe, observando una supernova en el año 1572, pudo poner en tela de juicio el dogma de la inmutabilidad de los cielos sin problemas, aunque trabajaba para el cristianísimo Emperador de Alemania. Pero el panorama se puso más oscuro cuando un filósofo llamado Giordano Bruno, aprovechando las últimas ideas astronómicas de su tiempo, dijo que el universo quizás era infinito en el tiempo y en el espacio. Como esta idea contradecía el dogma de la creación ex nihilo (de la nada) que postula el Génesis, Bruno fue juzgado por la Inquisición, y finalmente quemado en la hoguera en 1600.
Algo más tarde, la disputa se tornó más espesa. En 1610, el astrónomo Galileo Galilei, a la sazón el científico oficial de la corte del Gran Duque de Toscana, dirigía por primera vez un telescopio al cielo. Entre sus hallazgos estaban las fases de la Luna y de Venus, así como las manchas solares y los cráteres lunares. Galileo se convenció entonces de que el modelo heliocéntrico era correcto, y lo defendió como una verdad de hecho en un escrito que fue finalmente condenado por la Inquisición en 1616. Contra la convicción popular, la verdad de las cosas es que en ese entonces toda la prueba acumulada sobre el modelo heliocéntrico era meramente circunstancial. La primera prueba empírica irrefutable sobre el heliocentrismo se obtendría recién a comienzos del siglo XVIII, esto es, unos ochenta años después de la muerte de Galileo, cuando se realizaran observaciones en Júpiter tendientes a descubrir un tema tangencial, cual era el valor de la velocidad de la luz.

GALILEO CONTRA LA INQUISICIÓN.
La verdad de las cosas es que Galileo eligió una mala época para defender el modelo heliocéntrico. La Iglesia de comienzos del siglo XVII se había visto profundamente influida por el espiritualismo y el ultramundanismo propios del Concilio de Trento (1545-1563), que a su vez era respuesta a la Reforma Protestante que Martín Lutero había iniciado en 1517. La Iglesia Católica de la segunda mitad del siglo XVI, y el siglo XVII, buscaba así reafirmar la ortodoxia a rajatabla, como una manera de lidiar con los rebeldes cismáticos del norte que acusaban a la Iglesia Católica de no ser lo suficiemente fieles a las Sagradas Escrituras, algo que entonces y ahora es en realidad cierto. No por casualidad, tanto Copérnico como Brahe provenían de países lejanos a la férula pontificia, ya que eran polaco uno y alemán el otro. Para colmo, en 1618 había estallado la Guerra de los Treinta Años, en la que el católico Emperador de Alemania trataba de aplastar a los rebeldes príncipes protestantes. La guerra pronto se embrolló hasta el punto que el Papado tuvo que elegir entre dos facciones igualmente católicas, la Francia del Cardenal Richelieu o el Sacro Imperio Romano Germánico. En ese clima, para la Iglesia defender la ortodoxia católica no era sólo cuestión doctrinal, sino incluso de supervivencia política.
Todas estas consideraciones pesaron a la hora de tratar con Galileo Galilei. Cuando se le prohibió defender el sistema heliocéntrico en 1616, Galileo aceptó sumisamente, pero las cosas cambiaron en 1623, porque un antiguo amigo llamado Maffeo Barberini fue elegido como Papa Urbano VIII. Urbano VIII tenía una visión moderna de las cosas, y descreía un tanto de la tradición, pero "visión moderna" significaba también cálculo maquiavélico, y si eso significaba sacrificar a un amigo para salvar la posición política de la Iglesia en el complicado mapa diplomático internacional del minuto, iba a hacerlo sin vacilar.
Pero Galileo, ajeno a consideraciones políticas, tomó el nombramiento de Urbano VIII como una buena noticia, y escribió un diálogo llamado "Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo". En él se presentaba a un interlocutor que defendía el sistema geocéntrico de Ptolomeo, y a otro que defendía el sistema heliocéntrico de Copérnico. Con esto se pretendía argumentar que el sistema heliocéntrico era presentado sólo como hipótesis, pero en verdad, era una defensa desembozada del Heliocentrismo. No costó mucho que los sacerdotes convencieran a Urbano VIII de que Galileo había abusado indignamente de la confianza de su antiguo amigo, y entonces la Inquisición citó a Galileo a Roma. El Gran Duque de Toscana, protector de Galileo, estaba en una posición comprometida, y no pudo defenderlo, por lo que Galileo no tuvo más remedio que acudir ante el tribunal.
Contra la leyenda popular, no hay evidencia alguna de que Galileo Galilei haya sido torturado, aunque sí estuvo en prisión. El procedimiento inquisitorial era simple. Si el acusado abjuraba, se le condenaba como pecador, pero podría conservar la vida. Si negaba, tendría que probar su inocencia, algo bien difícil cuando la Inquisición ya de alguna manera había tomado una decisión sobre su culpabilidad, y si la Inquisición condenaba, el castigo sería la hoguera. Galileo sabía que iba en serio: después de todo, habían quemado a Giordano Bruno por razones más o menos similares. Por lo que en ese año 1634, Galileo se decidió a abjurar. Dice la leyenda que Galileo murmuró: "E par si muove" ("y sin embargo se mueve"), refiriéndose a la Tierra, pero no hay evidencia de esto.
Galileo fue condenado a prisión en los calabozos de la Inquisición a discreción de ésta, pero esto se transformó después en arresto domiciliario de por vida. Falleció en su hogar ocho años después, en 1642. Había quedado ciego mucho antes, probablemente debido a sus muchas observaciones dirigidas hacia el Sol. Su último libro, sacado clandestinamente por amigos a Holanda, versaba no sobre Astronomía, sino sobre Mecánica.
Como puede apreciarse, los entretelones del juicio a Galileo son bastante más complicados de lo que leyenda negra reza. La Iglesia Católica se comportó de manera intolerante, es cierto, pero no es menos cierto que estaba bastante presionada en aquellos años. Por otra parte, el modelo heliocéntrico que Galileo defendía con tanto ardor no estaba ni de lejos completamente probado, y a su manera, al defenderlo como una verdad establecida, Galileo se comportó de manera tan dogmática como la propia Iglesia Católica. Pero después vino la Ilustración, y en el siglo XVIII, buscando héroes seculares que lucharan contra los sacerdotes y su odioso oscurantismo, los ilustrados reivindicaron la figura de Galileo Galilei como un defensor de la libertad de pensamiento, algo que era, pero sólo hasta cierto punto.

3 comentarios:

Diego dijo...

La verdad es una sola, y no se pueden tener matices en ella. A galileo lo arrestaron uno hombres envestidos con un poder que no tenían y que causaron un atraso enorme en el pensamiento de la humanidad.

CHOUKRI901 dijo...

Hola a todos:
Lo que llamamos tiempo es más bien la concatenación de momentos de los que tenemos conciencia, que están entremezclados con la Nada. Estos momentos de percepción consciente se “pegan” mediante lo que llamamos memoria, que no es mas que una programación. Una programación hecha en lenguaje de programación en base 2, donde el cero es el Temor y el 1 es el Amor.
Mejores deseos.

EL HABIB CHOUKRI

Rey dijo...

Galileo realizó observaciones que son repetibles y como todo buen científico llegó a una conclusión, no fué dogmático, no se inventó la idea del heliocentrismo y se aferró a ella. A Galileo lo juzgaron porque lo que decía estaba en contra de los intereses de una iglesia corrupta.