04 septiembre 2005

QUERELLA DE LAS INVESTIDURAS

En el año 1075 se entabló una furibunda guerra entre el Papado y el Sacro Imperio Romano Germánico, los dos grandes leviatanes de la política europea de su tiempo. El pretexto: quién debía nombrar a los obispos. Los verdaderos intereses en juego: Quién sería el amo absoluto de Europa Occidental. El resultado: una sangrienta guerra que se arrastraría durante 47 años, y que no terminaría con una paz definitiva. Las consecuencias hoy: comienza la autocracia papal que rige a la Iglesia Católica hasta el día de hoy. En EODLE develamos los entresijos de uno de los episodios más importantes en la historia del Cristianismo.

Hacia la guerra.

En el año 1075, la Iglesia Católica vivía un momento bastante oscuro. En los dos siglos anteriores, el poder del Papado se había ido eclipsando poco a poco. Los aristócratas de Roma peleaban el título de Papa para obtener ventajas para sí mismos, y de esta manera, la espiritualidad de la Iglesia se vio arrastrada por las cloacas. Fue un tiempo en el cual depravadas cortesanas podían imponer Papas a su antojo, y la simonía (compraventa de cargos eclesiásticos) campeó a sus anchas. El prestigio del Papado se vio aún más dinamitado luego de que en el año 1054, luego de varias hostilidades, el Patriarca de Constantinopla y el Papa de Roma rompieron relaciones definitivamente, generando un cisma en la cristiandad que hasta el día de hoy no ha sido jamás reparado. En toda Europa habían voces que clamaban por serias reformas al interior de la Iglesia Católica, e incluso varios Papas habían tratado de cambiar este estado de cosas, sin mayor resultado.

En el año 1073 llegó al solio pontificio un monje llamado Hildebrando. Este había recibido educación en un monasterio ubicado en Cluny, Francia. Los cluniacenses eran, desde su fundación en el año 910, una punta de lanza de la espiritualidad católica, y tenían un puesto destacado entre quienes aspiraban a las necesarias reformas en la Iglesia. Hildebrando había sido secretario de Gregorio VI, un Papa que había comprado su cargo por simonía para tratar de alejar a un pretendiente indigno, y que por este tecnicismo legal, había sido oficialmente depuesto por el Emperador de Alemania. De este episodio, Hildebrando había concluido que no habría posibilidad alguna de reforma, hasta que el Papado fuera fortalecido, y especialmente puesto lejos de las manos del Emperador.

Para entender bien este problema, deben tenerse presentes algunos antecedentes sobre la organización de la Iglesia de la época. Desde los tiempos del Imperio Romano, el Emperador tenía facultades para nombrar obispos a voluntad. En ese tiempo el Imperio Romano ya no existía, pero los Emperadores alemanes, señores del Sacro Imperio Romano Germánico, pretendían ser sus continuadores, basados justamente en que algunos Papas anteriores los habían nombrado como tales. Por supuesto que el Emperador nombraba como obispos no a los más capaces o de mejor vida espiritual, sino a aquellos que estuvieran en mejores relaciones con su propio poder. Además el Emperador retribuía a los obispos con señoríos feudales, por lo que los Obispados eran señoríos feudales, de la misma manera que los condados, ducados, margraviatos, etcétera, amarrados todos por un vínculo de vasallaje a la corona del Emperador.

La situación política italiana también debe ser considerada. En ese tiempo, una nueva raza de señores de la guerra, los normandos, habían hecho aparición en el sur de la península. Un aventurero normando llamado Roberto Guiscardo había ganado en diez años de guerras, el título de Duque de Apulia y Calabria (es decir, de todo el sur de Italia), y la promesa de ser nombrado Rey de Sicilia si la conquistaba, todo aquello en el año 1059. Todas esas tierras estaban en manos del Imperio Bizantino, señor del Patriarca de Constantinopla, así es que Roma y los normandos se habían transformado en aliados naturales. Al mismo tiempo, en el norte, teóricamente sometido al Imperio, cobraba fuerza cada vez mayor el Condado de Canosa, cuyos señores se trasladaron desde Canosa hasta la por entonces ascendiente Florencia, y eran los rectores de la política en el norte de Italia.

Una vez elegido, Hildebrando se nombró a sí mismo como Gregorio VII, en recuerdo del Gregorio VI indignamente depuesto, y emprendió una amplia serie de reformas. Estas se llevaron a cabo en la esfera administrativa, en primer lugar, pero para Gregorio VII, esto no era suficiente. De este modo, se lanzó a su innovación más revolucionaria: prohibió al Emperador nombrar obispos, al centrar en sí mismo tal facultad. Aquello, en términos de Derecho Medieval, constituía una verdadera declaración de guerra.

Gregorio VII contra Enrique IV.

A Enrique IV, todo esto le supo muy mal. El Emperador alemán era en realidad el señor de una serie de revoltosos vasallos que a la primera oportunidad trataban de consolidar su propio poder, a costa del poder central; entre esos vasallos estaban, recordemos, los condes de Canosa, que controlaban Italia del norte. Que el Papa nombrara a los obispos, equivalía literalmente a crear un estado dentro del Estado, algo que el Emperador no estaba dispuesto a tolerar. Las hostilidades quedaron abiertas cuando el Obispado de Milán quedó vacante. Tanto el Emperador como el Papa nombraron a su propio hombre, así es que de pronto Milán tenía dos obispos que se excomulgaban mutuamente.

Enrique IV tenía el precedente de que los Papas anteriores habían sido todos bastante débiles y dóciles, así es que pensaba que iba a imponerse fácilmente a Gregorio VII. Pero éste era de madera muy dura. Ante el encono de Enrique IV en defender su posición, Gregorio VII lanzó la más mortífera arma del arsenal pontificio: decretó el interdicto sobre los territorios imperiales, y excomulgó al Emperador.

En la Edad Media, esto era terriblemente grave. El interdicto significaba que no se podían celebrar rituales católicos, en particular la misa, en todo el territorio, por lo que la gente que muriera en el intertanto, lo haría sin recibir la gracia de los sacramentos católicos, lo que los precipitaría de seguro en los infiernos, en la concepción de la época. Al mismo tiempo, un Emperador excomulgado carecía de toda autoridad para hacerse obedecer, algo que los señores feudales, siempre listos a rebelarse, vieron como una oportunidad extraordinaria. Enrique IV trató de forzar con violencias a los sacerdotes alemanes a cumplir con los ritos católicos, sin el menor éxito, porque esto le atrajo aún mayores animadversiones.

Completamente derrotado, Enrique IV marchó a Italia con un pequeño ejército. Gregorio VII, sin conocer las intenciones del Emperador, se marchó de Roma y escondió prudentemente en el Castillo de Canosa, fortaleza principal de Matilde, la Duquesa de Toscana, y gran aliada del Papa. Pero Enrique IV no traía intenciones belicistas. Quiere la leyenda que permaneció tres días frente al castillo, en la nieve, postrado de hinojos, implorando el perdón papal, aunque parece ser que más bien sostuvieron una conversación amigable, dentro de la situación, y resolvieron sus problemas a satisfacción. En el siglo XIX, el nacionalista Canciller alemán Otto von Bismarck acuñaría la expresión “ir a Canosa”, para hacerla sinónima de una gran humillación.

El amargo fin de Gregorio VII.

Enrique IV volvió a Alemania completamente rehabilitado. Se trenzó entonces en una dura guerra civil contra sus propios señores feudales. Pidió entonces la ayuda de Gregorio VII, pero éste vaciló en intervenir en asuntos internos del Imperio. Las relaciones entre el Papa y el Emperador se enfriaron rápidamente, y el Papa comprometió entonces su apoyo al pretendiente rival, Rodolfo de Suabia. Y nuevamente puso a Alemania bajo interdicto, y excomulgó por segunda vez a Enrique IV.

Esta vez, el Emperador estaba preparado. Forzó a los obispos alemanes a reunirse en sínodo, y consiguió que Gregorio VII fuera oficialmente depuesto. La situación ya no se resolvería sino por las armas. Estas fueron favorables a Enrique IV, más allá de toda expectativa, ya que en 1081, Rodolfo de Suabia murió en combate. Enrique IV sometió duramente a los príncipes alemanes rebeldes, y luego dirigió todas sus fuerzas militares a Italia. Matilde de Canosa no pudo resistir, y Enrique IV avanzó victoriosamente hasta Roma, sometiéndola a un duro pillaje mientras que Gregorio VII escapaba de la misma.

Desesperado, Gregorio VII llamó en su auxilio al normando Roberto Guiscardo. Este, a la sazón, se encontraba en Grecia, librando una victoriosa guerra al Imperio Bizantino. Este llamado salvó al Imperio Bizantino de ser conquistado por los normandos, porque Roberto Guiscardo volvió a Italia y dejó a su incompetente hijo Bohemundo el mando de las tropas en los Balcanes. Roberto Guiscardo se dejó caer en Roma, expulsó a las tropas alemanas, y a continuación se pagó con un saqueo aún más horrible que el de los soldados de Enrique IV. Esta vez los romanos se exasperaron tanto con los normandos, que supuestamente venían a ayudarlos, que echaron a Gregorio VII apenas éste intentó regresar a Roma. El Papa se refugió en Salerno, capital de Roberto Guiscardo, en donde falleció en 1085. Sus famosas últimas palabras fueron: “amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en el destierro”.

La guerra prosigue.

Después de algunos años, subió al solio pontificio Urbano II. Este hombre era también un cluniacense, como Gregorio VII, pero mucho más perito en cuestiones diplomáticas. Estaba convencido de que no habría paz con el Imperio si no se ganaban las cuestiones de las investiduras (esto es, del nombramiento de obispos) a entera satisfacción de la Iglesia Católica. Pero no recurrió a la hostilidad abierta, sino que prefirió las sutiles artes de la diplomacia, haciendo que contra Enrique IV se rebelaran sus propios hijos. Enrique IV había nacido en 1150, era un mozalbete de 25 cuando había estallado la guerra con el Papado, y por tanto, apenas llegaba a la cincuentena cuando estaba luchando desesperadamente por conservar su trono, una vez más. Su hijo Enrique V resultó ser aún más artero que su padre, ya que consiguió derrotarle con engaños. Enrique IV tuvo que huir de Alemania, e intentaba en vano reclutar un ejército para recuperar sus dominios, cuando falleció completamente quebrantado por sus penurias, a los 56 años, en 1106.

Mientras tanto, Urbano II estaba dedicado a reforzar el prestigio del Papado por otros expedientes. En 1078, mientras Gregorio VII estaba absorbido en sus hostilidades contra el Emperador, los turcos selyúcidas habían tomado Jerusalén. Urbano II, con las manos más libres que Gregorio VII, había predicado la Cruzada, con lo que esperaba no sólo recuperar los Santos Lugares para la Cristiandad, sino también imponer a la Iglesia Católica como una figura de autoridad moral sobre todos los cristianos. Ciertamente que lo consiguió, de modo que a su muerte, en el mismo 1099 en que los cruzados conquistaban Jerusalén, la Iglesia Católica era otra vez un digno rival para el Emperador.

Una vez bien asegurado en su trono por la muerte de su padre, Enrique V insistió una vez más en la cuestión de las investiduras. Esta vez, el Papa que le enfrentaba era Pascual II, hombre de talante más bien conciliador, lejos del radicalismo de Gregorio VII y Urbano II. Después de varios años de negociaciones, ahora con la guerra sólo en estado latente, se llegó a un acuerdo en el año 1111. Enrique V renunciaba a la pretensión de investir a los obispos, pero a cambio, éstos entregaban todos los regalia (esto es, los beneficios que los obispos recibían como señores feudales) al Imperio. Era una renuncia casi heroica, por parte de ambas partes, y hubiera sido la base de un arreglo sólido y perdurable, salvo por un pequeño detalle: este trato no gustó para nada a los obispos alemanes, quienes prefirieron seguir subordinados al Emperador, pero beneficiándose de sus regalia. La ambición de poder de los sacerdotes es cosa que viene de antiguo.

En este punto, Enrique V dio un paso indigno. En vez de renegociar el acuerdo o tratar de someter a los obispos alemanes, optó por tender una trampa al confiado Pascual II, para secuestrarlo y obligarle en cautiverio a ceder todas sus prerrogativas, en lo que se refiere a las investiduras. El Papa, quebrantado después de dos meses de prolongado cautiverio, cedió. Pero ahora fueron los obispos italianos quienes se rebelaron en masa ante lo que juzgaban un vejamen inadmisible, y negaron toda validez a las concesiones de Pascual II, por haber sido arrancadas bajo coacción. Enrique V, enardecido ya que la situación se arrancaba de sus manos, decidió intervenir militarmente en Italia, una vez más, al tiempo que el clima de desorden imperante llevó a los señores feudales alemanes a sublevarse una vez más.

El Concordato de Worms.

La situación de Enrique V era desesperada, ya que con una mano estaba guerreando contra los señores feudales en Alemania, y con la otra pretendía imponerse al Papado en Italia. Pero la fortuna le favoreció. Matilde de Canosa, vieja aliada del Papado, falleció en 1115, lo que le abrió camino fácilmente hasta Roma. En 1117, los alemanes volvieron a tomar Roma. Una vez más, el Papa se arrojó en brazos de los normandos. El fiero Roberto Guiscardo había fallecido en 1085, pero en el intertanto, su hermano Roger I, y después su sobrino Roger II, se habían transformado en señores de Sicilia, y habían consolidado su posición política más allá de toda posibilidad de quebrar su poderío. Roger II no vaciló en intervenir a favor del Papado, lidiando una feroz guerra con Enrique V, y el antipapa Gregorio VIII, que éste había nombrado.

Frente a todas estas tribulaciones, Enrique V prefirió ceder. Se hacía viejo, al igual que su padre, y no quería pasarse todo su reinado en guerra, así es que mientras aplastaba uno por uno a los señores feudales alemanes rebeldes, entabló nuevas negociaciones con el Papa, que en esta ocasión era Calixto II (Pascual II había fallecido en el intertanto). En el año 1121, Enrique V logró que la Dieta Imperial (es decir, la asamblea de señores feudales alemanes) le reconocieran como Rey de Alemania, y tuvo las manos libres para llegar a un acuerdo con el Papa.

En la ciudad alemana de Worms se celebró entonces el llamado Concordato de Worms (un concordato es un tratado entre el Papado y un Estado cualquiera, en este caso, el Sacro Imperio Romano Germánico). No sin ironía, se repitieron algunas estipulaciones de lo ya acordado en Sutri, once años antes. En líneas generales, el Papa nombraría en adelante a los obispos, pero éstos deberían hacer un reconocimiento al Emperador. Esto último era un gesto vacío, desde luego, ya que al ser nombrados por el Papa le serían fieles a éste, pero salvaba de maravillas las apariencias para el derrotado Emperador. También el Emperador restituía las propiedades en Italia, de las que se había apoderado en los años de guerra anterior.

Las consecuencias de la Querella de las Investiduras.

¿Es la Querella de las Investiduras un episodio de la Edad Media, sin mayor trascendencia? ¡De ninguna manera! Las consecuencias de esta serie de guerras, siguen presentes hasta el día de hoy en la Iglesia Católica. La doctrina hildebrandina según la cual la Iglesia debía ser autónoma de todo poder secular, que hoy en día parece casi obvia, en aquellos años era una completa innovación. Aquí se sentaron las bases del totalitarismo eclesiástico que transformó a la Iglesia Católica en una monarquía absoluta de derecho divino, y que sería sucesivamente perfeccionada a lo largo de los siglos.

El resultado de este cambio fue harto drástico. El Monasterio de Cluny y los hombres salidos de allí, como Gregorio VII o Urbano II, querían sustraer de las manos del poder terrenal el nombramiento de obispos, como medida desesperada para asegurar la pureza de los hombres de iglesia. Pero a medida que los ideales de Cluny se fueron degradando, y los cluniacenses terminaron convertidos en una maquinaria de poder, y por tanto corrompidos por el mismo, el fortalecimiento de la autoridad papal dentro de la Iglesia Católica redundó en un empeoramiento de la moral al interior de la misma, ya que el Papa comenzó a nombrar obispos serviles a sus propósitos, los que se veían obligados a apoyarle como un verdadero ejército, algo que se mantiene hasta el día de hoy. A lo largo de los siglos, esta concatenación de hechos llevaría a la mundanización del clero, que en la época del Renacimiento llegaría a sus cotas más altas con figuras como el intrigante Alejandro VI, o Julio II, el Papa Guerrero, y que nunca ha sido eliminada del todo.

1 comentario:

layla_von_hoffesman dijo...

Soy estudiante de Historia y tengo que felicitarte porque está todo muy bien explicado y se entiende perfectamente.
¡Un saludo!