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24 junio 2007

¿ESTADOS UNIDOS SECULAR?: HACIA LAS ELECCIONES DEL 2008.

Que las religiones sean altamente influyentes desde el alba de los tiempos no debería ser sorpresa, pero en los tiempos racionales que corren, el que tenga un peso tan importante en la vida de muchas personas dentro de la democracia más importante del mundo, debería ser motivo de preocupación. El Ojo de la Eternidad echa un vistazo a la marea cristiana dentro de los Estados Unidos, a un año de las elecciones presidenciales.



[IMAGEN SUPERIOR: George W. Bush y el Papa Benedicto XVI: Frente a frente dos de los peores fundamentalistas de inicios del siglo XXI].

LA TRADICIÓN RELIGIOSA DE ESTADOS UNIDOS.

Desde antiguo, Estados Unidos ha tratado de vender la idea de que su patria es el baluarte de la democracia y de los derechos humanos. Así, por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial fue presentada como una guerra contra el totalitarismo y el fascismo, en nombre de la libertad del mundo civilizado. Y sin embargo, resulta curioso constatar como en el seno mismo de los Estados Unidos, tienen importancia suprema los movimientos religiosos, y lejos de disminuir, esta influencia no hace sino aumentar de día en día.

La idea de un "Estados Unidos secular" arranca desde los tiempos de la Declaración de Independencia, cuando sus primeros líderes, hondamente inspirados en movimientos tales como la Ilustración y la Masonería, proclamaron entre otras cosas la libertad de religión. Sin embargo, esta visión de un Estados Unidos secular ha encontrado numerosos problemas. En realidad, desde antes que las ideas masónicas prendieran en los Estados Unidos, existía una profunda tradición religiosa que se ha mantenido en todas aquellas regiones más retrasadas del país, en particular en el Medio Oeste. Esta tradición arranca desde sus primeros colonos, que eran muy religiosos por una cuestión coyuntural. En la Inglaterra del siglo XVI, cuando fue proclamada la reforma, estalló la guerra civil entre los partidarios de una religión moderada (los anglicanos), y una rígidamente literalista de la Biblia (los puritanos). Como los anglicanos ganaron en Inglaterra, los puritanos debieron emigrar, y por eso las Trece Colonias, los futuros Estados Unidos, se llenaron de éstos. Cuando las ideas ilustradas y librepensadoras llegaron a Estados Unidos, se colocaron sobre las anteriores como un delicado sustrato. No es casualidad que el campesino estadounidense, alejado de estas novedades intelectuales, siguiera en su fuero interno siendo rígidamente puritano, mientras que las nuevas ideas tendieron a prender en las regiones más europeizantes de Estados Unidos (Nueva Inglaterra, por ejemplo), y que tengan lugar más bien en el ámbito intelectual.

Además, aunque pretenda pasar como una organización secular, la propia Masonería es en el fondo una iglesia rígidamente jerarquizada, con sus propios rituales y doctrinas, y por ende es una religión más. Como en el caso del comunismo, la Masonería trata de venderse como "más que una religión", pero lo hace con los mismos argumentos de cualquier religión: los demás tienen verdades parciales, y nosotros tenemos la verdad absoluta. Es decir, el secularismo en los Estados Unidos dejó de ser una ideología o un programa político, para transformarse en la religión minoritaria de una casta ilustrada igualmente minoritaria. El grueso de la población siguió siendo, en su fuero interno, protestante.

LA PATRIA DEL CREACIONISMO.

No es raro, por supuesto, que Estados Unidos sea la patria de origen de uno de los movimientos religiosos más regresivos de la actualidad, cual es el Creacionismo. Postula el Creacionismo que el mundo debe ser visto e interpretado a la luz del texto bíblico, de manera tan rígida como sea posible. Ambas posturas, el Creacionismo y la ciencia moderna, chocaron duramente en el llamado Juicio del Mono, en 1925, en el cual un profesor de escuela fue llevado a tribunales por atreverse a enseñar la doctrina del Darwinismo, a pesar de haber una ley que prohibía tal enseñanza por contradecir el dogma bíblico. Este oscuro baldón en la historia religiosa de los Estados Unidos, lejos de haberse terminado, continua adelante. En 2005, Kansas hizo noticia porque sus organismos institucionales decidieron, en aras de la democracia, que debía concederse igual tiempo de enseñanza a los creacionistas que a los darwinistas. Esto no fue sin resistencia, por supuesto, ya que incluso incentivó el crecimiento de un culto religioso satírico, la religión del Monstruo de Espagueti Volador. La gente de Kansas, con un criterio democrático llevado a rajatabla, olvidó, o tal vez nunca quiso saber, que la verdad científica lo es porque se basa en hechos empíricos y establecidos, y por lo tanto, no se basa en la mayoría de votos, porque si los hechos contradicen a lo que la mayoría piensa, la verdad científica que es (y por lo tanto, la que debería enseñarse) son los hechos impopulares, y no un credo que trata de obtener espacios aprovechando los resquicios de la democracia. Esto es, por supuesto, una nueva variante del viejo problema de la tolerancia de los intolerantes, de sobre qué hacer con aquellos quienes, aprovechándose de los mecanismos de la democracia, buscan llegar al poder para obtener la aniquilación de la misma e instaurar su propia dictadura.

En la década de 1980, el Creacionismo parecía derrotado en casi todos los frentes. Además, la religión se había tornado altamente impopular, debido a la seguidilla de escándalos que habían protagonizado varios telepredicadores. Sin embargo, con lo que nadie contaba es que estos líderes religiosos estaban bien conectados en las altas esferas. No sólo entre las masas estadounidenses había una propensión a creer en la verdad bíblica, sino también entre los poderosos de los Estados Unidos, algo que no es raro si se considera que, fiel a su antigua herencia puritana, Estados Unidos se ha visto siempre como la "Nueva Israel". No en balde, cuando John Smith escribió su Libro de Mormón, predicó que las Diez Tribus Perdidas de Israel habían llegado a América. Estos no fueron sólo los desvaríos de un individuo singular, sino que dicha creencia, de que Estados Unidos es heredera del Pueblo Elegido, es ampliamente compartida por grandes sectores de la ciudadanía.

Desde este punto de vista, no es raro que los cristianos de Estados Unidos hayan visto un gran rebote, y de haber estado sepultados en el fondo durante el gobierno de Ronald Reagan, hayan llegado a ascender tan alto, que a la vuelta de unos veinte años consiguieron elegir a su propio Presidente: George W. Bush.

EL GOBIERNO RELIGIOSO DE GEORGE W. BUSH.

Dejando aparte el tema del fraude electoral que encumbró a George W. Bush a la Casa Blanca, lo cierto es que su llegada tiene mucho que ver con la filiación de su padre con la CIA y con los grupos neoconservadores, y por supuesto con organizaciones masónicas como por ejemplo Skull & Bones. Por otra parte, el mismísimo George W. Bush es y se presenta a sí mismo como un cristiano renacido. Algún día hablaremos sobre la mentalidad de los fanáticos neoconversos, pero en general podemos señalar aquí que un neoconverso tenderá siempre a mostrar mayor fanatismo que los conversos de antigua data, porque ellos ya tienen los pergaminos que los acreditan como creyentes, mientras que los neoconversos deben borrar las huellas de su pasado pecador. De ahí la peculiar mentalidad de George W. Bush, que divide al mundo entre "nosotros y ellos", los "buenos y los malos", con una naturalidad tan pasmosa. Esta mentalidad no construye por sí misma un gobierno que pueda ser calificado de incompetente, pero sí que ayuda a socavar la autocrítica necesaria para cambiar de rumbo cuando las cosas van mal.

En George W. Bush es posible ver, llevado a su extremo, el cómo la religión, al ser un sistema totalizante de ver la realidad, puede reemplazar la ciencia y el raciocinio empírico, y en definitiva, suprime incluso la necesidad de pensar. Cuando Estados Unidos fue puesto bajo ataque por Al Qaeda, en vez de intentar resolver el problema multilateralmente, optó por atacar primero a Afganistán y luego a Irak. Lo importante aquí no es que lo haya hecho con o sin pruebas, o lo desastroso de sus resultados. Lo importante es que lo hizo en nombre no sólo de la Patria, sino también de Dios.

Sin embargo, como bien lo prueba la Biblia, a Dios le gustan los ganadores. Apenas las catastróficas políticas de George W. Bush empezaron a mostrar su fracaso, los neoconservadores empezaron a tomar distancia de él. Los neoconservadores hoy en día son más poderosos que nunca. Han llegado incluso al extremo de abrir un Museo de la Creación para defender al Creacionismo, y lo hicieron con un presupuesto bastante holgado. Pero han dejado caer al antiguo favorito de Dios, quien no parece darse cuenta de que su propia gente lo está abandonando.

LAS ELECCIONES DEL 2008.

Se da entonces la paradoja de que, para las elecciones del 2008, Estados Unidos simplemente no reeditaría el gobierno de Bush y todos los candidatos se marginan de él. Sin embargo, en el fondo, los estadounidenses siguen siendo buenos cristianos, signifique lo que signifique eso, y se niegan a darle la espalda a la religión. Ningún candidato podría seguir adelante en su carrera a la Presidencia si rechazara a Dios. Hace apenas algo menos de medio siglo que asumió el primer Presidente de Estados Unidos no protestante de la Historia (John F. Kennedy en 1960, quien era católico), pero aún no le llega al turno a un judío, y menos a un musulmán. Y no será en 2008 que tal cosa sucederá. La única diferencia es que los demócratas, por su base de apoyo, pueden permitirse un poco más de prescindencia con respecto al tema, mientras que los republicanos, para seducir al ala dura de su partido, deben mantenerse duros en varios temas polémicos (aborto, eutanasia, experimentación con células madre, etcétera).

Podríamos decir que el tiempo habrá de decir qué sucederá. Sin embargo, el panorama se muestra monótonamente previsible al respecto. Durante un buen tiempo, debido al peculiar carácter de Estados Unidos y a la formación de sus habitantes en la Doctrina del Destino Manifiesto, Estados Unidos seguirá considerándose una nación mesiánica sobre la Tierra. Y podemos tener la seguridad de que su próximo Presidente, sea demócrata o republicano, no conseguirá quebrar tales convicciones, y lo más probable es que ni siquiera lo intente.

13 mayo 2007

MARX Y EL COMUNISMO: LA RELIGIÓN PARA ACABAR CON TODAS LAS RELIGIONES.

Debido a su proyección posterior, Karl Marx es sin duda uno de los más importantes filósofos de Occidente. En él se inspiró Lenin y los bolcheviques para tratar de crear una nueva sociedad. Los comunistas se declaraban oficialmente ateos, porque según ellos, la religión era un instrumento de la clase dominante para oprimir al proletariado. Y sin embargo, el comunismo bebe de las arcanas corrientes de la religión judeocristiana. El Ojo de la Eternidad viaja al corazón de la antigua Unión Soviética para descifrar las claves religiosas del comunismo.


[IMAGEN SUPERIOR: Afiche con la figura de Vladimir Lenin, fundador de la Unión Soviética. Aunque la antigua URSS era oficialmente atea, el comunismo fue enormemente proclive al "culto de la personalidad"].

EL SUSTRATO DE MARX.
Aunque el comunismo se transformó en un proyecto político viable durante la Revolución Rusa, en 1917, los antecedentes más remotos deben ser rastreados hasta Karl Marx, un economista y filósofo alemán de ascendencia judía, que vivió en el siglo XIX. Marx tuvo una activa participación en política, pero a raíz de la Revolución de 1848, que prendió en toda Europa y fue una maraña de reivindicaciones nacionalistas y sociales, y que finalmente fracasó, debió exiliarse en Londres. Allí escribió su obra clave, "El capital". Aunque es una obra filosófica y económica mediocre, en definitiva "El capital" le dio sustento a algunas ideas socialistas un tanto desperdigadas, dándoles al mismo tiempo un sólido fundamento religioso, revestido con las apariencias de una investigación científica. Es decir, tenía todo lo necesario para convencer a una sociedad como la del siglo XIX, anhelante de religión debido al enorme descrédito en que había caído la Iglesia Católica, pero demasiado racional como no confiar en otra cosa que no fuera la ciencia.
En apretada síntesis, Marx expone una teoría de la historia que se basa en la noción de superestructura económica. En la época estaba de boga el idealismo de Hegel, según el cual la historia evoluciona hacia el final de los tiempos, al encuentro del Absoluto, por medio de un proceso dialéctico en que una fase histórica derriba a la anterior y evoluciona "un peldaño hacia adelante". Marx tomó estos conceptos hegelianos, pero abandonó su idealismo, y decidió centrarse en la Economía, con la esperanza de encontrar base para sus postulados en el discurso científico. Dio así con la mentada superestructura económica. Según Marx, no son las ideas las que evolucionan, sino las superestructuras económicas. O mejor dicho, las ideas avanzan porque lo hace la economía. Por eso, al Marxismo se lo llama "materialismo dialéctico": materialismo como opuesto a "idealismo" (las ideas filosóficas son anteriores a la materia) y dialéctico porque rescata la vieja dialéctica hegeliana.
La superestructura económica es, en definitiva, la manera en que se organizan los medios de producción. Sucede que los propietarios de los medios de producción siempre intentan abusar de los trabajadores, y de ahí las sucesivas sociedades esclavistas, feudal e industrial moderna. Cada fase económica genera sus propias contradicciones que prepararán su derribo, para la llegada de la fase siguiente. He aquí entonces el elemento dialéctico. Quedan entonces dos opciones: sostener que eso seguirá así hasta el infinito, o bien que parará en alguna parte. Y aquí, Marx da el gran salto.

LA ÉTICA MARXISTA.
Marx sigue una jugada filosóficamente tramposa para solucionar este embrollo. Sostiene que la ganancia generada por el capital ("plusvalía" o mayor valor de los bienes usados para producir) le pertenece a los trabajadores, porque es el fruto de su trabajo, pero al quedársela la empresa, ésta le roba a los trabajadores. Suena lógico, de no ser porque esconde una falacia, una de las más viejas de todas: la falacia naturalista. Simplemente, Marx ha dado el gran salto desde lo que es hasta lo que debe ser. Una cosa es que la empresa genere mayor valor sobre los productos que manufactura. Otra distinta, que eso sea éticamente condenable. Lo primero pertenece al dominio de la ciencia, de lo que es. Lo segundo, al dominio de la ética, de lo que debería ser. Y como lo que debe ser es la especialidad de las religiones, estamos a un paso de la religión.
Sostiene Marx que el final del proceso histórico se producirá cuando desaparezcan las clases sociales. Para eso, primero el proletariado debe imponerse a los dueños del capital, por medio de una revolución, y generar la dictadura del proletariado. Una vez que estén igualadas todas las clases sociales, vendrá el paraíso comunista, se detendrá la Historia, y la sociedad será por fin feliz.
Todo lo cual suena, por supuesto, a religión.

LA FUENTE JUDEOCRISTIANA DEL MARXISMO.
Una somera comparación entre el marxismo y el judeocristianismo deja bien en claro que el primero no es más que una versión del segundo, descafeinada y con un fuerte contenido economicista. O sea, es una especie de cristianismo agnóstico y economicista.
En primer lugar, tanto el judeocristianismo como el marxismo sostienen una visión teleológica de la historia: la historia no se queda quieta ni da vueltas sin sentido, sino que se dirige hacia alguna parte. En segundo lugar, ambos tienen una fuerte base ética de condena contra los ricos y bendición para los pobres (en teoría, al menos). En tercer lugar, ambos sostienen la llegada de una violenta revolución final, llámese Juicio Final o dictadura del proletariado, como fase previa antes del advenimiento de un Paraíso Terrenal que representa el final de la historia. En cuarto lugar, aunque no existe Dios en el pensamiento marxista, es sintomático que aparece una fuerza natural de poder incontrarrestable, la "necesidad histórica", que al igual que Dios, es todopoderosa y dirige a las personas hacia sus fines, lo quieran o no.
¿Cómo llegó esta semilla de judeocristianismo hasta el marxismo? Como ya señalamos, Marx era de familia judía, y eso puede ser una influencia. Sin embargo, también Marx tomó muchos conceptos y nociones de la filosofía de su antecesor Hegel, quien antes de ser filosófo... estudió Teología. Todo se conecta. A su vez, Hegel fue filósofo de la primera generación posterior a la Revolución Francesa. Es decir, Hegel tuvo que afrontar el reto filosófico de crear toda una nueva escuela de pensamiento que pueda reemplazar al cristianismo, bruscamente desacreditado después de los eventos de 1789.

LA SUERTE POSTERIOR DEL MARXISMO.
La verdad es que de no ser por la casualidad, el marxismo hubiera quedado en el cajón de sastre de las filosofías curiosas del siglo XIX. En la época de Marx, existía un agudo problema social de concentración de la riqueza en un puñado de industriales, a costa de extensos sectores de obreros. El socialismo no lo inventó Marx, sino algunos pensadores anteriores a quienes Marx llamó "utópicos" para desprestigiarlos. Tampoco el "socialismo científico" de Marx fue el último, porque vinieron otras escuelas de pensamiento de carácter socialista, incluyendo la llamada "Doctrina Social de la Iglesia" o el "socialismo fabiano" a la inglesa. Las Internacionales de obreros tomaron forma bajo el pensamiento de Marx, pero pronto se separó en una Internacional Socialista y una Anarquista. Incluso el nombre de "comunismo" nada tiene que ver con Marx o con la comunidad de bienes que debería predicar el comunismo, sino con la Comuna de París, una violenta sublevación popular que se produjo en dicha ciudad el año 1871, como respuesta a la desastrosa guerra de Francia contra Alemania (esta Comuna, dicho sea de paso, fue violentamente aplastada después de una cortísima vida).
Pero el marxismo tomó cuerpo en el Imperio Ruso, siendo adoptado por los bolcheviques bajo el nombre de comunismo. A diferencia de Occidente, en donde los ideales de la Revolución Francesa impulsaban a la democracia, en Rusia existía una fuerte vena autoritaria, y esto favoreció los planes comunistas. Así, el comunismo se hizo del poder, liquidó al Imperio Ruso, creó en su lugar a la Unión Soviética (1917), y después trató de difundir el comunismo como un dogma a lo largo y ancho del globo.
Porque eso era, en definitiva, el comunismo: un dogma de fe. Dogma de fe basado en la creencia de la filosofía de Karl Marx, y el autoconvencimiento de que la Unión Soviética era la dictadura del proletariado. Si hubieran tenido conciencia de que el comunismo era en verdad otra religión, hubieran debido recelar de éste como recelaba Marx de todas las religiones, motejándolas de "opio del pueblo". Sólo así se explica la terquedad de la Unión Soviética en seguir políticas económicas que, según análisis más avanzados, recientes y perspicaces que los de Marx, estaban condenadas al fracaso. El resto es historia. Por ahora al menos.

29 abril 2007

REYES Y SACERDOTES: LOS OSCUROS PACTOS DE LA LEGITIMACIÓN.

La religión es una fuente de poder, de eso qué duda cabe. Sin embargo, ¿hasta qué punto influye ésta en la política? ¿Sirve verdaderamente la religión para legitimar al poder establecido? El Ojo de la Eternidad contesta a estas preguntas en un revelador artículo sobre la relación entre la legitimidad política y la religión.


[ILUSTRACIÓN SUPERIOR: "Consagración del Emperador Napoleón I y coronación de la Emperatriz Josefina en la Catedral de Nôtre Dame de París el 2 de Diciembre de 1804", de Jacques-Louis David. Napoleón recurrió a varios gestos simbólicos para tratar de sacudirse el yugo de la religión en el ritual de legitimación de la realeza. Pero fue en vano].

EL PROBLEMA DE LA LEGITIMIDAD.
A pesar de lo que opinan algunos optimistas herederos del pacto social de Rousseau y los ilustrados, la verdad de las cosas es que ningún gobierno ha llegado a imponerse si no es por la fuerza, se trate de una revolución violenta, o de cambios paulatinos introducidos en una sociedad cuyos principales actores van ganando o perdiendo poder con el paso del tiempo. Sin embargo, un gobierno que pretendiera mantenerse en el poder por la fuerza bruta, terminaría bien pronto en el fracaso, producto de la tensión necesaria para mantener un régimen de terror. Así, todo nuevo orden político necesita encontrar una fuente de legitimación para sí. Esta legitimación funciona para convencer a los súbditos de que es inútil combatir al nuevo gobierno, bien sea porque es justo y racional, bien sea porque es lo más conveniente para la gente, bien sea porque hay un poder supremo o ultramundano por detrás. En cualquier caso, todo nuevo poder debe inventarse siempre una fuente de legitimidad para justificarse, y así evitarse nuevas y sucesivas rebeliones.
De ahí que una buena parte de los gobiernos recurra a mitos fundacionales sobre su origen. La historia del origen es frecuentemente mitificada, poniendo al gobierno de turno en el rol de "los buenos", y al antiguo régimen en el rol de "los villanos". Esta tendencia casi obsesiva de los gobiernos por enmascarar y falsear la realidad tiene más que ver, por supuesto, con crear un concepto del mundo útil para sus fines que con preservar la verdad histórica tal y como fue.
Y es aquí donde entra en juego la religión, ya que siendo ésta la más temprana y explorada tecnología de fabricación de mitos, se hace necesaria una alianza. Además, no es fácil convencer a las grandes masas que cambien de una religión a otra, y de hecho, desde el poder establecido es casi imposible, al menos por la fuerza bruta. De ahí que, desde antiguo, hayan existido fuertes alianzas entre los reyes y los sacerdotes. Como a su pesar lo descubrió el faraón Akenatón: los reyes pasan, pero los sacerdotes permanecen.

EL ORIGEN DEL PODER Y LA RELIGIÓN.
La primera forma de organización social fue la banda paleolítica, que después pasó a ser el asentamiento sedentario. En este ámbito se desarrolló la figura del hierofante, aquel iluminado capaz de contactarse con "el otro lado", con el mundo de los espíritus, y que bajo la forma de chamanismo (chamanes, machis, druidas, etcétera), es la primera manifestación conocida de lo que después será el sacerdocio profesional.
A medida que las sociedades civilizadas fueron creciendo, los sacerdotes se fueron especializando cada vez más y más en sus labores. Además, descubrieron un atractivo filón de ganancias: las ofrendas rituales. En plazos relativamente cortos, los sacerdotes se convirtieron en los millonarios más poderosos de cada comunidad. Las tablillas con escritura de más antigua data encontradas hoy en día, suelen estar enterradas en ruinas de templos: la escritura fue inventada precisamente para facilitar la contabilidad de los templos...
El gobierno "civil" surgió bastante después. A medida que algunos templos se hacían más poderosos que otros, los sacerdotes descubrieron los beneficios económicos de la guerra santa. En el Cuarto Milenio antes de Cristo, tanto Egipto como Mesopotamia estaban controlados por templos que luchaban denodadamente para obtener el máximo poder. Esto llevó a la profesionalización de la casta militar, la cual muy pronto estuvo en condiciones de extorsionar a los templos: si los sacerdotes no los bendecían, ellos podían pasarlos a cuchillo.
Pero tampoco los militares podían sublevarse contra los sacerdotes impunemente, ya que las gentes de antes, como hoy en día, siempre han temido la ira de los dioses, que supuestamente los sacerdotes son capaces de provocar. De esta manera se creó un modelo político que subsiste más o menos hasta el día de hoy, en el cual los sacerdotes legitiman, con una serie de mitos cosmogónicos, el rol de los gobiernos, y a su vez éstos les confieren a los religiosos un estatus privilegiado.

LA UNCIÓN DE LOS REYES.
El más influyente de estos rituales históricos, es el recogido por la Biblia, y que aparece gráficamente descrito en el Primer Libro de los Reyes. Cuando los hebreos quisieron darse un rey, llamaron al profeta Samuel para que nombrara uno. Este, por mandato de Dios, le confirió tal honor a Saúl, por medio de una ceremonia llamada la unción. Ungido de este modo, Saúl fue rey, hasta que desobedeció las órdenes de Dios (dicho en términos más crudos, decidió negarse a ser el hombre de paja de Samuel), y éste en respuesta, lo declaró depuesto y ungió a David. La soterrada guerra entre David y Saúl hizo que este ritual no tuviera efecto por el minuto, pero cuando David llegó finalmente a ser rey, el ritual de la unción quedó definitivamente establecido.
Este ritual de la unción, a su vez, tiene antecedentes. En Babilonia, por ejemplo, cada Año Nuevo los reyes debían todos los años participar en un ritual frente a la estatua del dios Bel, protector de la ciudad, dándole la mano como una manera de mostrar que Bel le transmitía ese poder al rey. El día en que el Emperador persa Darío I decidió no seguir con el ritual, para mostrar a Babilonia como una ciudad sometida, siguió un estallido de tal violencia, que Darío tardó mucho tiempo en sofocarlo (año 484 antes de Cristo).
A pesar de que los hebreos tuvieron después una suerte histórica bastante triste, el ritual de la unción no desapareció. Por el contrario, al quedar consagrado en la Biblia, pasó a formar parte del acervo religioso y jurídico del mundo cristiano. Entre medio hubo un hiato de nada menos que 13 siglos, puesto que el último rey de Jerusalén fue encarcelado en 587 AC, y el primer rey cristiano europeo coronado por el ritual de la unción fue Carlomagno, por el Papa, el año 800 DC. Previamente, los reyes francos habían sido coronados por el obispo de Reims, desde los tiempos de la conversión de Clodoveo al cristianismo (año 496). Desde 800, y hasta la coronación de Carlos V de Alemania como Emperador en 1536, todos los reyes de Alemania que querían ser Emperadores, debían ir a la ciudad de Roma a obtener ese título. Por su parte el Papa, en su calidad de representante de Dios sobre la Tierra, adquirió la potestad de nombrar reyes, como hizo con Roger II de Sicilia en el año 1139 (como parte de una compleja negociación política).

¿DESAPARECIÓ LA LEGITIMACIÓN...?
La Revolución Francesa impulsó un poderoso movimiento secularizador. El máximo representante de esto fue Napoleón Bonaparte. En 1804 decidió coronarse Emperador, para lo cual llamó al Papa Pío VII (siguiendo la tradición medieval) para que éste le pusiera la corona sobre las sienes. Pero en el momento decisivo, Napoleón le arrebató a Pío VII la corona de las manos, y se la puso él mismo, para representar que nada le debía a la religión en cuanto a alcanzar el poder. De todas maneras, el imperio de Napoleón desapareció después. Pero el reto estaba lanzado.
En las democracias seculares de los siglos XIX y XX, la figura del sacerdote que bendice al flamante nuevo Presidente o Primer Ministro se transformó en un paso solemne y necesario en muchas repúblicas. A su vez, anémicos de apoyo religioso, todas estas democracias han tenido que inventarse nuevos mitos fundacionales. Así vino el reemplazo de la legitimidad basada en Dios, por la legitimidad basada en una entelequia abstracta e invisible llamada la "soberanía popular" o la "soberanía nacional", según el contexto y la tendencia política, las cuales se apoyan a su vez en otra entelequia extraña, cual es la teoría de los derechos humanos.
Y en Estados Unidos, al menos, el apoyo religioso al Presidente no ha desaparecido. El Presidente de los Estados Unidos obtiene tradicionalmente su legitimidad del respeto hacia la forma de religión secular que es la Doctrina del Destino Manifiesto, sobre la cual ya hemos escrito en El Ojo de la Eternidad. Y eso es religión. Cinco milenios después de la unificación de Egipto y el comienzo del reinado conjunto de faraones y escribas sacerdotales, la religión sigue jugando un papel clave para legitimar al orden político establecido.

25 febrero 2007

SOCIEDADES SECRETAS: LA CONSPIRACIÓN DE LOS MÍSTICOS.

¿Todo pasa en el mundo por casualidad y azar? ¿O bien hay alguna oscura mano negra manipulando la política mundial a su antojo? ¿Existen verdaderamente sociedades secretas que controlan al mundo con un conocimiento reservado sólo para algunos iniciados? El Ojo de la Eternidad aborda uno de los más complejos temas históricos, el de la relación entre las sociedades secretas y la religión.


[ILUSTRACIÓN SUPERIOR: Estructura de la Masonería. Las organizaciones masónicas han estado siempre en la mira de las teorías de la conspiración].

TEORÍA DE LA CONSPIRACIÓN.
Existe una profunda corriente de pensamiento popular, que postula más o menos lo siguiente: la historia tal y como la conocemos es una farsa, un simple teatro de marionetas cuyos verdaderos protagonistas no son quienes figuran en la primera plana de las revistas y periódicos, sino gentes escondidas en la sombra que manipulan todo secretamente para sus propios fines, que no son otros sino la dominación mundial. Existen dos variantes de esta leyenda. Una de ellas postula que dichas sociedades secretas están en altos cargos del poder, sin ser sus cabezas visibles. La otra, que dichos líderes mundiales están en reductos aislados del resto de la humanidad, como pueden ser los Himalaya o algún monasterio bien escondido.
La curiosidad de esto, es que esta teoría de la conspiración se entrecruza profundamente con el tema religioso. No en balde, algunas de las organizaciones favoritas para candidatas a "amo del mundo" son entidades religiosas. La Iglesia Católica es una de ellas, claro está, pero también está la "conspiración jesuita" o la "conspiración judeomasónica". Recientemente se ha puesto de moda, en particular gracias a el Código da Vinci, la idea de la conspiración del Opus Dei. En todo esto, ¿qué hay de cierto?
En principio, resulta de perogrullo que muchas veces, hay quienes se organizan en sociedades de distinto tipo, para surgir de una manera en que no podrían hacerlo, como individuos separados. Esta es la razón por la que se fundan empresas, corporaciones, ONGs, etcétera. El Estado es, en ese sentido, también una sociedad, aunque de un tipo un tanto especial, por cuanto proclama tener el monopolio del uso de la fuerza. Algunas sociedades se crean o mantienen para influir sobre la sociedad toda, y tal es el objetivo confeso, por ejemplo, de la Masonería. Muchas de estas sociedades funcionan como clubes de amigos en donde surgen relaciones sociales útiles para escalar. Un buen ejemplo de esto es la sociedad Skull & Bones, de Estados Unidos, desde la cual han surgido varios Presidentes de los Estados Unidos, incluyendo a George W. Bush. En Chile, no es ningún secreto, y ha salido publicado en la prensa diaria, el carácter de masón de los Presidentes Salvador Allende, Augusto Pinochet o Ricardo Lagos, y el padre de la actual Presidenta Michelle Bachelet era también miembro de una logia masónica. En la actualidad, difícilmente la Masonería o Skull & Bones pueden pasar por una sociedad secreta, toda vez que han salido incluso películas retratándolas: "Sociedad secreta" en el segundo caso, y "Desde el infierno" en el primero (entre otras). ¿Dónde está, pues, el secreto...?

LOS CANDIDATOS A REGIR EL MUNDO.
La historia de las sociedades secretas que rigen al mundo principia en la Edad Media. En ella, la Iglesia Católica tejió una densa red de dominio sobre toda Europa, al margen de cualquier autoridad política de la época. Esto era, por supuesto, un rasgo novedoso de la época, ya que antes, todas las grandes organizaciones eran predominantemente políticas. Pero en la Edad Media no existía verdadera política, sino el mero ejercicio de las armas, por lo que en ese sentido, la Iglesia Católica podía entenderse como una entidad superior a las restantes, ya que su predominio se basaba en la fe de millares de personas.
Por tanto, todos aquellos quienes quisieran buscar el poder, tenían que hacerlo en medio del secretismo más estricto. Los buscadores del poder tenían bien presente lo ocurrido con los cátaros, que se atrevieron a desafiar a la Iglesia Católica y pagaron un alto costo por ello, cual fue el ser erradicados por completo durante la Cruzada Albigense, a comienzos del siglo XIII. En esta época surgió una organización que, aunque se proclamaba católica, era bastante heterodoxa, puesto que en sus rituales y procedimientos había incorporado costumbres procedentes del Medio Oriente musulmán. Se trataba de la Orden del Temple, mejor conocidos como los templarios. Su creciente poder, que los llevó a ser la primera fuerza financiera de Europa, causó que en el siglo XIV el Rey de Francia, en complicidad con el Papado, los capturara, torturara, ejecutara y confiscara sus bienes. Sin embargo, los templarios no desaparecieron. Algunos de ellos sobrevivieron en órdenes que duran hasta el día de hoy, como por ejemplo la Orden de San Andrés, en Escocia.
Con los templarios nace el mito de la sociedad secreta conspirando para dominar el mundo. A esta sociedad secreta se le cuelga un pasado o trasfondo de misticismo, con conocimientos esotéricos que sólo los entendidos conocen. Se habló así, por ejemplo, de la conspiración jesuita, consecuencia obvia del esfuerzo puesto por éstos en influenciar a los gobiernos europeos del siglo XVII, así como del énfasis que ellos ponían en la erudición de sus miembros.
La Ilustración, en el siglo XVIII, fue caldo de cultivo para varias de estas sociedades secretas, que tuvieron que mantenerse en dichas tinieblas por su intención de subvertir a la sociedad por entonces existente. La más importante fue la Masonería, fundada en Londres en 1717, quienes lucharon decididamente por imponer las ideas del liberalismo, en contra del absolutismo y la Iglesia Católica. Masones destacados fueron varios prohombres de la Revolución Francesa, como por ejemplo LaFayette, así como varios padres fundadores de Estados Unidos, como Benjamin Franklin, George Washington o Thomas Jefferson, y también destacados miembros del movimiento de independencia americano contra el Imperio Español, como Francisco de Miranda, José de San Martín, Simón Bolívar y Bernardo O'Higgins.

EL MISTICISMO DE LA CONSPIRACIÓN.
En el siglo XIX, el mito de la conspiración creció, como parte de la nueva organización del mundo liberal. En ella, la banca adquirió pronto un poder desmedido. Surge así la idea de la conspiración judeomasónica, en que connotados banqueros judíos estarían tratando de apoderarse del mundo. Este mito fue alimentado por la animadversión hacia personajes como el célebre banquero judío Rothschild, quien entre otras cosas financió la compra del Canal de Suez por parte de Inglaterra, en 1875 (el cerebro de la operación, el Primer Ministro Benjamin Disraeli, era descendiente de judíos). En este ambiente, la policía zarista creó el panfleto "Los protocolos de los sabios de Sión", que falsifica unas supuestas actas de una sociedad secreta judía para apoderarse del mundo.
La sociedad secreta entró también a la literatura como motivo, y de ahí pasó a la cultura popular. El Romanticismo vio reavivarse el interés por la Edad Media, y como parte de su legado, se explotó a discreción el tema de las siniestras torturas de la Inquisición. El novelista Sax Rohmer, por su parte, creó a Fu Manchu, un oscuro iluminado chino que gracias a un elixir de la inmortalidad, ha amasado un increíble poder, y desde su escondido reducto manipula a la Humanidad entera. Otra de estas sociedades secretas de ficción es aquella que controla el maléfico profesor Moriarty, el enemigo de Sherlock Holmes, a quien éste describe como una araña en el centro de su red, manipulando los hilos. Moriarty y Fu Manchu son antecedentes directos de sociedades secretas como SPECTRE, la organización terrorista que se enfrenta a James Bond en varias de sus películas y novelas, o los 13, que intervinieron en la trama del culebrón televisivo "Falcon Crest", en la década de 1980.
También el siglo XX vio una serie de sociedades secretas tratando de manipular los hilos. Entre ellas se cuentan organizaciones tan disímiles como la Sociedad Secreta Thule, integrada por algunos de los más altos jerarcas del nazismo, o como la logia P-2, que controlaba (y parece ser que aún controla) la política italiana, incluyendo algunas turbias conexiones con la Iglesia Católica.

LA SOCIEDAD SECRETA.
El estudio de una sociedad secreta se complica porque, por definición, éstas no suelen dejar rastro tras de sí. Sin embargo, el carácter de secreto viene dado porque sus manejos entran en conflicto con el resto de la sociedad, y frente a eso, prefieren permanecer y operar en las sombras, a menudo quebrantando la ley. Pero hay otra razón por la que una sociedad secreta podría permanecer unida: el misticismo. Lo que separa a la sociedad secreta de raigambre masónica o neonazi, de un vulgar cartel de narcotráfico, es un conjunto de conocimientos de cuyos portadores se sienten custodios, y que les otorgan una condición de "iluminados". ¿Qué conocimientos son éstos? Frecuentemente, por su carácter elitista, son doctrinas vinculadas con el antiguo gnosticismo, bien sea tomadas directamente, o bien sea de segunda mano, a través de las ideas de los cátaros o de la masonería. Pueden éstas ser condimentadas con otras tradiciones esotéricas, como la cábala judía o el pensamiento ariosófico. Lo que cuenta es que sea algo que conozcan pocas personas.
Antaño, empero, era más simple mantener el secreto que ahora. Antes de Internet, la propagación del conocimiento era enormemente más difícil, y por eso, era fácil que algunas ideas gnósticas sobre el mundo permanecieran entre sus miembros. Es célebre la anécdota de la tremenda irritación que produjo el connotado masón Wolfgang Amadeus Mozart cuando en su ópera "La flauta mágica" escenificó elementos que pueden ser considerados masónicos. Esto ocurría en el siglo XVIII, pero en el XXI, los masones llegan al extremo de crear páginas web para difundir sus organizaciones.
En ese sentido, queda bien poco de las sociedades secretas tradicionales que pueda ser rescatado como tal. O al menos, de aquellas que tenemos algún conocimiento, porque después de todo, lo que hace secreta a una sociedad secreta es justamente eso, el que nadie sepa de ella...

10 diciembre 2006

BENEDICTO XVI EN TURQUÍA: ENTRE MUSULMANES Y ORTODOXOS.

La semana pasada, Benedicto XVI emprendió una breve gira por Turquía. Como siempre, hubo una buena serie de gestos ceremoniales, en este caso haciendo guiños al ecumenismo. Pero Benedicto XVI ha destacado precisamente por rehuir de las tendencias ecuménicas. ¿Es que acaso el mundo está al revés? El Ojo de la Eternidad ofrece algunos antecedentes que ayudan a explicar lo que acaba de suceder en Turquía... si es que cabe explicar eso de alguna manera.


[IMAGEN SUPERIOR: El Papa Benedicto XVI y el Patriarca Bartolomé I hacen una declaración conjunta, durante el viaje del primero a Turquía].

EL VIAJE DE BENEDICTO XVI A TURQUÍA.
Después de su apoteósica y nazistoide aparición en Alemania, el resto de los viajes apostólicos de Benedicto XVI han pasado casi desapercibidos. Estos fueron un viaje a Polonia, otro a España, y un segundo viaje, esta vez de carácter más privado, a Alemania, concretamente a Baviera. El viaje a Turquía prometía ser otro más, sin demasiada relevancia mediática, pero una serie de sucesos le dieron mayor relevancia.
En primer lugar están las tensas relaciones entre Turquía y el Vaticano. Es sabido que desde hace mucho tiempo se está negociando el ingreso de Turquía a la Unión Europea, operación política que el Vaticano ha resistido con firmeza, bajo el argumento (falaz, por supuesto) de la "raiz cristiana de Europa". Aunque el Vaticano, utilizando la sibilina mezcla de diplomacia y Teología que le es tan característica, no ha aludido directamente a Turquía, es claro que no quiere influencias contaminantes extranjeras en un continente mayoritariamente cristiano, al cual el Vaticano por lo mismo considera como su propio patio trasero.
En segundo lugar, están las tensas relaciones entre Benedicto XVI y los musulmanes. Durante la invasión de Estados Unidos a Irak, Benedicto XVI exigió con firmeza destemplada que se respetara a la minoría cristiana de dicho país (aunque ésta no es católica sino jacobita). Después sobrevino el infortunado discurso de Ratisbona, con el cual consiguió irritar a una buena fracción de musulmanes. Y es que Joseph Ratzinger tenía antecedentes, antes de ser Papa, de intolerancia religiosa, los cuales fueron plenamente confirmados por sus actuaciones posteriores.
En ese sentido, el viaje de Benedicto XVI a Turquía tuvo algunos resultados desconcertantes. En lo político, realizó una serie de actos fraternales hacia Turquía, y pareciera ser que admite ahora la posibilidad de que ésta se incorpore a la Unión Europea. En cuanto a las otras confesiones religiosas, se mostró conciliador hasta un punto que nunca antes había alcanzado: el gesto más espectacular fue, por supuesto, la declaración conjunta que emitió con Bartolomé I, Patriarca de Constantinopla, pero también hubo gestos hacia la Iglesia Armenia, encabezada por el Patriarca Mesrob II, y también hacia los musulmanes. ¿A qué se debe esta espectacular voltereta? ¿O ésta no es tal...?

EL PROBLEMA ECUMÉNICO.
La primera cuestión, y quizás la más trascendente, es el asunto de la separación entre la Iglesia de Oriente y Occidente. La historiografía occidental denomina a esta separación el "Cisma de Oriente", dando a entender que es la Iglesia Ortodoxa la que se habría separado del Papado, y sería por tanto "cismática". Como suele suceder, el asunto no es tan simple. En realidad, en el año 1054 (fecha de la separación) ninguna de las dos iglesias, la de Constantinopla o la de Roma, podía arrogarse la primacía sobre la otra. El cisma se consumó, de hecho, mediante excomuniones mutuas, que era la única manera que tenían de castigarse una a la otra, toda vez que no cabía tomar medidas disciplinarias distintas, ya que no había subordinación jerárquica entre éstas. Desde el ángulo "oriental", incluso, es claro que los cismáticos son los católicos, algo que reafirman con su título oficial de "Iglesia Ortodoxa", o sea, defensora de la ortodoxia, de la verdadera fe.
Por lo tanto, resolver el problema de la separación entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa no es tan simple. Esto implica nada menos que determinar el problema de la primacía: ¿debe predominar Roma sobre Constantinopla, Constantinopla sobre Roma, o ambas deben mantener primacías paralelas? Por supuesto que la tercera solución no soluciona nada en absoluto, porque significa mantener el actual status quo. En cuanto a las otras dos soluciones posibles, implicaría una enorme renuncia para cada una de ellas. Desde luego que la arrogancia de Benedicto XVI no soportaría reducirse al papel de segundón de Constantinopla, pero por la otra, no hay razones ni teológicas ni prácticas por las cuales debería ser Bartolomé I quien diera ese paso.
La consecuencia de esto queda expresada en la Declaración Común que emitieron Benedicto XVI y Bartolomé I, la cual puede ser leída en el sitio del Vaticano (versión en inglés, aquí). Detrás de la retórica pomposa, el único acuerdo que ambos alcanzan es simplemente que ambos desean un acuerdo. Esta señal de unidad puede parecer vigorosa, pero es importante en este discurso lo que no hay presente: no hay renuncias mutuas o unilaterales, no hay definiciones doctrinales o disciplinarias, ni hay bases sólidas para ningún acuerdo. La Declaración Común, por tanto, contiene sólo gestos de buenas intenciones, sin ahondar en las cosas verdaderamente importantes para resolver el dilema.

LOS MUSULMANES FRENTE AL PAPA.
El problema más delicado era, por supuesto, el de los musulmanes. Se llegó a discutir si el Papa debería usar un chaleco antibalas, ante la eventualidad de un atentado, pero éste rechazó usar uno (oficialmente, al menos). Poco después de la llegada de Benedicto XVI a Turquía, hubo hondas manifestaciones en su contra.
Pero el Papa esta vez se cuidó mucho de ofender a los musulmanes. En la propia Turquía siguió el ritual clásico de los visitantes, de hacer una visita al Mausoleo de Atatürk, el fundador de la Turquía moderna.
Una hábil jugada fue defender la libertad religiosa en Turquía. Aunque oficialmente Turquía es un estado laico, en la práctica los musulmanes son la inmensa mayoría, y las leyes están cargadas en su dirección. La protesta de Benedicto XVI le permitió erigirse una vez más como el campeón de la libertad y la tolerancia religiosa (algo que nunca ha sido, pero que trata de aparentar), sin posibilidad de que le contestaran alguna cosa.
El momento clave fue su visita a Santa Sofía. Esta Basílica, inagurada por Justiniano en el año 537 y convertida después en mezquita (en 1453), se convirtió en centro de algunos musulmanes fanáticos que consideraban ofensivo que un cristiano pisase lo que alguna vez fue un templo musulmán (como si ellos no hubieran hecho lo mismo, a la inversa, medio milenio atrás). Pero el Papa rezó con el rostro mirando hacia La Meca, con gestos y actitudes de un musulmán en oración, y con eso limó algunas asperezas.

EN RESUMEN...
¿Hubo resultados prácticos del viaje de Benedicto XVI a Turquía? Probablemente no. Como puede observarse, fue un viaje cargado de gestos simbólicos de toda clase, pero que no hicieron sino tocar puntos tangenciales a los verdaderos problemas. La operación ecuménica no puede tener éxito porque ni el Papa ni el Patriarca cederán en sus respectivos primados, y el acercamiento a los musulmanes tampoco puede tenerlo en tanto Benedicto XVI siga tensando la cuerda como lo hizo en Ratisbona, y calmándola como en Turquía. Por otra parte Turquía, a pesar de ser una nación musulmana en la práctica, tiene un régimen político de inspiración laica, europea y occidental, y por ende, no es una nación musulmana típica.
Entonces, ¿por qué tanto alboroto? Probablemente por el morbo de ver a Benedicto XVI y los musulmanes ajustándose cuentas entre sí, por el Discurso de Ratisbona. Lo que abre una nueva e inquietante pregunta: ¿no habrá el viejo zorro de Ratzinger ofendido intencionalmente a los musulmanes, para generar un escándalo artificial que le diera relevancia mediática a su por entonces inminente viaje a Turquía...?

15 octubre 2006

CONSTITUCIONALISMO Y RELIGIÓN.

La piedra de toque de cualquier sistema político democrático actual, es el Constitucionalismo, entendido como el apego del Gobierno y la sociedad civil a un conjunto de normas fundamentales que salvaguardan los derechos de las personas, y garantizan la participación ciudadana de la mayor parte de éstas. Pero el principio constitucional es resistido por varias grandes religiones, y esto no es casual. El Ojo de la Eternidad explica un poco la compleja relación entre la religión y los valores constitucionales de las democracias occidentales.


[IMAGEN SUPERIOR: George Washington preside la firma de la Constitución de los Estados Unidos de 1787. Esta fue la primera Constitución moderna escrita, es modelo de todas las siguientes, y está inspirada en la más rancia tradición liberal].

LA RELIGIÓN Y LOS GOBIERNOS.
Desde siempre, la relación entre la religión y el poder establecido ha sido bastante compleja. Puede decirse que, en general, ésta principió en los más lejanos tiempos históricos. Es sabido que los primeros gobernantes propiamente tales fueron los templos y sus sacerdotes. Ellos fueron los primeros que amasaron grandes fortunas, por vía de la acumulación de ofrendas de los fieles. La escritura fue un invento de los templos, diseñados primeramente para llevar la contabilidad de los mismos, sin ir demasiado lejos. Andando el tiempo surgió la burocracia gubernamental y las fuerzas armadas, pero éstas nunca han conseguido zafarse del todo de la influencia de los sacerdotes, quienes por medio del terror a lo divino, y por lo tanto gracias a su ascendiente sobre las masas incultas, han persistido como mecanismo de legitimación del poder establecido. La ecuación "sacerdotes más militares" se ha transformado así en el más productivo y longevo sistema político, y se ha traducido en los más variados despotismos históricos. De tarde en tarde, como mecanismo de rebelión, surgen religiones heréticas o contrarias al sistema, pero si ellas llegan a triunfar, pasan a ser ellas mismas opresoras, de la misma manera en que las religiones anteriores lo eran. El ejemplo más claro es el Cristianismo, que suplantó al Paganismo en el Imperio Romano, pero hay otros: el Islam suplantando a los antiguos cultos preislámicos politeístas, el Zoroastrismo imponiéndose en el Imperio Persa, la Iglesia Católica reemplazando al culto de los dioses precolombinos en México y Perú, el Budismo reemplazando al primitivo paganismo japonés, etcétera.
En ese sentido, la idea o noción de democracia, que germinó en Occidente a partir del siglo XVIII, encontró como enemigo lógico y natural, a la vieja aristocracia, y también a la religión establecida. La democracia defendida por el Tercer Estado (el pueblo llano), era atacada por los otros dos Estados, la nobleza y el clero, como invento del demonio. Y la Iglesia Católica nunca se ha resignado a perder el poder que durante el Absolutismo, y en los quince siglos anteriores, ha manifestado tan abiertamente. Se opuso así a los matrimonios civiles, a los registros civiles, a los cementerios laicos, al divorcio, al desarrollo científico, y modernamente sigue haciéndole la guerra a la investigación con células madres, a la revisión de sus estatutos tributarios privilegiados, a la educación sexual, etcétera. Y nunca jamás ha casado demasiado bien con la doctrina de los derechos humanos.

CONSTITUCIONALISMO Y DERECHOS HUMANOS.
El pensamiento democrático de la Ilustración parte de la noción de dignidad humana. La idea básica es que el ser humano tiene derechos naturales, y estos derechos son inalienables e imprescriptibles, debido a que emanan de la naturaleza misma del ser humano. Dicho de manera un tanto caricaturesca, el ser humano tendría derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad, de la misma manera en que tiene un bazo, un riñón o un apéndice. La consecuencia es que todos los seres humanos son iguales entre sí, y que sus derechos deben ser defendidos a toda costa.
La manera de hacerlo, en el siglo XVIII (e incluso hoy) era clara. Frente a los derechos de las personas estaban los privilegios de los poderosos, que al ser usados de manera abusiva, atentaban contra los derechos mismos de las personas, y por lo tanto, eran innaturales, y debían ser combatidos como tales. Por tanto, para suprimir esos privilegios, era necesario que todas las personas quedaran sometidas al imperio de la ley, de una sola ley válida y vigente para todos. Y para asegurarse de que los poderes públicos no hicieran leyes que sólo convinieran a ellos, les fijaron un límite: las Constituciones. En la Constitución, estarían especificadas las reglas más básicas del juego político. Y como parte de esas reglas básicas, estaría el catálogo de derechos fundamentales que las personas deberían respetar.
Por supuesto que esto incidió fuertemente en la manera de entender el funcionamiento de la religión en la sociedad. El derecho más básico al respecto es la libertad de religión, de creencias y de culto. Este es el derecho de las personas a creer en una religión o en otra, a elegir cambiar de religión, a descreer de todas las religiones en general (relacionándose directamente con Dios, negándolo, o haciendo profesión de agnosticismo), y a manifestarlas mediante determinados rituales. La evolución de este derecho ha sido, cuando menos, curiosa. Nació como una reacción contra el monopolio que la Iglesia Católica detentaba en materias religiosas, pero a medida que la Iglesia Católica ha ido perdiendo cuotas de poder, no pocas veces son los propios católicos los que han invocado este derecho, para defender sus propias creencias. En Chile tenemos algunos ejemplos desafortunados, y el último (hasta ahora) es el de la píldora del día después.
Pero no es el único derecho importante, en materia religiosa. Aparte de derechos con cierto tinte religioso, como el derecho a la vida y la igualdad ante la ley, es importante la libertad de expresión. Una de las más importantes instituciones represoras de la Iglesia Católica fue la censura eclesiástica, e incluso llegó a elaborar un catálogo de libros prohibidos, el célebre Index. La prohibición, o al menos la limitación de la censura, permitió la libre difusión de textos que criticaban y atacaban a la religión establecida. Sin esta libertad, usted no podría estar leyendo El Ojo de la Eternidad, y en su reemplazo tendría un blog apologético sobre la Iglesia Católica (o sobre la religión que fuera predominante).
Otro derecho conflictivo con la religión es la libertad de enseñanza. Desde siempre las religiones han intentado restringir la educación, para que los jóvenes no se expongan a ideas potencialmente destructoras de la religión. Lo irónico es que esta libertad, en principio usada para evitar la intromisión de los cristianos en la enseñanza de las personas, ha sido usada para justamente el propósito inverso, y así en la actualidad en Estados Unidos los educadores públicos deben enseñar la historia de la Tierra según el punto de vista darwinista, y también según el punto de vista creacionista, sin importar que el Creacionismo, o su sucesor el Diseño Inteligente, no tienen en realidad nada de verdad científica, y no pasan de ser dogmas espúreos sin el menor fundamento racional.
Después de lo anterior, cabe hacerse una pregunta interesante: ¿es coincidencia que el constitucionalismo y la religión no se lleven, o hay algo dentro del constitucionalismo que las religiones establecidas deben resistir con todas sus fuerzas, si no quieren desdibujarse?

LAS RELIGIONES CONTRA LAS CONSTITUCIONES.
A pesar de experimentos como la Constitución Soviética de 1937 y otras constituciones que regulan Estados totalitarios o fundamentalistas, lo cierto es que el constitucionalismo más genuino es aquel de las naciones democráticas. En efecto, una Constitución que no protege las libertades de las personas y no garantiza un régimen democrático, puede ser una constitución desde el punto de vista formal, pero en realidad es superflua, porque no cumple con su función más característica: servir como límite de los poderes públicos.
En ese sentido, si el poder público es detentado por una religión, la Constitución pasa a ser un estorbo, o al menos, las ideas liberales que ella debería contener. De ahí que la Iglesia Católica trate por todos los medios de injertar normas especiales a su favor dentro de todas las constituciones, y que muchas de ellas tengan engendros extraños, tales como exenciones y franquicias tributarias a favor de los credos religiosos que se atengan a la ley. Estas normas no son democráticas, por supuesto, ya que atentan contra los derechos de los agnósticos y los ateos (¿por qué alguien que no cree en Dios debería subvencionar, pagando los impuestos que la iglesia constituida esquiva vía exención tributaria, a una institución que predica exactamente lo contrario, que Dios existe y es de tal o cual manera?).
Quizás el caso más grosero de abuso del constitucionalismo, lo sea el Código de Derecho Canónico, que sirve de constitución suprema para el Estado del Vaticano. Y esto no es una casualidad.
La Iglesia Católica no es, por supuesto, la única que tiene una relación tirante con las constituciones. Otro ejemplo paradigmático son los Estados musulmanes. En varios de ellos se ha elevado a rango legal la mismísima Shariah, el cuerpo de comentarios que se ha ido acumulando en torno al Corán, el libro sagrado musulmán. La idea de democracia es, en general para los musulmanes, algo intrínsecamente extraño, y no es raro que los musulmanes más fanáticos resistan con uñas y dientes las ideas de cuño occidental sobre democracia o derechos humanos. En Japón, la religión tradicional del Shintoísmo, más o menos desprestigiada desde la Segunda Guerra Mundial, por estar asociado al imperialismo japonés, ha tenido sus problemas con la Constitución de 1947, que es de carácter occidentalizante. Uno de estos nacionalistas recalcitrantes que se han llevado mal con el sistema político de corte occidental, fue Yukio Mishima, quien en 1970 se hizo el harakiri en protesta por lo que consideraba un deshonroso y vergonzoso sometimiento de Japón a Occidente.
El problema es que dentro de una democracia, debería en principio permitirse todas las opiniones. Pero esto lleva al problema de determinar qué hacer con las opiniones que se pronuncian contra esa democracia, y que de buena gana la suprimirían si llegaran al poder: este es el problema de la tolerancia de los intolerantes. Y las religiones en general, al proponer visiones totalizantes de la existencia humana, generalmente no son entusiastas de transar sus propios valores y principios, y por tanto, tienden a ser más bien reluctantes respecto a la democracia. De hecho, una de las principales acusaciones que las religiones, y la Iglesia Católica la primera, suelen hacer contra el liberalismo, es exhibir un carácter totalitario, en donde los valores liberales deberían imponerse sin contrapeso posible. Y, bien mirada, esta crítica no es en realidad tan injusta como podría parecer. Existe al menos un caso bien conocido de lo que podríamos llamar "Liberalismo en el nombre de Dios", y ése es la Doctrina del Destino Manifiesto, que rige a los Estados Unidos.

LA GENEALOGÍA DE LOS DERECHOS HUMANOS.
Una de las grandes ironías de la historia, es que el constitucionalismo y los derechos humanos resultan ser una doctrina tan totalitaria como las religiones a las que supuestamente pretende combatir. El principio básico, el de que todos los seres humanos son iguales en dignidad y derechos, es en realidad un dogma propio del deber ser, disfrazado de postulado ontológico. Dicho en sencillo: detrás del concepto de "naturaleza humana" y "derechos naturales", se esconde en realidad la vieja Regla de Oro: haz a los demás lo que quieres que los demás te hagan a ti. Y esto no tiene nada que ver con la naturaleza de nada, sino con una opción ética o moral, que dice más o menos del siguiente modo: es saludable tratar bien a los demás, para que los demás te traten bien.
¿No huele esto un poco a Cristianismo? En cierta medida, así es. Considerando que el liberalismo y el constitucionalismo nacieron en buena medida como una reacción contra el Cristianismo, es una de las grandes ironías de la Historia que su contenido ético sea, en gran medida, cristiano. El Cristianismo había planteado desde mucho antes que los seres humanos son todos iguales entre sí: la diferencia está en el fundamento, puesto que el liberalismo habla de la "naturaleza humana", mientras que el Cristianismo lo atribuye al hecho de que todos los seres humanos son hijos de Dios. A la vez, el catálogo de derechos humanos clásicos liberales es más o menos el mismo que el catálogo de derechos que la Iglesia Católica reconocía, incluso el derecho a la vida, a la seguridad individual, etcétera. Tales derechos (aunque la Iglesia no los llame de tal manera) informaron instituciones medievales como la Paz de Dios o la Tregua de Dios, creadas para morigerar el estado permanente de guerra que existía durante el Feudalismo. También estos problemas estuvieron en la base de clásicos debates sobre la condición humana, como por ejemplo las Polémicas de Indias, libradas en el siglo XVI, y en las cuales la Iglesia Católica se preguntó si los indígenas americanos eran seres humanos y tenían los mismos derechos que los europeos (y se decantaron por la afirmativa, aunque tratándolos como "relativamente incapaces").
La deuda del liberalismo y el constitucionalismo clásicos con respecto al Cristianismo, es tanto más visible si se comparan otros movimientos que también, en cierta medida, son reacciones contra esta religión. Un siglo después de la Independencia de los Estados Unidos y de la Revolución Francesa, Friedrich Nietzsche criticaba abiertamente la moral cristiana, calificándola de "moral de los débiles", e impuso nuevas visiones morales que inspiraron abiertamente al Nazismo y al Tercer Reich, ideología ésta que negaba absolutamente el dogma fundamental del constitucionalismo, cual es la igualdad entre todas las personas. En ese sentido, pese a ser una reacción contra el Cristianismo, el liberalismo clásico que encontró su vertiente política en el constitucionalismo, le debe más a esta religión de lo que buenamente quisieran admitir. En ese sentido, no es exagerado afirmar que la Teoría de los Derechos Humanos es, en cierta medida, una ética cristiana en versión laica.

24 septiembre 2006

LA PÍLDORA DEL DÍA DESPUÉS: EL NUEVO WATERLOO DE LA IGLESIA CATÓLICA EN CHILE.

A pesar de ser un país cada vez más laico y secular, la Iglesia Católica sigue conservando importantes cuotas de poder en Chile. La nueva batalla entre la Iglesia Católica y los defensores de la democracia en Chile es por la "píldora del día después". Los demócratas la apoyan como un freno contra los hijos no deseados. La Iglesia Católica la condena como abortiva. El Ojo de la Eternidad refiere los entretelones de una discordia que resulta muy reveladora, sobre la relación entre la Iglesia Católica y la democracia.


[IMAGEN SUPERIOR: Fotografía de Michelle Bachelet, Presidenta de Chile, a comienzos del 2006, en visita a Brasil. Bachelet lanzó una poderosa ofensiva contra la Iglesia Católica, al ordenar la distribución en los consultorios médicos gratuitos de la llamada "píldora del día después", con las más amplias libertades para ser entregada].

LA GUERRA DE LA PÍLDORA DEL DÍA DESPUÉS.
La llamada "píldora del día después" es en realidad un medicamento cuyo compuesto químico principal se llama levonorgestrel. Este químico es utilizado para que, producida la relación sexual, y dentro de un plazo de 72 horas a partir de la misma, no se produzca el embarazo. Quienes condenan el uso del levonorgestrel como anticonceptivo, señalan que este mecanismo no impide la fecundación, sino que impide la anidación del embrión. Por lo tanto, el levonorgestrel sería un abortivo. Y tratándose de tal situación, la Iglesia Católica, en nombre de sus valores y dogmas, interviene con la fuerza de un ariete.
La guerra no es actual. El conflicto estalló cuando el gobierno de Ricardo Lagos anunció que estaba estudiando la posibilidad de distribuir la llamada "píldora del día después" en forma gratuita, en los consultorios médicos de salud pública. La medida despertó enormes protestas, por parte de grupos católicos fundamentalistas, señalando que el Gobierno estaba promoviendo el aborto en forma directa. Algunos consultorios se plegaron, y otros derechamente se negaron a distribuir la píldora. Lo curioso del particular es que el levonorgestrel se distribuía sin mayores problemas éticos ni legales, en las farmacias, bajo el nombre comercial de "Postinor 2" (aunque después hubo acciones legales en contra del medicamento).
Los partidarios de distribuir la píldora del día después apuntan a disminuir la cantidad de embarazos adolescentes. Quienes son usuarios de los consultorios de salud pública son los estamentos medios, y especialmente bajos, de la población, que son también quienes más sufren las consecuencias de los embarazos no deseados, ya que en los niveles altos bastaba con comprar el Postinor-2, para disminuir la tasa de los mismos (o pagar un aborto clandestino, en el peor de los casos). Por ende, la distribución de la píldora es una medida tendiente, en primer lugar, según sus defensores, a combatir la pobreza, por la vía de mejorar la planificación familiar, y en definitiva, impidiendo que las mujeres pobres se hagan más pobres por verse sobrecargadas con más bocas que alimentar.
Los detractores opinan que el mecanismo de la píldora es abortivo, y por tanto, debería prohibirse su distribución, porque el uso de la píldora implica el asesinato de una criatura indefensa, a saber, el embrión nonato. Sus razones no son de carácter práctico, como quienes defienden la píldora, sino de principios éticos, morales, y por qué no decirlo, religiosos.
La polémica creció aún más cuando Michelle Bachelet, Presidenta de Chile en funciones desde Marzo de 2006, hizo de la píldora del día después una nueva bandera de lucha por los derechos de los chilenos. Al igual que su antecesor Ricardo Lagos, con quien comparte el ser socialista, Michelle Bachelet tuvo que llegar a algunos acuerdos y transacciones con la Iglesia Católica para que ésta no emprendiera una campaña del terror en su contra, durante las elecciones. De esta manera, el programa político de Bachelet era bastante carente de tópicos que caen bajo el rótulo de "temas valóricos" (aborto terapéutico, matrimonio entre homosexuales, anticoncepción, publicidad sobre el SIDA, etcétera).
La breve e inestable tregua se rompió cuando Bachelet volvió al ataque y, después de estudiar detenidamente el asunto, anunció que la píldora sería distribuida de todas maneras. Lo hizo de una manera amplia: la píldora sería distribuida a cualquier mujer mayor de 14 años, sin necesidad de autorización paterna. La decisión fue anunciada a una semana del tradicional Te Deum, a celebrarse el 18 de Septiembre, en vísperas de las Fiestas Patrias, en donde la homilía debía ser pronunciada por Francisco Javier Errázuriz, Arzobispo de Santiago. La propia Iglesia Católica fue alertada en la misma mañana del día del anuncio, lo que los tomó aún más desprevenidos. Los obispos reaccionaron muy mal, y no titubearon en comparar la medida con aquellas de los regímenes totalitarios que pretenden entrometer al Estado dentro de la vida íntima de las personas.
A través de algunos personeros del Gobierno, como Edgardo Riveros y Zarko Luksic, Bachelet y Errázuriz llegaron finalmente a un acuerdo de alto al fuego. La razón: ambos tenían mucho que perder con una guerra abierta. Bachelet no iba a retroceder en su medida, pero por otra parte, Errázuriz no quería que la agenda política de la Presidenta se llene de temas tabúes para la Iglesia Católica. El Te Deum, por tanto, fue relativamente tranquilo. Mientras tanto, a la fecha de redacción del presente artículo, el tema sobre la venta del Postinor 2 estaba en tribunales.

¿ES LA PÍLDORA ABORTIVA?
El principal argumento esgrimido por la Iglesia Católica para oponerse a la píldora del día después, es que ésta sería abortiva. Más allá de si el aborto es algo éticamente permisible o no, hay aquí un serio problema conceptual, que tiene que ver mucho con los dogmas religiosos manejados por la Iglesia.
En términos simples, y siguiendo un estudio de los doctores Horacio Croxatto y María Elena Ortiz, publicado en la Revista Chilena de Obstetria y Ginecología, volumen 69, nº 2 (año 2004), el levonorgestrel actúa sobre el moco cervical, haciéndolo más espeso. La consecuencia lógica es que el levonorgestrel no puede ser considerado abortivo, ya que no afecta la cubierta que se forma en el interior del útero para recibir al embrión, y por tanto, no impide la anidación. Un óvulo permanece en activo aproximadamente unas 48 horas, pero un espermatozoide puede arreglárselas para sobrevivir en las regiones inferiores del aparato reproductor femenino durante unos cinco días. Por tanto, el período de ventana en que una mujer puede quedar embarazada por una relación sexual única, es de aproximadamente seis días. Ahora bien, si el moco cervical del útero se vuelve más espeso, la reserva de espermatozoides que se queda más rezagado, queda atrapada y no puede ascender a buscar el óvulo. De ahí que el medicamento deba tomarse hasta 72 horas después de la relación: para evitar que los espermatozoides suban y alcancen al óvulo, si éste sale del ovario poco después de la relación.
Un segundo efecto del levonorgestrel es que, aparentemente, influye sobre el ciclo femenino, y permite saltar la ovulación. O sea, tomada hasta 72 horas después, los espermatozoides que alcanzan a subir, no pueden llegar al óvulo simplemente porque no hay ninguno.
O sea, tomado antes de la ovulación, el levonorgestrel puede tener éxito. Pero después de la ovulación, y producida la fecundación, al no haber cambios en la anidación, el embarazo es casi seguro, o tanto como lo sea la tasa estadística normal, la cual ronda un 27%. Es más, si el levonorgestrel es consumido después de la ovulación, al ser una hormona femenina sintética, refuerza aún más la anidación, y por lo tanto, después de la ovulación, el levonorgestel no sólo no es anticonceptivo, sino que consigue el efecto contrario de asegurar aún más el embarazo.
Por lo tanto, el levonorgestrel no puede ser considerado abortivo, porque no interfiere con el embrión, una vez fecundado. Adicionalmente, debido a que su mecanismo involucra retrasar a los espermatozoides rezagados, pero sin liquidarlos, el levonorgestrel es en realidad un método bastante poco eficiente para prevenir los embarazos.

LA IGLESIA CATÓLICA TUERCE LA DEMOCRACIA.
Todos estos argumentos médicos no obstan a que la Iglesia Católica, enemiga tradicional de los anticonceptivos, se oponga rotundamente a la píldora del día después. Lo espúreo de sus argumentos los ha llevado entonces a enfangarse en un espectáculo aún más lastimoso: el de preteder arroparse con las banderas de la democracia para defenderse.
Dentro del carácter y mentalidad de la Iglesia Católica, las ideas democráticas no pueden tener lugar. La democracia occidental, tal y como hoy la conocemos, nació en verdad en contra de la Iglesia Católica, que durante la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico fue firme defensora del principio monárquico. La razón es simple: cualquier organización, credo o filosofía que proponga una visión totalizante del mundo, debe por fuerza renegar de la democracia, pues ella se basa en la noción contraria, del compromiso entre varias visiones distintas de la vida en sociedad. Al problema de qué hacen las sociedades democráticas con aquellos organismos que, como la Iglesia Católica, destruirían la democracia si tuvieran la oportunidad, se lo conoce como el problema de la tolerancia de los intolerantes, y dedicamos en su día un posteo al particular en El Ojo de la Eternidad.
Por ende, los argumentos políticos esgrimidos por la Iglesia Católica contra la píldora del día después son, como mínimo, chocantes. Calificar al Estado de totalitario por querer democratizar el consumo de la píldora del día después, acusándolo de inmiscuirse en la vida privada de las personas, es simplemente ridículo, toda vez que el Estado no impone el uso de la píldora: simplemente lo permite, y entrega a la conciencia de las personas el usarla o no. Este argumento fue duramente castigado por Michelle Bachelet, cuando autorizó la píldora diciendo que lo hacía porque era Presidenta de todos los chilenos, y no sólo de los católicos, con lo que implícitamente tachó de totalitarios a la propia Iglesia Católica, al querer imponer su propia visión (médicamente errada) sobre el tema incluso a los no católicos.
En ese sentido, la batalla por la píldora del día después es otro Waterloo que la Iglesia Católica de Chile libra para conservar algo de su poder e influencia, batalla que se suma a otras más de los últimos años, tales y como combatir la llegada de bandas metaleras como Iron Maiden o Deicide, prohibir la película "La última tentación de Cristo", o impedir tanto como se pueda la legislación sobre el divorcio con disolución de vínculo, iniciativas en las que no cesa de cosechar vergonzosos fracasos. En lo que sí la Iglesia Católica se nota enormemente ausente, es en evitar la brecha entre los muy ricos y los muy pobres en Chile. La píldora del día después no es el mejor remedio para evitar esto, pero es una ayuda, y en ese sentido, quizás sea más propio de la caridad cristiana el permitirla que el prohibirla.

17 septiembre 2006

EL DISCURSO DE RATISBONA: LOS MUSULMANES CONTRA BENEDICTO XVI.

El pasado 12 de septiembre, en el marco de su segunda gira apostólica por Alemania, Benedicto XVI pronunció un discurso en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, que a la larga resultaría enormemente polémico e incendiario. No pocos grupos musulmanes han protestado, e incluso alguno ha lanzado amenazas de muerte contra Benedicto XVI. ¿Es realmente para tanto? El Ojo de la Eternidad inspecciona y comenta el contenido del discurso de Benedicto XVI, para explicar el motivo de tanto alboroto.


[IMAGEN SUPERIOR: Benedicto XVI es recibido en Alemania, durante su segunda gira como Papa por dicho país, en Septiembre de 2006].

NOTA: Ya que el contenido de este posteo versa sobre un discurso de Benedicto XVI y sus consecuencias, nuestros lectores podrían querer leerlo de primera mano. Para echarle un vistazo, pueden consultarlo en los siguientes enlaces:
En castellano, aquí.
En inglés, aquí.
En italiano, aquí.
En alemán, aquí.

LA SEGUNDA GIRA DE BENEDICTO XVI A ALEMANIA.
Cuando el anciano Joseph Ratzinger fue entronizado (o, según las malas lenguas, se entronizó él mismo usando palos blancos dentro del Colegio Cardenalicio), muchos se preguntaron sobre si iba a emprender tantas giras como Juan Pablo II en su tiempo. A un año y medio de Papado de Benedicto XVI, la respuesta es clara: sus viajes han sido mucho más medidos, y harto menos mediáticos. Es cierto que su primer viaje, a su Alemania nativa, fue cubierto hasta la saciedad por los medios (no insistiremos en ello, porque le dedicamos en su tiempo un posteo en El Ojo de la Eternidad), pero sus otras giras han pasado bastante desapercibidas. Su viaje a España no estuvo exento de polémica, por algunas declaraciones algo contundentes sobre la familia y la relatividad moral, pero como se trataba de algo más o menos esperable, considerando la vieja tosudez de Benedicto XVI en insistir sobre temas valóricos, a despecho de otra clase de problemas más urgentes como la sobrepoblación mundial o la reforma interna de la Iglesia Católica, el asunto no pasó a mayores.
Pero la nueva gira de Benedicto XVI a Alemania volvería a encender la mecha. A diferencia de su primer viaje, en el cual Benedicto XVI se presentó como un rockstar al más puro estilo Marilyn Manson, o bien el protagonista ficticio del filme "The Wall" de Alan Parker y Pink Floyd, en esta ocasión debía ser un viaje mucho más recogido y menos mediático. Por supuesto que arreciaron las presentaciones públicas y los discursos, pero éstos han sido menos recogidos por los medios, y la organización en general se ha preocupado no tanto de acarrear gente, como de producir hitos simbólicos.
Desde este punto de vista, es toda una sorpresa que el escándalo mayor del segundo viaje de Benedicto XVI a Alemania haya sido producto de un discurso que, en realidad, bien leído, no tiene nada de incendiario. O por lo menos, no es tan explosivo como otros más destemplados que Benedicto ha pronunciado. El objetivo del discurso de Benedicto XVI no tenía nada que ver con la lucha religiosa entre el Islam y el Catolicismo. Y sin embargo, muchos musulmanes se tomaron muy a mal las palabras de Benedicto XVI. Y no sólo grupos integristas islámicos lo hicieron así: incluso el rey de Marruecos llegó al extremo de retirar a su embajador en el Vaticano, en protesta por el discurso. La gran pregunta, considerando que los únicos hispanohablantes que se han dado el trabajo de leer de punta a cabo el discurso de Benedicto XVI son algunos católicos fanáticos, y también la redacción de El Ojo de la Eternidad, es entonces ¿era realmente para tanto?

LO QUE BENEDICTO XVI DIJO EN LA UNIVERSIDAD DE RATISBONA.
El discurso de Benedicto XVI era en esencia bastante pacífico, o al menos mucho más de lo que es habitual en él. El esqueleto estructural en torno al cual gira la disquisición del discurso, es el problema de la relación entre la razón y la fe. Como es un discurso dirigido a estamentos universitarios, y a varios científicos, toca por supuesto el tema de la racionalidad científica y la fe. Y el hilo conductor que eligió para enhebrar todos sus tópicos, es el problema de si la naturaleza de Dios es plenamente racional.
Debe decirse que en este caso, el discurso de Benedicto XVI sigue un zigzag bastante complicado. Después de algunos preliminares a cargo de sus remembranzas de la vida universitaria en Ratisbona, en donde hizo clases décadas atrás, Benedicto XVI entra en un viejo debate, que envolvió a Manuel II Paleólogo, emperador bizantino del siglo XIV, con un erudito persa. La materia del debate es el problema de la legitimidad de la conversión a una religión determinada por medio de la fuerza, en general, y en particular de la guerra santa como método para propagar la fe. La postura defendida por Manuel Paleólogo es que propagar la fe verdadera (cualquiera sea ésta) por medio de la violencia es abiertamente irracional, y por lo tanto, ilegítimo, ya que actuar de un modo no racional es contrario a la naturaleza misma de Dios. Pero, añade citando al autor que recopiló el discurso de Manuel II Paleólogo, el erudito persa podría bien no estar de acuerdo, porque en la tradición cristiana, Dios y la razón se identifican plenamente, mientras que en la tradición musulmana Dios es trascendente e inmanente, y por tanto, Dios trasciende toda posible razón humana.
Aquí es donde recién Benedicto XVI entra en materia. El resto del discurso describe la tensión entre estos dos posibles extremos (un Dios que por ser racional, debería en principio sacrificar su inmanencia, por una parte, y por la otra, un Dios inmanente que no está encadenado a nada, ni siquiera a lo que es bueno, verdadero o racional). El primer camino es el propio del ethos cristiano, según Benedicto. Describe así latamente como la fusión de la tradición filosófica griega y la tradición religiosa bíblica llevaron a la identificación de la Palabra de Dios con el logos griego. Ahora bien, en griego logos tiene una connotación no sólo de palabra, sino también de algo racional (logos es, en griego, lo contrario de pathos, que significa aproximadamente sentimiento o dolor). Durante el resto del discurso, describe como dicha creencia fue puesta en tela de juicio por algunos teólogos medievales, que defendieron el inmanentismo prescindiendo incluso de la idea de un Dios racional, y después por los sucesivos embates de la Reforma y otras corrientes que buscaban "deshelenizar" a la religión, y como parte de su programa, privar a Dios de su aspecto racional.
Los planteamientos de Benedicto XVI son, por supuesto, sumamente discutibles, partiendo por el hecho de que no parece haber manera racional alguna de defender la existencia de Dios, y por tanto, presuponer que Dios es alguien racional es, como mínimo, algo temerario. Pero se ajustan a la más estricta ortodoxia cristiana, toda vez que, como el propio Benedicto se encarga de recordar, la Palabra de Dios que crea el mundo en el Génesis (el Verbo) es identificado con el Logos racional griego. Pero en lo que mira al escándalo, es bien obvio que la idea principal de Benedicto pasa muy de lejos por la crítica contra los musulmanes. La alusión a éstos es bastante parcial, está contextualizada de la cita de un emperador largo tiempo ya muerto, y en realidad está dirigida a un núcleo de catedráticos universitarios a quienes el tópico musulmán deja más bien indiferente, en vez del realmente importante, a saber, cuál es el papel de la religión con respecto a la racionalidad científica en particular, y a la racionalidad en términos amplios, en general. En ese sentido, es claro que los musulmanes, o al menos los musulmanes extremistas que han amenazado con un atentado terrorista contra Benedicto XVI, se han tomado demasiado a pecho afirmaciones de las que, por una vez en la vida al menos, Benedicto XVI parece ser inocente de la intención de injuriar. Y si la inclusión de la historia de Manuel Paleólogo era intencional, para denostar con la sutileza sibilina de los teólogos a la religión musulmana, entonces esta alusión resultó tan etérea que bien los musulmanes podrían haber prescindido perfectamente de ella, sin darse por enterados. Entonces, ¿por qué tanto revuelo a causa un discurso que verdaderamente no lo merece...?

UN NUEVO EPISODIO EN EL HISTORIAL DE DESENCUENTROS.
Cuando hay madera seca suficiente, basta el más miserable de los fósforos para incendiar un bosque. Quizás este discurso en sí mismo sea una nadería, pero es innegable que el revólver estaba cargado desde hacía bastante tiempo. Y aunque Benedicto XVI sea en verdad inocente de la posible mala intención que este discurso pudiera tener hacia los musulmanes, lo cierto es que su arrogancia y prepotencia son las que lo han colocado en un pésimo pie para tratar con el mundo islámico.
La actitud de Benedicto XVI hacia los musulmanes no ha sido condenatoria del todo, es cierto, pero por otra parte ha sido bastante ambivalente. El sello característico de Benedicto XVI, como teólogo primero, y en menor medida como Pontífice después, ha sido un fundamentalismo depredador. Todo aquello que difiere de su santa opinión sobre cualquier tema ético o moral, Benedicto XVI lo califica de relativismo, y lo condena como tal sin más. El verdadero pecado de Benedicto se trasunta bien en su discurso, leyendo entre líneas: quizás no es una condena contra los musulmanes en general, pero hay una sutil identificación entre el Islam y una posición inmanentista que Benedicto descalifica de inmediato como irracional. Una de las conclusiones que pueden extraerse del discurso de Benedicto, es que el Islam es una religión eminentemente irracional, y el Cristianismo, al menos en su versión católica, una eminentemente racional, porque el Cristianismo tiene como herencia el logos griego, y el Islam no. Esto está en concordancia con la actitud displiscente de Benedicto contra todos aquellos quienes no sostienen sus ideas, y que se vertió en la durísima persecusión que emprendió en su época contra la Teología de la Liberación, por ejemplo.
Por otra parte, Benedicto XVI ha actuado ciertamente con hipocresía al condenar la violencia. El mismo ha manifestado un furor paulino en reprimir a aquellos quienes no piensan como él, pero no ha tenido empacho en condenar la violencia del terrorismo religioso. Aunque el terrorismo religioso sea algo malo, no es Benedicto XVI la persona que tiene mayor autoridad moral para atacarlo. Y esto, los musulmanes lo resienten.
Por otra parte, el Cristianismo ha tenido una relación de eterna enemistad hacia los musulmanes. La guerra contra el infiel fue el programa político continuo de la Iglesia Católica durante todos los siglos desde la Héjira hasta el fin de la Edad Media, y aún en el siglo XVIII todavía hacía llamados (vanos, por supuesto) a la Cruzada. En el siglo XX dicha actitud se ha desvanecido, pero uno puede legítimamente preguntarse si esto se debe a un cambio de actitud de la Iglesia Católica, o a que simplemente ha perdido demasiado poder como para permitirse el lujo de convocar a una Cruzada. La Iglesia Católica perdió así históricamente una magnífica oportunidad de enmendar sus errores, y por ende, la autoridad moral para condenar a quienes ahora en la actualidad emplean los mismos métodos terroristas que ella utilizó contra los musulmanes. En ese sentido, Benedicto XVI, perdido en sus ensoñaciones teológicas sobre el logos cristiano y sobre la inmanencia de Dios versus la razón, sigue viviendo de espaldas a la Historia. Y quienes no aprenden del pasado, están condenados a repetirlo...

06 abril 2006

LA RELIGIÓN DEL DESTINO MANIFIESTO.

Durante la administración presidencial de George W. Bush, hemos visto una gran ofensiva de grupos fundamentalistas cristianos, que hablan de su misión de llevar la democracia al mundo con un carácter mesiánico que les hacen muy impopulares en el resto de la Tierra. Y ellos parecen no darse cuenta. Esto es porque la doctrina del Destino Manifiesto, como se la llama, tiene bien poco que ver con la democracia, y sus raíces están en un hito tan alejado mentalmente como lo es la religión rabínica judía. El Ojo de la Eternidad rastrea las raíces religiosas de la doctrina del Destino Manifiesto, y explica lo que para muchos no tiene explicación.

[ILUSTRACIÓN SUPERIOR: Pintura del siglo XIX que muestra al Destino Manifiesto como una ninfa protegiendo a los emigrantes de Estados Unidos].

LA DOCTRINA DEL DESTINO MANIFIESTO.
Uno de los pilares de la política de Estados Unidos es la llamada "doctrina del Destino Manifiesto" (Manifest Destiny). A lo largo de sus dos siglos y fracción de vida independiente, los Estados Unidos de América la han aplicado indiscriminadamente. Oficialmente, "para la platea", los Estados Unidos son una nación atea y racionalista, en donde la democracia ha conseguido imponerse sobre el oscurantismo de los dogmas y la religión. Muchos de quienes defienden la separación entre Iglesia y Estado, en los Estados Unidos, lo hacen recurriendo a ese espíritu laico que supuestamente anima a dicha nación (por ejemplo, en la polémica por la enseñanza del Creacionismo en las escuelas públicas de Estados Unidos). Y sin embargo, en un análisis algo más acabado, resulta que el Destino Manifiesto opera no como un principio laico, sino como una verdadera "religión civil", muy parecida al credo político que profesaba el antiguo Imperio Romano, del que por otra parte, los estadounidenses son admiradores más o menos confesos.

EL PRIMER PILAR: LOS PURITANOS.
La construcción del ideario del Destino Manifiesto es producto de una serie de fenómenos históricos que operaron de manera más o menos separada, pero que al coincidir en Estados Unidos, tuvieron ese inesperado efecto.
Los primeros habitantes de Estados Unidos eran fugitivos de Inglaterra, muchos de los cuales se refugiaron en el Nuevo Mundo para poder profesar libremente su fe. En el siglo XVI, Martín Lutero había abierto los fuegos contra la Iglesia Católica, reinterpretando el Cristianismo de una manera en muchos aspectos judaizante (materia sobre la que estamos preparando un posteo en El Ojo de la Eternidad). Una de las ramas doctrinarias del movimiento reformista, el Calvinismo, se propagó por toda Europa bajo distintos ropajes, e influyó definitivamente en el movimiento de los puritanos ingleses, seguidosres rígidos y literalistas de la Biblia. Por otra parte, en el mismo siglo XVI, y siguiendo el ejemplo de los principes protestantes alemanes, la corona inglesa (el famoso Enrique VIII, por más señas), se separó de Roma, creando la Iglesia Anglicana. La gran innovación de los anglicanos era simplemente ser una especie de "Iglesia Católica en versión nacionalista inglesa", ya que en aspectos de dogma y doctrina, no hay gran diferencia entre ambas. De esta manera estallaron cruentas guerras civiles, entre los siglos XVI y XVII, a tres bandas: católicos, anglicanos y puritanos.
Los ganadores finales fueron los anglicanos, y los puritanos tuvieron que emigrar al Nuevo Mundo, a las florecientes Trece Colonias, llevándose su visión rígida y literalizante del Antiguo Testamento. Por lo que los primeros habitantes europeos de Estados Unidos fueron, en general, individuos que veían a las Trece Colonias como "la nueva Tierra Prometida", y a ellos mismos como un nuevo "Pueblo Elegido".

EL SEGUNDO PILAR: LA MASONERÍA.
En el siglo XVIII surgió en Europa el movimiento masónico. En Estados Unidos prendió rápido, y muchos connotados prohombres de la época (Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, George Washington, entre otros) fueron francmasones.
Entre los ideales masónicos está la estratificación de la sociedad en niveles: los masones, que son los iluminados poseedores de la verdad filosófica, son también los "puros y perfectos", o por lo menos, como viven (según ellos) a la luz de la Razón, lo son en mayor medida que los demás. Por tanto, los masones eran admiradores no de la democracia abierta, sino de un sistema republicano en donde gobernaran "los virtuosos". A la hora de diseñar a Estados Unidos como nación independiente, buscaron inspiración, no por nada, en la República romana, desde la que incluso tomaron el emblema del águila como símbolo nacional. La Constitución Federal de Estados Unidos, por su parte, es un intento deliberado por reproducir el antiguo sistema federal romano republicano (antes del totalitarismo del Imperio Romano).
Estados Unidos es así una nación masónica, LA nación masónica por excelencia. Aquí nace la idea de que Estados Unidos es el baluarte o reserva moral del mundo. Esta noción entró en resonancia con la de que Estados Unidos es el Pueblo Elegido del Antiguo Testamento, potenciándose mutuamente. El Destino Manifiesto estaba a la vuelta de la esquina.

EL TERCER PILAR: EL ÉXITO MILITAR DE ESTADOS UNIDOS.
"El cumplimiento de nuestro Destino Manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el pleno crecimiento de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino". Con estas palabras escritas en 1845, el periodista John O'Sullivan saludaba la nueva doctrina, mezcla de los idearios antes mencionados.
Los estadounidenses creían firmemente en estos conceptos, y empezaron a obtener una serie de éxitos militares que, en su mentalidad, confirmaban tales asertos: su guerra con los pieles rojas (terminada en 1890), con México (1848-1849), con Cuba (1898), sus intervenciones militares en América Latina, y la Primera y Segunda Guerra Mundiales. En cada ocasión, los gobiernos estadounidenses, y también su pueblo, justificó tales empresas como verdaderas cruzadas contra un enemigo no sólo político, sino también religioso, porque pasaban a ser "el Mal".
En ese sentido, las políticas de George W. Bush, su lenguaje y sus discursos, y la manera desembozada en que lleva a cabo el sueño imperial estadounidense, no son ni con mucho un fenómeno esporádico y puntual. La doctrina nacionalista estadounidense es algo que tiene profundas raíces religiosas, nada menos que en el Antiguo Testamento (por vía de los puritanos) y en la filosofía gnóstica grecorromana (por vía de la Masonería).