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22 abril 2007

EL PAPADO RETRÓGRADO: DOS AÑOS DE BENEDICTO XVI.

Hace dos años atrás, Joseph Ratzinger fue elegido Papa, y pasó a tomar el nombre de Benedicto XVI. En sus dos años de gobierno al frente del Vaticano y la Iglesia Católica, ha liderado un Papado fuertemente retrógrado y falto de sintonía con el mundo moderno. El Ojo de la Eternidad analiza su Papado y su mentalidad, y descifra las claves para el futuro que le espera a la Iglesia Católica.


[IMAGEN SUPERIOR: Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI, pontificando desde el púlpito. Con Benedicto XVI, el proceso de aniquilación de la obra del Concilio Vaticano II iniciado por Juan Pablo II está llegando hacia su final, con nefastas consecuencias para la Iglesia Católica].

LA IGLESIA CATÓLICA EN EL MUNDO CONTEMPORÁNEO.
A pesar de ser una de las instituciones más tradicionalistas y conservadoras del entero mundo occidental, o a lo mejor por eso mismo, no cabe ninguna duda de que la Iglesia Católica ha atravesado por varias convulsiones a lo largo del siglo XX. Desde el quiebre provocado por la Reforma Protestante del siglo XVI, la Iglesia se ha batido en retirada frente a una serie de nuevos enemigos que han ido surgiendo, como por ejemplo la Ilustración, el secularismo, la ciencia moderna, los problemas sociales, etcétera. El más grande intento de ajuste durante el siglo XX fue, de lejos, el Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII en 1962, y clausurado oficialmente por Pablo VI en 1965. Pero los grupos más conservadores de la Curia se dedicaron activamente, sea por tradicionalismo, por fanatismo o por la defensa de intereses creados, a socavar la obra de dicho Concilio, suprimiendo ese modelo de Iglesia abierta al mundo, y volviendo a una Iglesia centrada en lo ultraterreno y distante de sus fieles, según el modelo implantado por el Concilio de Trento en 1545-1563.
De esta manera, a la muerte de Juan Pablo II en 2005, la Iglesia Católica presentaba un aspecto bastante lamentable. Ya hemos dicho antes en El Ojo de la Eternidad que el Pontificado de Juan Pablo II fue una verdadera tragedia, porque todo aquello que éste intentó, salió al revés. Podría parecer que bajo su Pontificado, la Iglesia creció y fue más grande que nunca, pero por otra parte, existían fuertes síntomas de descomposición interna, como por ejemplo la pérdida de influencia en una sociedad cada vez más secularizada, su casi nulo papel internacional, su ausencia de grandes temas planetarios como la crisis ecológica o demográfica, por no hablar de la creciente carestía de curas que puedan encargarse de las parroquias repartidas a lo largo y ancho del mundo.
Esta es la Iglesia en la cual Joseph Ratzinger llegó a ser Papa.

EL ASCENSO DE BENEDICTO XVI.
Sobre el ascenso de Benedicto XVI hablamos latamente en un artículo publicado en El Ojo de la Eternidad hace un año atrás, pero no sobra repasar algunos aspectos. Ratzinger nació y se crio en la Alemania de Adolfo Hitler, algo que para bien o para mal, algo debió influir en su personalidad, toda vez que estuvo un año en las Juventudes Hitlerianas. Cuando ingresó a la Iglesia Católica ese especializó en asuntos teológicos, y durante el Concilio Vaticano II defendió posturas progresistas. Sin embargo, grande fue su desencanto con las revueltas de mayo de 1968. Es probable que Ratzinger resultara, a fin de cuentas, un niño rebelde hijito de papá, muy bravo y valiente cuando el problema de la igualdad social es una cuestión abstracta o doctrinal, pero que se acobardara cuando el estallido social llegara a su final lógico. Ratzinger se volvió entonces hacia el conservadurismo, y encumbrado a la Congregación para la Doctrina de la Fe en tiempos de Juan Pablo II, se haya dedicado a perseguir activamente a quienes postularan visiones izquierdistas del Catolicismo, en particular contra la Teología de la Liberación. Luego, la enfermedad de Juan Pablo II le dio ocasión para ir ganando espacios de poder dentro de la Curia, en paricular porque el propio Juan Pablo II le había despejado el camino, reemplazando a los cardenales liberales que iban retirándose o falleciendo, por conservadores que, llegada la hora, probablemente apoyarían a Ratzinger. De ahí que, el 16 de Abril de 2005, fue proclamado Joseph Ratzinger como Papa, quien adoptó el nombre de Benedicto XVI.
Se ha dicho varias veces que Ratzinger no ha exhibido jamás aquellas cualidades que podríamos considerar como "evangélicas". No es un hombre humilde, por descontado, toda vez que se siente un mesías iluminado que, cuando la gente no lo sigue, intenta imponer sus dogmas a golpe de autoridad, como lo demostró con su espectacular voltereta intelectual de 1968. Tampoco es hombre proclive al diálogo, ni una persona razonable que sea capaz de contender intelectualmente sin una serie de peticiones de principios que, por supuesto, él mismo se encarga de definir. Y su Papado es reflejo de todo eso.

LO QUE BENEDICTO XVI ESPERA DE LA IGLESIA CATÓLICA.
La personalidad autoritaria se ancla por definición en dogmas que trata de imponer a los demás por la fuerza si es preciso, porque concibe al mundo como una estructura de poder en la cual alguien debe mandar y alguien debe obedecer. Sumado eso al orgullo intelectual, el resultado es un tipo de personalidad que no escucha a los demás, sino que se cree autorizado, sea porque conoce la verdadera naturaleza de las cosas, sea porque es un iluminado por Dios, para decidir sobre todas las cosas que los demás deben o no hacer, sin que a éstos les quepa otra posibilidad que la obediencia fiel y sumisa. Benedicto XVI encaja a las maravillas con este tipo de personalidad, y más aún, ésta se ha visto reforzada por la corte de acólitos que, para ganar su favor, le alaban continuamente, como ocurre con variados medios de prensa y con la gente a su alrededor que refuerza este autoritarismo hasta convertirlo en la falsa modestia de los iluminados. Juan Pablo II presentaba rasgos de este tipo, pero su fructífera experiencia anterior con el mundo (fue actor y obrero antes de ser sacerdote) le permitió desarrollar dotes negociadoras que le impidieron caer en algunos de los peores extremos de la soberbia intelectual. En cambio Benedicto XVI, hombre de formación académica y con nulo contacto con el mundo, no tiene salvavidas posible. De este modo, Benedicto XVI presentó todos los aspectos psicológicos desfavorables de Juan Pablo II, y ninguno de los favorables.
Esta falsa modestia de los iluminados, lleva a la actitud curiosa de que si nadie los sigue, entonces no sólo se impiden adaptarse o cambiar de actitud, sino que sostienen que es el resto del mundo el que no los merece. He aquí la explicación psicológica para los suicidios rituales de sectas pequeñas. Adolfo Hitler, cuando estaba perdiendo la Segunda Guerra Mundial, incurrió en lo mismo, y dio una orden tan demencial como lo era arrasar Alemania hasta sus cimientos, convencidos de que si los alemanes no eran merecedores de ganar la guerra, tampoco merecían sobrevivir. Benedicto XVI no requiere llegar hasta esos extremos porque la Iglesia Católica le es una plataforma mucho más sólida para sus delirios personales, pero esta clave psicológica permite entender una de las críticas más formidables que se le hacen: su ceguera ante el hecho de que sus políticas están precipitando a la Iglesia Católica hacia el desastre.
En realidad, el futuro de la Iglesia Católica no le preocupa para nada a Benedicto XVI, porque está seguro de que Dios guiará a la Iglesia, y cada crisis y prueba que afronte será una prueba más de su gloria. Y si la Iglesia Católica no consigue superarla, es que ella no se merecía tal cosa, y por descontado que el mundo no se merecía tampoco a la Iglesia Católica. Y si nadie hace las cosas a la manera de Benedicto XVI, no es que éste se encuentre equivocado, según él, sino que el mundo no se merece a alguien como Benedicto. Se ha dicho que Benedicto XVI prefiere una Iglesia Católica pequeña, pero con seguidores férreos y perfectamente alineados, a una Iglesia grande que contribuya al mundo. Esto es exactamente lo que cabe esperar de un alguien que se siente iluminado y con complejos mesiánicos. Y sus obras como Pontífice hablan por sí solas.

EL PAPADO ERRÁTICO DE BENEDICTO XVI.
Para reafirmar el continuismo con Juan Pablo II, Benedicto XVI se presentó a sí mismo como un verdadero rockstar, en el Encuentro de la Juventud organizado en Colonia, durante el mismo año 2005. Allí hizo una serie de declaraciones en contra del mundo, llamando sutilmente a los católicos a apartarse de las corrientes del tiempo (secularismo, ciencia, etcétera), y volverse hacia Dios, identificándolo sin ambages con la Iglesia Católica, reafirmando de ese modo el dogma medieval según el cual fuera de la Iglesia Católica no hay salvación posible (por ende, los que no aceptan la autoridad de Benedicto XVI están condenados al infierno, el cual, por supuesto, es un lugar que existe y es real, y consiste nada menos que en la ausencia eterna de Dios). Es un castigo verdaderamente grave, en particular considerando que las opciones de Dios en ese caso serían ser condenado a seguir a un iluminado matonesco como Benedicto XVI, o condenarse a no ver nunca la bondad divina durante toda la eternidad. Frente a eso, una sutileza como la reciente "abolición del limbo", encargando a las almas imposibilitadas del bautismo a la gracia de Dios, es realmente una nadería.
Su siguiente gran acto fue la encíclica "Deus caritas est", muy alabada por los católicos más recalcitrantes, pero cuyo contenido teológico, y aún meramente lógico, es un verdadero yermo, como lo señalamos oportunamente en El Ojo de la Eternidad. Es también otra muestra del estilo mesiánico de Benedicto XVI: discursiva y pedante, de espíritu pedagógico, pero con muy pocos compromisos por parte de la mismísima Iglesia Católica. En documentos más recientes, Benedicto XVI ha proseguido su política de no transar con el mundo moderno y seguir manteniendo porfiadamente a la Iglesia Católica en su sitio, en una actitud muy similar a la de Adolfo Hitler cuando exigía la defensa a toda costa de Stalingrado.
Para un hombre que se precia de su formación intelectual, resulta desconcertante su espúrea comprensión de lo que es la ciencia moderna. El Discurso de Ratisbona lo deja ver bien en claro, como también lo señalamos en El Ojo de la Eternidad. En éste, señala que la ciencia no es nada si no va acompañada por la fe, lo que en términos lógicos es una estupidez monumental, toda vez que el trabajo de la ciencia es justamente poner a prueba los dogmas y la fe, por medio de su exacto opuesto, la experimentación científica. No es raro que Benedicto XVI le tenga tanto temor a la ciencia y busque ponerle cortapisas, porque ésta podría llegar, más tarde o más temprano, a conclusiones que el egotismo mesiánico de Benedicto no sería capaz de soportar. De hecho, ya lo está haciendo, porque pese a todos sus intentos por conciliar el Darwinismo con el Catolicismo, negando el Creacionismo para dar paso a una especie de teoría de la evolución teísta, la verdad es que como bien señala Richard Dawkins, no hay hasta el minuto ningún indicio de que Dios haya intervenido de alguna manera en la evolución, o en la creación humana.
En ese sentido, es claro que los dos años de Benedicto XVI como Papa han confirmado algunos de los peores presagios que cabían. Con tanto voluntarismo en ir a contracorriente de los tiempos, Benedicto XVI está condenando a la Iglesia Católica a ser, de la más improtante de las religiones mundiales, a una secta más, en medio del crecimiento desorbitado de musulmanes, hinduístas, protestantes, etcétera. Aunque ya conocemos cuál sería la respuesta de Benedicto XVI: si los católicos no se muestran dignos de Dios, entonces no se merecen la supervivencia...

10 diciembre 2006

BENEDICTO XVI EN TURQUÍA: ENTRE MUSULMANES Y ORTODOXOS.

La semana pasada, Benedicto XVI emprendió una breve gira por Turquía. Como siempre, hubo una buena serie de gestos ceremoniales, en este caso haciendo guiños al ecumenismo. Pero Benedicto XVI ha destacado precisamente por rehuir de las tendencias ecuménicas. ¿Es que acaso el mundo está al revés? El Ojo de la Eternidad ofrece algunos antecedentes que ayudan a explicar lo que acaba de suceder en Turquía... si es que cabe explicar eso de alguna manera.


[IMAGEN SUPERIOR: El Papa Benedicto XVI y el Patriarca Bartolomé I hacen una declaración conjunta, durante el viaje del primero a Turquía].

EL VIAJE DE BENEDICTO XVI A TURQUÍA.
Después de su apoteósica y nazistoide aparición en Alemania, el resto de los viajes apostólicos de Benedicto XVI han pasado casi desapercibidos. Estos fueron un viaje a Polonia, otro a España, y un segundo viaje, esta vez de carácter más privado, a Alemania, concretamente a Baviera. El viaje a Turquía prometía ser otro más, sin demasiada relevancia mediática, pero una serie de sucesos le dieron mayor relevancia.
En primer lugar están las tensas relaciones entre Turquía y el Vaticano. Es sabido que desde hace mucho tiempo se está negociando el ingreso de Turquía a la Unión Europea, operación política que el Vaticano ha resistido con firmeza, bajo el argumento (falaz, por supuesto) de la "raiz cristiana de Europa". Aunque el Vaticano, utilizando la sibilina mezcla de diplomacia y Teología que le es tan característica, no ha aludido directamente a Turquía, es claro que no quiere influencias contaminantes extranjeras en un continente mayoritariamente cristiano, al cual el Vaticano por lo mismo considera como su propio patio trasero.
En segundo lugar, están las tensas relaciones entre Benedicto XVI y los musulmanes. Durante la invasión de Estados Unidos a Irak, Benedicto XVI exigió con firmeza destemplada que se respetara a la minoría cristiana de dicho país (aunque ésta no es católica sino jacobita). Después sobrevino el infortunado discurso de Ratisbona, con el cual consiguió irritar a una buena fracción de musulmanes. Y es que Joseph Ratzinger tenía antecedentes, antes de ser Papa, de intolerancia religiosa, los cuales fueron plenamente confirmados por sus actuaciones posteriores.
En ese sentido, el viaje de Benedicto XVI a Turquía tuvo algunos resultados desconcertantes. En lo político, realizó una serie de actos fraternales hacia Turquía, y pareciera ser que admite ahora la posibilidad de que ésta se incorpore a la Unión Europea. En cuanto a las otras confesiones religiosas, se mostró conciliador hasta un punto que nunca antes había alcanzado: el gesto más espectacular fue, por supuesto, la declaración conjunta que emitió con Bartolomé I, Patriarca de Constantinopla, pero también hubo gestos hacia la Iglesia Armenia, encabezada por el Patriarca Mesrob II, y también hacia los musulmanes. ¿A qué se debe esta espectacular voltereta? ¿O ésta no es tal...?

EL PROBLEMA ECUMÉNICO.
La primera cuestión, y quizás la más trascendente, es el asunto de la separación entre la Iglesia de Oriente y Occidente. La historiografía occidental denomina a esta separación el "Cisma de Oriente", dando a entender que es la Iglesia Ortodoxa la que se habría separado del Papado, y sería por tanto "cismática". Como suele suceder, el asunto no es tan simple. En realidad, en el año 1054 (fecha de la separación) ninguna de las dos iglesias, la de Constantinopla o la de Roma, podía arrogarse la primacía sobre la otra. El cisma se consumó, de hecho, mediante excomuniones mutuas, que era la única manera que tenían de castigarse una a la otra, toda vez que no cabía tomar medidas disciplinarias distintas, ya que no había subordinación jerárquica entre éstas. Desde el ángulo "oriental", incluso, es claro que los cismáticos son los católicos, algo que reafirman con su título oficial de "Iglesia Ortodoxa", o sea, defensora de la ortodoxia, de la verdadera fe.
Por lo tanto, resolver el problema de la separación entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa no es tan simple. Esto implica nada menos que determinar el problema de la primacía: ¿debe predominar Roma sobre Constantinopla, Constantinopla sobre Roma, o ambas deben mantener primacías paralelas? Por supuesto que la tercera solución no soluciona nada en absoluto, porque significa mantener el actual status quo. En cuanto a las otras dos soluciones posibles, implicaría una enorme renuncia para cada una de ellas. Desde luego que la arrogancia de Benedicto XVI no soportaría reducirse al papel de segundón de Constantinopla, pero por la otra, no hay razones ni teológicas ni prácticas por las cuales debería ser Bartolomé I quien diera ese paso.
La consecuencia de esto queda expresada en la Declaración Común que emitieron Benedicto XVI y Bartolomé I, la cual puede ser leída en el sitio del Vaticano (versión en inglés, aquí). Detrás de la retórica pomposa, el único acuerdo que ambos alcanzan es simplemente que ambos desean un acuerdo. Esta señal de unidad puede parecer vigorosa, pero es importante en este discurso lo que no hay presente: no hay renuncias mutuas o unilaterales, no hay definiciones doctrinales o disciplinarias, ni hay bases sólidas para ningún acuerdo. La Declaración Común, por tanto, contiene sólo gestos de buenas intenciones, sin ahondar en las cosas verdaderamente importantes para resolver el dilema.

LOS MUSULMANES FRENTE AL PAPA.
El problema más delicado era, por supuesto, el de los musulmanes. Se llegó a discutir si el Papa debería usar un chaleco antibalas, ante la eventualidad de un atentado, pero éste rechazó usar uno (oficialmente, al menos). Poco después de la llegada de Benedicto XVI a Turquía, hubo hondas manifestaciones en su contra.
Pero el Papa esta vez se cuidó mucho de ofender a los musulmanes. En la propia Turquía siguió el ritual clásico de los visitantes, de hacer una visita al Mausoleo de Atatürk, el fundador de la Turquía moderna.
Una hábil jugada fue defender la libertad religiosa en Turquía. Aunque oficialmente Turquía es un estado laico, en la práctica los musulmanes son la inmensa mayoría, y las leyes están cargadas en su dirección. La protesta de Benedicto XVI le permitió erigirse una vez más como el campeón de la libertad y la tolerancia religiosa (algo que nunca ha sido, pero que trata de aparentar), sin posibilidad de que le contestaran alguna cosa.
El momento clave fue su visita a Santa Sofía. Esta Basílica, inagurada por Justiniano en el año 537 y convertida después en mezquita (en 1453), se convirtió en centro de algunos musulmanes fanáticos que consideraban ofensivo que un cristiano pisase lo que alguna vez fue un templo musulmán (como si ellos no hubieran hecho lo mismo, a la inversa, medio milenio atrás). Pero el Papa rezó con el rostro mirando hacia La Meca, con gestos y actitudes de un musulmán en oración, y con eso limó algunas asperezas.

EN RESUMEN...
¿Hubo resultados prácticos del viaje de Benedicto XVI a Turquía? Probablemente no. Como puede observarse, fue un viaje cargado de gestos simbólicos de toda clase, pero que no hicieron sino tocar puntos tangenciales a los verdaderos problemas. La operación ecuménica no puede tener éxito porque ni el Papa ni el Patriarca cederán en sus respectivos primados, y el acercamiento a los musulmanes tampoco puede tenerlo en tanto Benedicto XVI siga tensando la cuerda como lo hizo en Ratisbona, y calmándola como en Turquía. Por otra parte Turquía, a pesar de ser una nación musulmana en la práctica, tiene un régimen político de inspiración laica, europea y occidental, y por ende, no es una nación musulmana típica.
Entonces, ¿por qué tanto alboroto? Probablemente por el morbo de ver a Benedicto XVI y los musulmanes ajustándose cuentas entre sí, por el Discurso de Ratisbona. Lo que abre una nueva e inquietante pregunta: ¿no habrá el viejo zorro de Ratzinger ofendido intencionalmente a los musulmanes, para generar un escándalo artificial que le diera relevancia mediática a su por entonces inminente viaje a Turquía...?

24 septiembre 2006

LA PÍLDORA DEL DÍA DESPUÉS: EL NUEVO WATERLOO DE LA IGLESIA CATÓLICA EN CHILE.

A pesar de ser un país cada vez más laico y secular, la Iglesia Católica sigue conservando importantes cuotas de poder en Chile. La nueva batalla entre la Iglesia Católica y los defensores de la democracia en Chile es por la "píldora del día después". Los demócratas la apoyan como un freno contra los hijos no deseados. La Iglesia Católica la condena como abortiva. El Ojo de la Eternidad refiere los entretelones de una discordia que resulta muy reveladora, sobre la relación entre la Iglesia Católica y la democracia.


[IMAGEN SUPERIOR: Fotografía de Michelle Bachelet, Presidenta de Chile, a comienzos del 2006, en visita a Brasil. Bachelet lanzó una poderosa ofensiva contra la Iglesia Católica, al ordenar la distribución en los consultorios médicos gratuitos de la llamada "píldora del día después", con las más amplias libertades para ser entregada].

LA GUERRA DE LA PÍLDORA DEL DÍA DESPUÉS.
La llamada "píldora del día después" es en realidad un medicamento cuyo compuesto químico principal se llama levonorgestrel. Este químico es utilizado para que, producida la relación sexual, y dentro de un plazo de 72 horas a partir de la misma, no se produzca el embarazo. Quienes condenan el uso del levonorgestrel como anticonceptivo, señalan que este mecanismo no impide la fecundación, sino que impide la anidación del embrión. Por lo tanto, el levonorgestrel sería un abortivo. Y tratándose de tal situación, la Iglesia Católica, en nombre de sus valores y dogmas, interviene con la fuerza de un ariete.
La guerra no es actual. El conflicto estalló cuando el gobierno de Ricardo Lagos anunció que estaba estudiando la posibilidad de distribuir la llamada "píldora del día después" en forma gratuita, en los consultorios médicos de salud pública. La medida despertó enormes protestas, por parte de grupos católicos fundamentalistas, señalando que el Gobierno estaba promoviendo el aborto en forma directa. Algunos consultorios se plegaron, y otros derechamente se negaron a distribuir la píldora. Lo curioso del particular es que el levonorgestrel se distribuía sin mayores problemas éticos ni legales, en las farmacias, bajo el nombre comercial de "Postinor 2" (aunque después hubo acciones legales en contra del medicamento).
Los partidarios de distribuir la píldora del día después apuntan a disminuir la cantidad de embarazos adolescentes. Quienes son usuarios de los consultorios de salud pública son los estamentos medios, y especialmente bajos, de la población, que son también quienes más sufren las consecuencias de los embarazos no deseados, ya que en los niveles altos bastaba con comprar el Postinor-2, para disminuir la tasa de los mismos (o pagar un aborto clandestino, en el peor de los casos). Por ende, la distribución de la píldora es una medida tendiente, en primer lugar, según sus defensores, a combatir la pobreza, por la vía de mejorar la planificación familiar, y en definitiva, impidiendo que las mujeres pobres se hagan más pobres por verse sobrecargadas con más bocas que alimentar.
Los detractores opinan que el mecanismo de la píldora es abortivo, y por tanto, debería prohibirse su distribución, porque el uso de la píldora implica el asesinato de una criatura indefensa, a saber, el embrión nonato. Sus razones no son de carácter práctico, como quienes defienden la píldora, sino de principios éticos, morales, y por qué no decirlo, religiosos.
La polémica creció aún más cuando Michelle Bachelet, Presidenta de Chile en funciones desde Marzo de 2006, hizo de la píldora del día después una nueva bandera de lucha por los derechos de los chilenos. Al igual que su antecesor Ricardo Lagos, con quien comparte el ser socialista, Michelle Bachelet tuvo que llegar a algunos acuerdos y transacciones con la Iglesia Católica para que ésta no emprendiera una campaña del terror en su contra, durante las elecciones. De esta manera, el programa político de Bachelet era bastante carente de tópicos que caen bajo el rótulo de "temas valóricos" (aborto terapéutico, matrimonio entre homosexuales, anticoncepción, publicidad sobre el SIDA, etcétera).
La breve e inestable tregua se rompió cuando Bachelet volvió al ataque y, después de estudiar detenidamente el asunto, anunció que la píldora sería distribuida de todas maneras. Lo hizo de una manera amplia: la píldora sería distribuida a cualquier mujer mayor de 14 años, sin necesidad de autorización paterna. La decisión fue anunciada a una semana del tradicional Te Deum, a celebrarse el 18 de Septiembre, en vísperas de las Fiestas Patrias, en donde la homilía debía ser pronunciada por Francisco Javier Errázuriz, Arzobispo de Santiago. La propia Iglesia Católica fue alertada en la misma mañana del día del anuncio, lo que los tomó aún más desprevenidos. Los obispos reaccionaron muy mal, y no titubearon en comparar la medida con aquellas de los regímenes totalitarios que pretenden entrometer al Estado dentro de la vida íntima de las personas.
A través de algunos personeros del Gobierno, como Edgardo Riveros y Zarko Luksic, Bachelet y Errázuriz llegaron finalmente a un acuerdo de alto al fuego. La razón: ambos tenían mucho que perder con una guerra abierta. Bachelet no iba a retroceder en su medida, pero por otra parte, Errázuriz no quería que la agenda política de la Presidenta se llene de temas tabúes para la Iglesia Católica. El Te Deum, por tanto, fue relativamente tranquilo. Mientras tanto, a la fecha de redacción del presente artículo, el tema sobre la venta del Postinor 2 estaba en tribunales.

¿ES LA PÍLDORA ABORTIVA?
El principal argumento esgrimido por la Iglesia Católica para oponerse a la píldora del día después, es que ésta sería abortiva. Más allá de si el aborto es algo éticamente permisible o no, hay aquí un serio problema conceptual, que tiene que ver mucho con los dogmas religiosos manejados por la Iglesia.
En términos simples, y siguiendo un estudio de los doctores Horacio Croxatto y María Elena Ortiz, publicado en la Revista Chilena de Obstetria y Ginecología, volumen 69, nº 2 (año 2004), el levonorgestrel actúa sobre el moco cervical, haciéndolo más espeso. La consecuencia lógica es que el levonorgestrel no puede ser considerado abortivo, ya que no afecta la cubierta que se forma en el interior del útero para recibir al embrión, y por tanto, no impide la anidación. Un óvulo permanece en activo aproximadamente unas 48 horas, pero un espermatozoide puede arreglárselas para sobrevivir en las regiones inferiores del aparato reproductor femenino durante unos cinco días. Por tanto, el período de ventana en que una mujer puede quedar embarazada por una relación sexual única, es de aproximadamente seis días. Ahora bien, si el moco cervical del útero se vuelve más espeso, la reserva de espermatozoides que se queda más rezagado, queda atrapada y no puede ascender a buscar el óvulo. De ahí que el medicamento deba tomarse hasta 72 horas después de la relación: para evitar que los espermatozoides suban y alcancen al óvulo, si éste sale del ovario poco después de la relación.
Un segundo efecto del levonorgestrel es que, aparentemente, influye sobre el ciclo femenino, y permite saltar la ovulación. O sea, tomada hasta 72 horas después, los espermatozoides que alcanzan a subir, no pueden llegar al óvulo simplemente porque no hay ninguno.
O sea, tomado antes de la ovulación, el levonorgestrel puede tener éxito. Pero después de la ovulación, y producida la fecundación, al no haber cambios en la anidación, el embarazo es casi seguro, o tanto como lo sea la tasa estadística normal, la cual ronda un 27%. Es más, si el levonorgestrel es consumido después de la ovulación, al ser una hormona femenina sintética, refuerza aún más la anidación, y por lo tanto, después de la ovulación, el levonorgestel no sólo no es anticonceptivo, sino que consigue el efecto contrario de asegurar aún más el embarazo.
Por lo tanto, el levonorgestrel no puede ser considerado abortivo, porque no interfiere con el embrión, una vez fecundado. Adicionalmente, debido a que su mecanismo involucra retrasar a los espermatozoides rezagados, pero sin liquidarlos, el levonorgestrel es en realidad un método bastante poco eficiente para prevenir los embarazos.

LA IGLESIA CATÓLICA TUERCE LA DEMOCRACIA.
Todos estos argumentos médicos no obstan a que la Iglesia Católica, enemiga tradicional de los anticonceptivos, se oponga rotundamente a la píldora del día después. Lo espúreo de sus argumentos los ha llevado entonces a enfangarse en un espectáculo aún más lastimoso: el de preteder arroparse con las banderas de la democracia para defenderse.
Dentro del carácter y mentalidad de la Iglesia Católica, las ideas democráticas no pueden tener lugar. La democracia occidental, tal y como hoy la conocemos, nació en verdad en contra de la Iglesia Católica, que durante la Revolución Francesa y el Imperio Napoleónico fue firme defensora del principio monárquico. La razón es simple: cualquier organización, credo o filosofía que proponga una visión totalizante del mundo, debe por fuerza renegar de la democracia, pues ella se basa en la noción contraria, del compromiso entre varias visiones distintas de la vida en sociedad. Al problema de qué hacen las sociedades democráticas con aquellos organismos que, como la Iglesia Católica, destruirían la democracia si tuvieran la oportunidad, se lo conoce como el problema de la tolerancia de los intolerantes, y dedicamos en su día un posteo al particular en El Ojo de la Eternidad.
Por ende, los argumentos políticos esgrimidos por la Iglesia Católica contra la píldora del día después son, como mínimo, chocantes. Calificar al Estado de totalitario por querer democratizar el consumo de la píldora del día después, acusándolo de inmiscuirse en la vida privada de las personas, es simplemente ridículo, toda vez que el Estado no impone el uso de la píldora: simplemente lo permite, y entrega a la conciencia de las personas el usarla o no. Este argumento fue duramente castigado por Michelle Bachelet, cuando autorizó la píldora diciendo que lo hacía porque era Presidenta de todos los chilenos, y no sólo de los católicos, con lo que implícitamente tachó de totalitarios a la propia Iglesia Católica, al querer imponer su propia visión (médicamente errada) sobre el tema incluso a los no católicos.
En ese sentido, la batalla por la píldora del día después es otro Waterloo que la Iglesia Católica de Chile libra para conservar algo de su poder e influencia, batalla que se suma a otras más de los últimos años, tales y como combatir la llegada de bandas metaleras como Iron Maiden o Deicide, prohibir la película "La última tentación de Cristo", o impedir tanto como se pueda la legislación sobre el divorcio con disolución de vínculo, iniciativas en las que no cesa de cosechar vergonzosos fracasos. En lo que sí la Iglesia Católica se nota enormemente ausente, es en evitar la brecha entre los muy ricos y los muy pobres en Chile. La píldora del día después no es el mejor remedio para evitar esto, pero es una ayuda, y en ese sentido, quizás sea más propio de la caridad cristiana el permitirla que el prohibirla.

17 septiembre 2006

EL DISCURSO DE RATISBONA: LOS MUSULMANES CONTRA BENEDICTO XVI.

El pasado 12 de septiembre, en el marco de su segunda gira apostólica por Alemania, Benedicto XVI pronunció un discurso en el Aula Magna de la Universidad de Ratisbona, que a la larga resultaría enormemente polémico e incendiario. No pocos grupos musulmanes han protestado, e incluso alguno ha lanzado amenazas de muerte contra Benedicto XVI. ¿Es realmente para tanto? El Ojo de la Eternidad inspecciona y comenta el contenido del discurso de Benedicto XVI, para explicar el motivo de tanto alboroto.


[IMAGEN SUPERIOR: Benedicto XVI es recibido en Alemania, durante su segunda gira como Papa por dicho país, en Septiembre de 2006].

NOTA: Ya que el contenido de este posteo versa sobre un discurso de Benedicto XVI y sus consecuencias, nuestros lectores podrían querer leerlo de primera mano. Para echarle un vistazo, pueden consultarlo en los siguientes enlaces:
En castellano, aquí.
En inglés, aquí.
En italiano, aquí.
En alemán, aquí.

LA SEGUNDA GIRA DE BENEDICTO XVI A ALEMANIA.
Cuando el anciano Joseph Ratzinger fue entronizado (o, según las malas lenguas, se entronizó él mismo usando palos blancos dentro del Colegio Cardenalicio), muchos se preguntaron sobre si iba a emprender tantas giras como Juan Pablo II en su tiempo. A un año y medio de Papado de Benedicto XVI, la respuesta es clara: sus viajes han sido mucho más medidos, y harto menos mediáticos. Es cierto que su primer viaje, a su Alemania nativa, fue cubierto hasta la saciedad por los medios (no insistiremos en ello, porque le dedicamos en su tiempo un posteo en El Ojo de la Eternidad), pero sus otras giras han pasado bastante desapercibidas. Su viaje a España no estuvo exento de polémica, por algunas declaraciones algo contundentes sobre la familia y la relatividad moral, pero como se trataba de algo más o menos esperable, considerando la vieja tosudez de Benedicto XVI en insistir sobre temas valóricos, a despecho de otra clase de problemas más urgentes como la sobrepoblación mundial o la reforma interna de la Iglesia Católica, el asunto no pasó a mayores.
Pero la nueva gira de Benedicto XVI a Alemania volvería a encender la mecha. A diferencia de su primer viaje, en el cual Benedicto XVI se presentó como un rockstar al más puro estilo Marilyn Manson, o bien el protagonista ficticio del filme "The Wall" de Alan Parker y Pink Floyd, en esta ocasión debía ser un viaje mucho más recogido y menos mediático. Por supuesto que arreciaron las presentaciones públicas y los discursos, pero éstos han sido menos recogidos por los medios, y la organización en general se ha preocupado no tanto de acarrear gente, como de producir hitos simbólicos.
Desde este punto de vista, es toda una sorpresa que el escándalo mayor del segundo viaje de Benedicto XVI a Alemania haya sido producto de un discurso que, en realidad, bien leído, no tiene nada de incendiario. O por lo menos, no es tan explosivo como otros más destemplados que Benedicto ha pronunciado. El objetivo del discurso de Benedicto XVI no tenía nada que ver con la lucha religiosa entre el Islam y el Catolicismo. Y sin embargo, muchos musulmanes se tomaron muy a mal las palabras de Benedicto XVI. Y no sólo grupos integristas islámicos lo hicieron así: incluso el rey de Marruecos llegó al extremo de retirar a su embajador en el Vaticano, en protesta por el discurso. La gran pregunta, considerando que los únicos hispanohablantes que se han dado el trabajo de leer de punta a cabo el discurso de Benedicto XVI son algunos católicos fanáticos, y también la redacción de El Ojo de la Eternidad, es entonces ¿era realmente para tanto?

LO QUE BENEDICTO XVI DIJO EN LA UNIVERSIDAD DE RATISBONA.
El discurso de Benedicto XVI era en esencia bastante pacífico, o al menos mucho más de lo que es habitual en él. El esqueleto estructural en torno al cual gira la disquisición del discurso, es el problema de la relación entre la razón y la fe. Como es un discurso dirigido a estamentos universitarios, y a varios científicos, toca por supuesto el tema de la racionalidad científica y la fe. Y el hilo conductor que eligió para enhebrar todos sus tópicos, es el problema de si la naturaleza de Dios es plenamente racional.
Debe decirse que en este caso, el discurso de Benedicto XVI sigue un zigzag bastante complicado. Después de algunos preliminares a cargo de sus remembranzas de la vida universitaria en Ratisbona, en donde hizo clases décadas atrás, Benedicto XVI entra en un viejo debate, que envolvió a Manuel II Paleólogo, emperador bizantino del siglo XIV, con un erudito persa. La materia del debate es el problema de la legitimidad de la conversión a una religión determinada por medio de la fuerza, en general, y en particular de la guerra santa como método para propagar la fe. La postura defendida por Manuel Paleólogo es que propagar la fe verdadera (cualquiera sea ésta) por medio de la violencia es abiertamente irracional, y por lo tanto, ilegítimo, ya que actuar de un modo no racional es contrario a la naturaleza misma de Dios. Pero, añade citando al autor que recopiló el discurso de Manuel II Paleólogo, el erudito persa podría bien no estar de acuerdo, porque en la tradición cristiana, Dios y la razón se identifican plenamente, mientras que en la tradición musulmana Dios es trascendente e inmanente, y por tanto, Dios trasciende toda posible razón humana.
Aquí es donde recién Benedicto XVI entra en materia. El resto del discurso describe la tensión entre estos dos posibles extremos (un Dios que por ser racional, debería en principio sacrificar su inmanencia, por una parte, y por la otra, un Dios inmanente que no está encadenado a nada, ni siquiera a lo que es bueno, verdadero o racional). El primer camino es el propio del ethos cristiano, según Benedicto. Describe así latamente como la fusión de la tradición filosófica griega y la tradición religiosa bíblica llevaron a la identificación de la Palabra de Dios con el logos griego. Ahora bien, en griego logos tiene una connotación no sólo de palabra, sino también de algo racional (logos es, en griego, lo contrario de pathos, que significa aproximadamente sentimiento o dolor). Durante el resto del discurso, describe como dicha creencia fue puesta en tela de juicio por algunos teólogos medievales, que defendieron el inmanentismo prescindiendo incluso de la idea de un Dios racional, y después por los sucesivos embates de la Reforma y otras corrientes que buscaban "deshelenizar" a la religión, y como parte de su programa, privar a Dios de su aspecto racional.
Los planteamientos de Benedicto XVI son, por supuesto, sumamente discutibles, partiendo por el hecho de que no parece haber manera racional alguna de defender la existencia de Dios, y por tanto, presuponer que Dios es alguien racional es, como mínimo, algo temerario. Pero se ajustan a la más estricta ortodoxia cristiana, toda vez que, como el propio Benedicto se encarga de recordar, la Palabra de Dios que crea el mundo en el Génesis (el Verbo) es identificado con el Logos racional griego. Pero en lo que mira al escándalo, es bien obvio que la idea principal de Benedicto pasa muy de lejos por la crítica contra los musulmanes. La alusión a éstos es bastante parcial, está contextualizada de la cita de un emperador largo tiempo ya muerto, y en realidad está dirigida a un núcleo de catedráticos universitarios a quienes el tópico musulmán deja más bien indiferente, en vez del realmente importante, a saber, cuál es el papel de la religión con respecto a la racionalidad científica en particular, y a la racionalidad en términos amplios, en general. En ese sentido, es claro que los musulmanes, o al menos los musulmanes extremistas que han amenazado con un atentado terrorista contra Benedicto XVI, se han tomado demasiado a pecho afirmaciones de las que, por una vez en la vida al menos, Benedicto XVI parece ser inocente de la intención de injuriar. Y si la inclusión de la historia de Manuel Paleólogo era intencional, para denostar con la sutileza sibilina de los teólogos a la religión musulmana, entonces esta alusión resultó tan etérea que bien los musulmanes podrían haber prescindido perfectamente de ella, sin darse por enterados. Entonces, ¿por qué tanto revuelo a causa un discurso que verdaderamente no lo merece...?

UN NUEVO EPISODIO EN EL HISTORIAL DE DESENCUENTROS.
Cuando hay madera seca suficiente, basta el más miserable de los fósforos para incendiar un bosque. Quizás este discurso en sí mismo sea una nadería, pero es innegable que el revólver estaba cargado desde hacía bastante tiempo. Y aunque Benedicto XVI sea en verdad inocente de la posible mala intención que este discurso pudiera tener hacia los musulmanes, lo cierto es que su arrogancia y prepotencia son las que lo han colocado en un pésimo pie para tratar con el mundo islámico.
La actitud de Benedicto XVI hacia los musulmanes no ha sido condenatoria del todo, es cierto, pero por otra parte ha sido bastante ambivalente. El sello característico de Benedicto XVI, como teólogo primero, y en menor medida como Pontífice después, ha sido un fundamentalismo depredador. Todo aquello que difiere de su santa opinión sobre cualquier tema ético o moral, Benedicto XVI lo califica de relativismo, y lo condena como tal sin más. El verdadero pecado de Benedicto se trasunta bien en su discurso, leyendo entre líneas: quizás no es una condena contra los musulmanes en general, pero hay una sutil identificación entre el Islam y una posición inmanentista que Benedicto descalifica de inmediato como irracional. Una de las conclusiones que pueden extraerse del discurso de Benedicto, es que el Islam es una religión eminentemente irracional, y el Cristianismo, al menos en su versión católica, una eminentemente racional, porque el Cristianismo tiene como herencia el logos griego, y el Islam no. Esto está en concordancia con la actitud displiscente de Benedicto contra todos aquellos quienes no sostienen sus ideas, y que se vertió en la durísima persecusión que emprendió en su época contra la Teología de la Liberación, por ejemplo.
Por otra parte, Benedicto XVI ha actuado ciertamente con hipocresía al condenar la violencia. El mismo ha manifestado un furor paulino en reprimir a aquellos quienes no piensan como él, pero no ha tenido empacho en condenar la violencia del terrorismo religioso. Aunque el terrorismo religioso sea algo malo, no es Benedicto XVI la persona que tiene mayor autoridad moral para atacarlo. Y esto, los musulmanes lo resienten.
Por otra parte, el Cristianismo ha tenido una relación de eterna enemistad hacia los musulmanes. La guerra contra el infiel fue el programa político continuo de la Iglesia Católica durante todos los siglos desde la Héjira hasta el fin de la Edad Media, y aún en el siglo XVIII todavía hacía llamados (vanos, por supuesto) a la Cruzada. En el siglo XX dicha actitud se ha desvanecido, pero uno puede legítimamente preguntarse si esto se debe a un cambio de actitud de la Iglesia Católica, o a que simplemente ha perdido demasiado poder como para permitirse el lujo de convocar a una Cruzada. La Iglesia Católica perdió así históricamente una magnífica oportunidad de enmendar sus errores, y por ende, la autoridad moral para condenar a quienes ahora en la actualidad emplean los mismos métodos terroristas que ella utilizó contra los musulmanes. En ese sentido, Benedicto XVI, perdido en sus ensoñaciones teológicas sobre el logos cristiano y sobre la inmanencia de Dios versus la razón, sigue viviendo de espaldas a la Historia. Y quienes no aprenden del pasado, están condenados a repetirlo...

20 abril 2006

BENEDICTO XVI: AÑO UNO.

El pasado 18 de Abril, Benedicto XVI cumplió su primer año de Pontificado. Por desgracia para la Iglesia Católica, el Panzerkardinal ha heredado algunos pésimos hábitos de su pasado, y ha insistido en una aproximación totalitaria y muy poco caricativa a la religión cristiana. El Ojo de la Eternidad aprovecha la oportunidad de hacer un balance de su primer año a cargo de la Iglesia Católica.

LA LLEGADA DE BENEDICTO XVI AL PODER.
El día 2 de abril de 2005 falleció Juan Pablo II, después de cerca de 26 años y medio de pontificado. Sin embargo, para mucha gente era evidente que Juan Pablo II hacía tiempo que ya no era Papa, o por lo menos, se esforzaba demasiado en serlo, cada vez más acorralado por las enfermedades degenerativas que lo acosaban. Surgieron entonces los inevitables rumores e intrigas por el tema de la sucesión. Los primeros síntomas de que algo raro pasaba, se produjeron cuando hubo orden interna dirigida a todos los cardenales, de no hacer declaraciones a la prensa en ningún sentido.
La elección del año 2005 fue histórica en un amplio sentido. Juan Pablo II había liderado exitosamente un movimiento tendiente a aplastar la obra del Concilio Vaticano II, y su largo pontificado había profundizado una noción autoritaria de lo que debe ser la Iglesia Católica. Pero en ese tiempo, el mundo había cambiado. La sociedad civil le perdía el respeto a la Iglesia de manera cada vez más acelerada. Se publicaban abiertamente libros sobre las diversas intrigas vaticanas, no sólo sobre aquellas de los pasados siglos, sino también sobre investigaciones relativas al oscuro fallecimiento de Juan Pablo I y las vinculaciones de los principales sospechosos a la Banca Vaticana y las finanzas de la alta política italiana. Además, una enorme revolución mediática se había producido. La principal fuente de información en la elección de 1978 había sido el periódico y la televisión. En 2005, había sido Internet. En ese sentido, lo poco transparente de la elección había quedado aún más de manifiesto, no porque ésta en particular lo hubiera sido por sobre las anteriores, sino porque ésta era mucho más visible para el mundo.
A diferencia de elecciones pasadas, la de 2005 no era entre un ala reformista "pro Vaticano II" y una conservadora, sino entre una conservadora moderada y una conservadora radical. En el largo papado de Juan Pablo II, la mayor parte de los cardenales reformistas y adeptos a una interpretación del Catolicismo social y mundana habían sido barridos, reemplazados por un Colegio Cardenalicio conservador, tridentino y ultramundano.
Por otra parte, Joseph Ratzinger había sido el ala derecha de Juan Pablo II durante muchos años. La elección de éste, bien conocido por su fanatismo religioso hasta el punto de haber sido bautizado como "Panzerkardinal" o "Rottweiler de Dios", no debería haber resultado una sorpresa.

LOS ANTECEDENTES DE RATZINGER.
No había nada de tranquilizador en el pasado de Joseph Ratzinger. Había vivido su niñez y juventud en la Alemania Nazi, e incluso había participado en las Juventudes Hitlerianas. Los adeptos de Benedicto XVI lo defienden señalando que dicha participación era obligatoria en aquel tiempo, y además fue de apenas un año, pero cuesta pensar que el virus del autoritarismo no pudo haberse inoculado por la presión social en aquellos años.
En los años siguientes, como sacerdote, Ratzinger era uno de los teólogos liberales, ubicado dentro del ala reformista de la Iglesia Católica durante el Concilio Vaticano II. Sin embargo, andando el tiempo, la observación de las revueltas de 1968 le provocaron vivo asco. ¿Acaso el puritanismo, el espíritu disciplinado, férreo y militar, o el autoritarismo asociados al espíritu germánico, hicieron efecto en él? Como sea, se volvió más conservador que los propios conservadores, y cuando Juan Pablo II le llamó a ser el encargado de controlar la Congregación de la Doctrina y de la Fe, sucesora de la Santa Inquisición, desarrolló una implacable persecusión de todos los elementos disidentes. Irónicamente, el Papa polaco que venía de un país asolado por los nazis, tenía como brazo derecho teológico a un antiguo nazi.

EL PRIMER AÑO DE BENEDICTO XVI.
Tanto el pasado de Benedicto XVI como su manera intrigante de llegar al poder, eran un seguro anticipo de lo que vendría. Y en ese sentido, el pontificado de Benedicto XVI ha sido casi completamente estéril en obras. Para decirlo más claro, Benedicto XVI se ha desgastado haciendo gestos hacia la platea, pero no ha hecho nada que pudiera ser considerado un bien para la Iglesia Católica, sus fieles, la defensa de los valores humanos, o la Humanidad en su conjunto.
Uno de los grandes desafíos que Benedicto XVI heredó de Juan Pablo II, era la modernización de la Iglesia Católica. Juan Pablo II había promovido una Iglesia abierta al mundo, consciente de la importancia creciente de los medios de comunicación, pero al mismo tiempo había reforzado el autoritarismo papal con la promulgación del Código de Derecho Canónico y el Catecismo de la Iglesia Católica. En ese terreno, Benedicto XVI no ha hecho absolutamente nada. Su pontificado ha sido de una inercia pasmosa, y por tanto, la Iglesia Católica sigue yendo hacia el desastre, con la creciente sangría de sacerdotes que vive todos los días.
Por otra parte, en los tiempos actuales conviven por una parte la pluralidad de ideas más grande que ha vivido la Humanidad desde sus comienzos, con el resurgimiento de toda clase de intolerancias y fanatismos de toda clase. En esto, Benedicto XVI también ha dado un paso hacia adelante y uno hacia atrás. Por una parte, ha intentado promover el ecumenismo teniendo conversaciones con representantes de otras religiones y grupos: con los anglicanos, con los lefevristas, con los ortodoxos, con los musulmanes. Sin embargo, éstas han sido meramente protocolares. En lo esencial, Benedicto XVI ataca con fuerza "el relativismo", su bestia negra, que él identifica con todo aquello que no se corresponde con la Iglesia Católica. ¿Qué clase de diálogo ecuménico o interreligioso puede nacer de aquí?
Tampoco ha sido un pontificado pródigo en grandes gestos. El caballo de batalla fue la reunión de Benedicto XVI con los jóvenes en Colonia. Sin embargo, de ella nada bueno puede salir. El discurso de Benedicto XVI en dichas jornadas fue todo lo fundamentalista que pudo ser, llamándolos a ser buenos y decentes, pero a la vez, dando a entender de manera sutil y ladina que eso era exactamente igual a ser un buen católico (¿acaso el agnóstico Einstein, el agnóstico Darwin o el agnóstico Carl Sagan eran malas personas o con su obra perjudicaron a la Humanidad...?). O sea, si esta reunión genera alguna clase de frutos, no pueden ser otros sino el fundamentalismo y fanatismo, el culto a la personalidad de presentar a Benedicto XVI igual que si fuera un rockstar. No insistiremos más, porque hablamos latamente sobre el particular en un posteo anterior.
Por otro lado está la primera encíclica, en donde pontificó sobre el amor. Sin embargo, la manera de hacerlo fue, cuando menos, curiosa, y en definitiva es un ejercicio de Teología bastante torcida, que dejó bien en claro que una cosa es hablar sobre el amor y la caridad, y por otro lado, ejercerla. También hubo un posteo anterior sobre el particular, así es que no insistiremos.
En definitiva, el primer año de pontificado ha sido todo lo anodino que se puede, lleno de pirotecnia y fuegos artificiales, pero sin ningún fruto concreto. O por lo menos, eso es lo mejor que cabe esperar, porque si surge algún fruto de todo esto, no puede ser otro sino el recrudecimiento del fanatismo religioso de los católicos, algo que no le hace ningún bien ni a ellos, ni al resto de la sociedad que tiene que convivir con ellos.

05 marzo 2006

LA TOLERANCIA DE LOS INTOLERANTES

Desde que nació la democracia moderna, en la Revolución Francesa, ésta ha debido afrontar un espinoso problema: si debemos darle libertad de expresión y votos a todos por igual, por el solo hecho de ser seres humanos dotados de dignidad y derechos, ¿qué hacemos con aquellos quienes sostienen (legítimamente, en el juego democrático) opiniones contra la democracia, y que no dudarían en destruirla a la primera oportunidad, si llegaran al poder? El problema de la tolerancia hacia los intolerantes es un zapato chino que ninguna democracia moderna ha conseguido solucionar del todo. Y en defensa de la democracia contra el fanatismo fundamentalista, la propia democracia puede ser ahogada... El Ojo de la Eternidad echa luz sobre este gravísimo problema de la democracia moderna abierta para enfrentar a totalitarismos fundamentalistas cerrados.



[IMAGEN SUPERIOR: Nüremberg, 1934. Día del Partido Nazi. Adolf Hitler podrá haber sido uno de los peores criminales de todos los tiempos, pero es innegable que llegó al poder por medios perfectamente democráticos, e instauró el Tercer Reich sin violar ni la más mínima coma de la constitución democrática de la República de Weimar].

EL PROBLEMA DE LA TOLERANCIA DE LOS INTOLERANTES.
La democracia moderna nación como una reacción al Absolutismo de los siglos XVII y XVIII. En la sociedad absolutista se sostenía que existía un orden social consagrado nada más y nada menos que por Dios. En consecuencia, los teóricos del Absolutismo sostenían que el monarca lo podía literalmente todo. En Francia, el obispo Bossuet sostenía que ir contra el monarca era ir contra la ley de Dios. En Inglaterra su contemporáneo Thomas Hobbes, quizás por el espíritu más pragmático de los pensadores ingleses, sostenía que había existido un "estado de naturaleza" que era el caos y la anarquía absolutos, y para superarlo, todos los hombres habían renunciado a sus derechos en favor de una monarquía absoluta.
Como reacción a estos conceptos surgieron las llamadas "ideas de 1789": libertad, igualdad, fraternidad... y en particular, como una medida para impedir el poder arbitrario y despótico, el concepto de sujección a un "estado de derecho" que garantice la democracia política y la tolerancia social.
El problema surgió cuando en el libre juego de las ideas democráticas, empezaron a manifestarse quienes legítimamente estaban en contra de la democracia. Si la democracia era el sistema político perfecto, entonces ¿qué espacio podía dárseles a dichos enemigos del sistema? La cuestión no es simple. Si les permitimos expresarse libremente, corremos el riesgo de que la democracia se hunda, si es que dichos grupos antidemocráticos ganan adeptos. Por otra parte, si restringimos su libertad para expresarse, estaremos al mismo tiempo restringiendo la democracia: dicho en palabras más duras, se trataría de matar aquello mismo que se había jurado proteger.

UN CASO PARADIGMÁTICO: EL ASCENSO DE HITLER AL PODER.
Un ejemplo de cabecera para cualquier analista político, es el problema del ascenso hitleriano al poder. Hitler era un ex combatiente de la Primera Guerra Mundial que había tentado un miserable golpe de estado en 1923, y lo había pagado con sus huesos en la cárcel. Desde allí había desarrollado una nueva táctica, e hizo crecer a su agrupación, el Partido Nacionalsocialista (los nazis, por más señas) hasta convertirlos en una importante fuerza electoral.
En esa época, Alemania estaba hundida económicamente. Se calculaba que las indemnizaciones producto de la Primera Guerra Mundial estarían pagándose nada menos que hasta 1988, y en medio de eso, Alemania sufriría hambre y miserias. Ningún grupo político podía solucionar tal estado de cosas, así es que cuando Hitler empezó a ascender, los diversos actores intentaron utilizar su popularidad con sus propios fines. Un incidente aislado, el incendio del Reichstag (el Parlamento alemán) en 1933, catapultó a Hitler a una contundente victoria electoral. Pocos alemanes parecían darse cuenta de que acababan de entregar, por medios perfectamente democráticos, el poder a alguien que prometía aniquilar la democracia.
El resquicio utilizado fue un artículo de la Constitución de Weimar de 1933, que permitía asumir poderes absolutos en caso de crisis nacional. Hitler no tardó mucho en declarar ésta, disolvió el Reichstag, proclamó el Tercer Reich... y el resto es historia.

INTOLERANTES.
Aparte de casos como el de Hitler, el asunto de la tolerancia hacia los intolerantes cobra una enorme importancia si se piensa en la gran cantidad de ideologías y credos que estiman perfectamente legítimo reemplazar la democracia por una dictadura totalitaria fundamentalista.
En primer lugar están los grupos de izquierda. Los comunistas y los movimientos populistas actuales en América Latina tienden a abominar de la democracia, considerando que los problemas sociales son tan agudos, que sólo la mano de hierro de una dictadura es capaz de resolverlos. Es el caso de Fidel Castro en Cuba, y de Hugo Chávez en Venezuela.
Pero dichas actitudes no son, en lo político, patrimonio exclusivo de la izquierda. El Presidente de Perú Alberto Fujimori (1992-2000) es un estupendo caso de hombre llegado por la vía democrática al poder, perpetuándose después en él merced a un oportuno autogolpe. Y Fujimori no era un izquierdista, precisamente.
Otro caso reciente es el de George W. Bush. Con la idea básica de "proteger la democracia", envió una ley al Congreso, la Patriot Act, que en el fondo es la tumba de las libertades cívicas de Estados Unidos.
Está también el movimiento nacionalsocialista. Hablar de neonazis es algo tan amplio como pueda serlo la distancia entre los skinheads golpeando inmigrandes turcos en Alemania, y los nazis esotéricos que creen en una suerte de neopaganismo aplicado a la actualidad.
Y porr último, una gran fuente de fundamentalismos antidemocráticos es la religión, el foco de atención de El Ojo de la Etern
idad. La Iglesia Católica, por ejemplo, tiene un larguísimo historial de intentos por obstruir la voluntad libre y soberana de los pueblos, por medio de sus redes de influencia. Ello no debería resultar extraño, tratándose de una confesión religiosa que no cree en el "vox populi, vox dei", sino en el "magister dixit" y el "Roma locuta, causa finita", sibilinamente reforzados por el Dogma de la Infalibilidad Papal, proclamado en 1870. En todos los países donde la Iglesia Católica era fuerte, conseguir leyes de matrimonio civil o de divorcio, incluso de registros civiles, fue toda una odisea. No menos peligrosos son los fundamentalismos islámicos, tal y como el movimiento chiíta. Y en no menor medida, el fundamentalismo judío, que con sus redes de poder y dinero mantienen constantemente vivo el recuerdo del Holocausto, hasta el punto de que mandan gente a la cárcel por hacer uso de su libertad de expresión negándolo.

¿QUÉ ES LA DEMOCRACIA?
Uno de los problemas favoritos de la Teoría Política es la pregunta "¿qué es una democracia?". No intentaremos contestarla aquí, pero la clave del problema reside en dicha respuesta. Si la democracia es un mero sistema formal de toma de decisiones políticas (separación de poderes, votación de leyes en un Poder Legislativo, plebiscitos, elecciones periódicas, etcétera), entonces el problema de la tolerancia de los intolerantes es irresoluble, porque en cualquier momento la mayoría puede votar en contra de la democracia, y ahí mismo ésta se acaba (para no volver, claro está).
Si en cambio se opina que la democracia es un sistema político con un contenido basado en, por ejemplo, los derechos humanos, entonces se impregna ésta de un contenido ideológico particular. Y un perfecto demócrata no puede creer que un contenido ideológico particular (por ejemplo, el demócrata liberal) es superior al contenido ideológico autoritario de cualquier tipo (comunista, macartista, católico, fundamentalista musulmán, etcétera) sin negar de paso el dogma democrático básico, cuál es que los hombres son creados libres e iguales en dignidad y derechos. Por lo que el problema sigue siendo, en la práctica, irresoluble.

02 marzo 2006

IRAK AL BORDE DE LA GUERRA CIVIL (OTRA VEZ).

Un antiguo dictador derrrocado. Un ejército de ocupación integrado por "infieles". Un país desgarrado por dos ramas de una misma religión. Una etnia rebelde en las montañas del norte. Y un pasado político y religioso como peón de las grandes potencias asiáticas y europeas. La crisis religiosa de Irak que amenaza desembocar en guerra civil era algo anunciado. Tanto, que El Ojo de la Eternidad ya había reporteado sobre el particular. El Ojo de la Eternidad repasa algunas claves para entender la crisis religiosa que se vive en dicho país.


[IMAGEN SUPERIOR: Mezquita en Samarra, ciudad de Irak. Fue precisamente en dicha ciudad en donde ocurrió el atentado que amenaza con precipitar a Irak en una sangrienta guerra civil de religión].

UNA TRAGEDIA ANUNCIADA.
No es algo para enorgullecerse, el acertar en lo relativo a malos augurios, pero el desastre que significó el atentado contra una mezquita en Samarra, es algo que habíamos anunciado hacía varios meses, en El Ojo de la Eternidad. De hecho, dedicamos al menos dos artículos que tocaban incidentalmente el tema: "El lío religioso que se cocina en Irak", y "Los chiítas: Los rebeldes del Islam". Pero como parece que en Irak nadie lee El Ojo de la Eternidad, no está de más repasar lo que está ocurriendo allá, y que no es sino la desafortunada coincidencia de un cúmulo de problemas históricos y religiosos jamás bien resueltos, y que ahora siguen pasando su trágica factura en costo de vidas humanas y pérdidas materiales.
De partida, la idea tan vaquera de George W. Bush de declarar la guerra a Irak, invadirla, derrocar a su dictador e instalar un ejército de ocupación era, en el mejor de los casos, ingenua. No es que Saddam Hussein fuera un tipo agradable o simpático, pero debido a la complejísima situación geopolítica de Irak, sumado al virulento antioccidentalismo que se vive en el mundo islámico, esa empresa era justamente algo similar a meterse en camisa de once varas. En esa trágica invasión, sobre cuya ilegitimidad nunca se ha insistido lo suficiente (hecha en base a pruebas falsificadas y evidencia insuficiente, y pasando por alto al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas), está la semilla de los grandes males pactuales para el pueblo iraquí.

ESA CURIOSA ENTELEQUIA POLÍTICA LLAMADA "IRAK".
Irak se asienta en lo que antiguamente se llamaba Mesopotamia, una franja de terreno cultivable entre los ríos Tigris y Eufrates que desde antiguo fue presa codiciada para todos sus vecinos, los beduinos del desierto al sur, y los montañeses de las cordilleras al norte. Como resultado, la historia de dicho territorio es una larga y muchas veces monótona seguidilla de invasiones. Una de esas tantas invasiones se produjo cuando los musulmanes irrumpieron en territorios del Imperio Sasánida (un imperio de religión zoroastriana que controlaba lo que actualmente es Persia), y lo hicieron parte de sus dominios. No habían pasado ni una decena de años, cuando los victoriosos musulmanes se dividieron en una sangrienta guerra civil. En ella se enfrentaron dos elementos. Uno de ellos fue un grupo tradicionalista y ultraortodoxo, los chiítas, quienes sostenían que la misión de conservar la palabra del Profeta Mahoma recaía en sus descendientes sanguíneos. Eran por tanto seguidores de Alí, califa que había contraído matrimonio con Fátima, hija de Mahoma. El otro grupo, los sunitas, buscaba adaptar el Islam a la nueva realidad política musulmana, creando para ello la Shariah (la ley islámica paralela al Corán, e inspirada en éste), y se habían amparado en la Casa Omeya. Los chiítas fueron derrotados en toda regla y se convirtieron en un montón de facciones revoltosas minoritarias, mientras que los omeyas sunitas tomaron el control y ya no lo soltaron más. Los chiítas siguieron siendo minoría en todo el mundo islámico hasta que casi un milenio después, en el siglo XVI, un caudillo persa rebelde llamado Ismail Safaví creó un imperio chiíta en Persia, y exterminó a la mayoría sunita en sus dominios por medio de persecusiones y conversiones forzadas.
En el siglo XIX apareció en escena el colonialismo europeo. Irak había caído mientras tanto en manos del Imperio Otomano, el cual, a pesar de estar en estado agónico, era mantenido por el juego político de las superpotencias (concretamente era apoyado por Inglaterra, para impedir que Rusia saliera al Mar Mediterráneo). Pero en la Primera Guerra Mundial, los otomanos apoyaron al Eje, razón por la que los británicos le dieron entusiasta apoyo a un famoso líder llamado Thomas Lawrence, mejor conocido como Lawrence de Arabia, para promover la rebelión. Como consecuencia de todo esto, el Imperio Otomano fue desmembrado, y el antiguo territorio de Mesopotamia, que no había sido en verdad nunca independiente de sus turbulentos vecinos, obtuvo una independencia como estado nacional, cuando en verdad nunca había existido una nación allí. Con lo que empezaron los problemas.
Después de una abigarrada historia política, el poder cayó en manos de un dictador secular llamado Saddam Hussein. A diferencia de la caricatura del líder fundamentalista musulmán vociferando con el Corán en la mano, Hussein intentó crear un estado secular moderno (aunque no democrático). Para ello se apoyó fundamentalmente en la minoría sunita, en desmedro de la mayoría chiíta, fuertemente más fanática, a la que persiguió con saña. Eso, hasta que su caída le dio una nueva oportunidad a la intransigencia chiíta.

¿RECONCILIACIÓN ENTRE CHIÍTAS Y SUNITAS?
La dinámica entre sunitas y chiítas es la propia entre cualquier mayoría moderada y una minoría fanática, debido a su propio historial político y religioso. Como decíamos, los sunitas creen en el Corán, pero también en la llamada "tradición" (Sunnah), la que aparece regulada en la Shariah. Los chiítas, por su parte, son rígidamente apegados al Corán, y consideran a la Sunnah como una tergiversación, incluso una falsificación, del verdadero sentido del Corán. Es la misma diferencia entre los católicos que ponen la Tradición de la Iglesia al lado de la Biblia, y los protestantes que sólo otorgan valor a lo que está en las Sagradas Escrituras. Por otra parte, los sunitas tienen una relación mucho más laxa con la religión (aparte de grupos exaltados, que los hay en todas partes), ya que su principal autoridad religiosa, el Califa, ha dejado de existir hace mucho tiempo atrás, y el liderazgo religioso se ha desplazado a los ulemas, los doctores de la ley, que interpretan el Corán y la Sunnah según un parecer de estudiosos. Los chiítas, por el contrario, consideran que la tradición coránica se ha mantenido a través de los descendientes del Profeta, los llamados imanes. Como hacia el siglo IX el último imán oficial ha desaparecido, los "imanes ocultos" y "mahdies" han florecido después como setas bajo la lluvia, encontrándose por tanto los chiítas repartidos entre múltiples sectas, seguidoras cada una de ellas de un ayatollah distinto, que dice obrar en nombre de algún imán oculto.
En ese contexto, es claro que no puede haber una reconciliación entre chiítas y sunitas. Aunque ambas son facciones musulmanas, lo cierto es que son demasiado diferentes entre sí como para congeniar. Ninguna de ambas ramas del Islam ha sido educada en una tradición democrática, sino en una de respeto a la religión oficial, la que no se entiende como una rama separada y aislada del resto de la vida social, sino como un todo armónico e integrante con la misma. Lo que acarrea el siguiente problema: ¿debemos aplicar de manera rígida y literal el Corán a la vida social (la solución chiíta), o debemos hacerlo de manera armónica con las actuales circunstancias mundiales (la solución sunita)? Es como el problema del aborto y de las células madres en Occidente: si se tiene una postura religiosa al respecto de tipo "aborto es asesinato", es imposible llegar a transar una ley en el libre juego democrático que permita aborto en ciertas condiciones, y en ciertas otras condiciones no.

¿DEMOCRATIZAR IRAK?
Si George W. Bush y sus halcones en la Casa Blanca hubieran tenido a la vista todos estos antecedentes, es claro que se la hubieran pensado dos veces antes de invadir Irak. Odiaban a Saddam Hussein porque necesitaban un fantoche al que calificar de "enemigo del mundo civilizado", pero olvidaron que Hussein era lo único que detenía el avance chiíta en la región, imparable desde que en Irán (la antigua Persia) los chiítas se hicieron con el poder en 1980, depositándolo en las manos del ahora fenecido Ayatollah Jomeini. Al invadir Irak, se crearon una imagen de "enemigos del Islam" que vino muy bien a las facciones radicales de Irán, quienes consiguieron llevar al poder a un primer ministro que se ha entretenido tratando de montar un programa nuclear para Teherán, presentándose como un reivindicador de la tradición musulmana, al tiempo que niega el Holocausto y trata de borrar a Israel para siempre del mapa.
Al mismo tiempo, al derrocar a Saddam Hussein e imponer un ejército de ocupación, han tenido que crear un complejo sistema político en Irak, en donde los equilibrios entre chiítas y sunitas queden cuidados de la mejor manera posible. Y esto quiere decir que nadie está contento en Irak. Los sunitas son una minoría asociada con el odiado régimen de Hussein (odiado por cruel, y odiado por secular) y el sistema no ofrece suficientes garantías para impedir una eventual masacre. Los chiítas sostienen que no hay suficiente democracia, porque si la hubiera, llegarían a las urnas en número abrumador y exterminarían sin problemas a la minoría sunita. Y en medio de todo eso está la etnia kurda, que desde hace una década viene manejándose como quiere en el Kurdistán irakí, y que no está dispuesta a regresar al redil irakí. Algo que no le gusta ni a Estados Unidos, ni a Siria, ni a Turquía, ni a Irán, ya que implica cercenar territorios de estos últimos tres países, y crear un nuevo foco de inestabilidad en la región. Después de todo, los kurdos quieren su propia libertad para exterminar a los irakíes que viven en el Kurdistán.
En medio de todo esto, era cuestión de tiempo antes de que algún exaltado hiciera detonar una bomba en una mezquita de la facción contraria. En estos días, la violencia religiosa ha crecido y crecido, y las bombas se han cobrado cada vez más muertos. Estados Unidos está entrampado en la jaula que ellos mismos se construyeron, y ahora no pueden salir, porque son la única garantía de algo parecido a la paz en el territorio irakí. Por desgracia, esta es la clase de zapato chino que admite sólo una respuesta posible como solución: el derramamiento de sangre a raudales. Lo que por cierto ayudará a consolidar las odiosidades que existen desde siempre entre sunitas y chiítas.

23 febrero 2006

CONTRA DEICIDE: LA NUEVA BATALLA RELIGIOSA DE CHILE

La libertad de expresión fue una de las más grandes victorias obtenidas por la Revolución Francesa sobre la tiranía de las clases ociosas (nobleza y clero). Uno de los más grandes damnificados fueron, sin lugar a dudas, los movimientos religiosos. Sin embargo, de tarde en tarde estos fanáticos fundamentalistas intentan regresar por sus fueros. En Chile, la última batalla al respecto la está protagonizando el grupo Deicide. Aunque ellos están acostumbrados a dichas lides. El Ojo de la Eternidad aprovecha la ocasión para hacer una nueva crónica de la ceguera fundamentalista en Chile.


[IMAGEN SUPERIOR: Afiche de Deicide, grupo de Death Metal de los Estados Unidos, famoso por sus conflictos con grupos fanáticos fundamentalistas cristianos].

LA POLÉMICA EN CHILE.
El nombre de Deicide no le decía nada a nadie en Chile, fuera de los círculos vinculados al Death Metal y la música más extrema, hasta el año 2004. A mediados de dicho año, el sacerdote Faustino Grazziero fue asesinado brutalmente en la Catedral de Santiago, por un joven llamado Rodrigo Orias, quien aparentemente tenía sus facultades mentales perturbadas. Al poco tiempo se supo que el joven escuchaba música extrema, lo que dio a los grupos fanáticos cristianos más material para denostar todas las manifestaciones culturales que no se adscriben a su visión de lo que debe ser el mundo. Aparentemente, el joven viajó guiado por un impulso, que él atribuía a una misión superior (o inferior, si consideramos que se sentía llamado por las fuerzas infernales), teniendo que ofrecer un sacrificio al Demonio. Todo ello, incitado por las letras de la banda Deicide.
De paso, digamos que la gente de Deicide, al enterarse de lo sucedido, y en particular de que sus letras habían tenido alguna influencia, deploraron el hecho, señalando lo obvio: después de todo, lo que hacen es sólo música, para divertirse y hacer pensar si se puede, pero no para tomárselo tan en serio.
De todas maneras, la popularidad de Deicide parece haber crecido un tanto en Chile, ayudado por la publicidad extra, de modo que organizaron un recital para mediados del año 2005. En dicha ocasión, grupos fundamentalistas intentaron detenerlos, con la Iglesia Católica a la cabeza. Prensa de derecha, como el diario El Mercurio (el mismo que ha defendido más allá de lo defendible a Augusto Pinochet y a los violadores de derechos humanos durante la dictadura militar, entre otras causas inenarrables, y que le da amplia tribuna a empresarios y a la Iglesia Católica, en desmedro de los sectores más populares), intentaron orquestar una campaña en su contra. Sin mayores resultados.
El incidente podría haber quedado ahí. Pero Deicide decidió volver a Chile. Primero, el recital iba a ser en Valparaíso. Después en Viña del Mar. Después se movió a Quilpué. Los grupos conservadores movilizaron todas sus influencias para que los políticos y representantes municipales se opusieran. El diario La Estrella se prestó vergonzosamente a una campaña de pública difamación, dándole un amplio espacio a todos aquellos quienes opinaban en contra de la venida de Deicide, aunque cualquiera que se pasee por los foros de Internet, puede enterarse de primera mano sobre el extenso movimiento de apoyo a su causa, originado justamente en la actitud matonesca de la Iglesia Católica para salvaguardar un mensaje que, en principio al menos, debería hablar de paz y amor, no de prohibiciones ni condenas.

EN UNA TRINCHERA: DEICIDE.
¿Quiénes son Deicide? En lo principal, son una banda de Death Metal. Es decir, de música metalera extrema, más centrada en la brutalidad del sonido que en la melodía de la canción. Nacieron en Florida bajo el nombre de Amon, en el año 1987. La integran Glen Banton como bajista y vocalista, los hermanos Eric y Brian Hoffman como guitarristas, y Steve Asheim como baterista. Aparte de registros en vivo, su discografía comprende LPs con nombres bastante decidores: "Deicide", "Legion", "Once Upon The Cross", "Serpents Of The Light", "Insineratehymn", "Torment In Hell" y "Scars Of The Crucifix".
Una fuente de odiosidad contra Deicide, la constituyen sus líricas. Puede afirmarse que hay dos clases de líricas satánicas, dentro de la música extrema: el satanismo cosmológico y erudito, cercano al Gnosticismo, propio de bandas como Emperor o Dimmu Borgir, y el más vinculado a la visión cristiana de Satán: la sangre, la crueldad, la violencia. A esta segunda línea adscribe Deicide. Las letras no son nada suaves. Esto es lo que dice la canción "Deicide", de 1990: "Puedo golpear la luz y ver a través de la verdad, yo soy el Deicida, Señor, qué puedes hacer. Has caído ahora, una y otra vez y siempre será en la cruz, hijo olvidado, un sacrificio tiene que ser hecho" ["I can strike the light and see through the truth / For I'm the Deicide, Dominus, what could you do / Thou has falled you now, one again and always will / On the cross, forgotten son, a sacrifice it had to be done"]. O la canción "The Pentecostal", del 2004: "Zombie de Jesús, celestialmente fascista, lo peor de lo peor, empático cristiano, bautizado en pánico, símbolo de resurrección, la vida sobre todo, total desastre, enfermo y perverso" ["Zombie of Jesus, heavenly fascist, worse of the worse, / Christian emphatic, baptized in panic, symbol rebirth, / Life ever after, total disaster, sick and perverse"].
Todo eso, acompañado de carátulas muy explícitas, que juegan con la iconoclastia más absoluta. Para el disco "Once Upon A Cross", por ejemplo, proponían una carátula mostrando a Cristo destripado. La cual fue finalmente censurada, no sin antes proporcionarles una gran publicidad.
Los espectáculos en vivo también son chocantes. Suelen arrojar al público órganos de animales. Organos de verdad de animales, no hechos para que parecieran tal cosa. Glen Benton, por su parte, se tatuó una cruz invertida en la frente. Hizo también la promesa de matarse sobre el escenario, cuando cumpliera 33 años, aunque este número, que les hubiera reportado una publicidad asombrosa, jamás lo llegamos a ver...
No es raro que Deicide haya cargado sobre sí la odiosidad extrema de numerosos grupos fundamentalistas cristianos, e incluso la leyenda de la banda incluye varias amenazas de muerte en su contra.

EN LA OTRA TRINCHERA: LOS FANÁTICOS FUNDAMENTALISTAS CRISTIANOS.
Aunque en Chile supuestamente la dictadura militar, y la consiguiente represión de las libertades civiles (incluyendo la libertad de expresión) se terminó hace década y media, los grupos fanáticos fundamentalistas han seguido firmes al pie del cañón. La gran estrella de la década de 1990, en materia de pisotear el derecho a la libertad de expresión, fue el obispo Jorge Medina, Obispo de Valparaíso, quien después fue ascendido a un alto cargo vaticano y sepultado ahí, para que no molestara más, debido a que su actitud intolerante y fanática ocasionó incluso roces diplomáticas entre la República de Chile y el Vaticano. Uno de los tristes hitos que protagonizó Medina, lo constituyó su dura campaña para impedir que la banda Iron Maiden tocara en Chile, la que finalmente tuvo éxito, para fastidio de sus numerosos seguidores. Algo que los fanáticos de Maiden, por cierto, nunca le perdonaron a Medina. Como puede apreciarse, ya existían antecedentes para intentar prohibir que un grupo de música tocara su repertorio en un concierto público y en vivo.
Otra gran trinchera para los grupos fundamentalistas, fue la batalla en torno a la película "La última tentación de Cristo". La censura de la dictadura militar la prohibió, y después, hubo una larga y dificultosa batalla legal por eliminar dicho resquicio dictatorial en nuestra moderna y aún imperfecta democracia.
Por desgracia en el Chile actual dichos grupos fanáticos, entre los cuales no es el más tolerante la Iglesia Católica, siguen desempeñando un enorme poder, el cual movilizan a través de sus relaciones políticas. Los miembros más prominentes de la Iglesia Católica son reclutados entre las familias aristocráticas vinculadas al empresariado, el cual subvenciona con publicidad a la prensa, de manera que los políticos que deseen estar bien colocados en la opinión pública, tienen que entenderse fatalmente con la Iglesia Católica. No es casualidad que el masón y socialista Ricardo Lagos, cuando era candidato a la Presidencia en el año 1999, haya tenido que entrevistarse con la Iglesia, "ir a Canosa", para apaciguar sus resquemores, y que la primera visita de la socialista y agnóstica Michelle Bachelet, una vez Presidenta electa a comienzos del 2006, haya sido al cardenal Francisco Javier Errázuriz.
Los grupos evangélicos, por su parte, compensan su relativa debilidad numérica y económica, con un enorme celo y fanatismo religioso. Ambos grupos, la Iglesia y los evángelicos, consideran que las verdades del Cristianismo son absolutas e incuestionables, y por tanto, sólo valoran la libertad de expresión cuando se trata de difundir su propia doctrina, mas no cuando ésta sirve de vehículo a expresiones disidentes a la misma.

¿Y AL FINAL?
Puede argumentarse que modos de expresión como Deicide podrían constituir incitaciones al odio y la violencia religiosas. Quizás. Pero no menos que una teleserie truculenta puede constituir incitación al adulterio o al asesinato. Después de todo, es sólo música. Si la música tiene ese efecto sobre las mentes perturbadas, entonces claramente deberían prohibirse las rancheras, un género de música muy querido por Augusto Pinochet Ugarte, actualmente procesado por varios crímenes contra los derechos humanos, y acusado por grupos humanitarios de varios cientos más; después de todo, una canción que diga "con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero y mi palabra es la ley" podría interpretarse como una incitación al autoritarismo...
Además, Deicide, y las bandas como Deicide, nacieron como reacción natural al fanatismo e intolerancia de los cristianos, quienes llevan un largo historial de pretender que sus ideas sobre el mundo y lo que hay en él sean universalmente aceptadas, por la fuerza si es preciso. ¿Acaso no fue la propia Iglesia Católica quien, incitada por lo que dice el Nuevo Testamento, fomentó la leyenda negra de que los judíos debían ser perseguidos por el crimen de haber dado muerte a Cristo (deicidio, justamente)? Si escuchar a bandas como Deicide puede llevar al asesinato de un católico por parte de una psique enferma, ¿acaso con esa misma perspectiva no debería la lectura del Nuevo Testamento ser prohibida porque una lectura inadecuada de la misma podría llevar a una mente enferma a pretender matar a los judíos?
Una de las grandes victorias de la democracia moderna es la libertad de expresión. Medios como Internet han sido un valioso apoyo, hasta el minuto por lo menos, para mantener la misma, creando canales de expresión distintos a los oficiales, controlados por fanáticos religiosos fundamentalistas. La libertad de expresión permite criticar las verdades oficiales sostenidas por grupos religiosos, no en aras de la salvación de las almas sino de su propio sórdido interés económico, como hemos develado en varios artículos de El Ojo de la Eternidad. La libertad de expresión permite también el florecimiento de toda clase de manifestaciones culturales, y si algunas de ellas resulta especialmente agresiva, entonces lo más inteligente es preguntarse: ¿qué he hecho yo, para que se me responda de esta manera? Considerarse a sí mismo como superior al resto de los seres humanos, por revelación divina, y que por eso, el mensaje de uno mismo es más importante que el mensaje del resto, constituye un ultraje al principio básico según el cual todos los seres humanos tienen la misma dignidad y derechos. Quizás Deicide haya olvidado esa premisa fundamental. Pero tampoco la Iglesia Católica o los evangélicos tienen mejores cartones para invocar esto como un argumento, porque ellos llevan dos milenios más con las manos manchadas con la sangre de aquellos quienes intentaron oponérseles.

16 febrero 2006

BENEDICTO XVI EN COLONIA: EL PAPA QUE SURGIÓ DEL FRÍO.

Han pasado casi seis meses desde que Benedicto XVI abandonó el Vaticano por primera vez como Papa, y emprendió el que hasta la fecha es su único viaje al extranjero. Lo hizo a Colonia, ciudad alemana muy cara para él. No es mal pretexto para repasar los incidentes y significación de dicho viaje, por lo que El Ojo de la Eternidad devela un par de cosas que los medios de comunicación tradicionales no pudieron o no quisieron decir, sobre las sibilinas manipulaciones de Benedicto XVI, en el día de su encuentro con la juventud...



[ILUSTRACIÓN SUPERIOR: Benedicto XVI en Colonia, en barcaza por el Río Rin, cual Julio César del siglo XXI].

EL VIAJE DEL PAPA A COLONIA.
Al advenimiento de Benedicto XVI como Papa, en Abril pasado, las dudas y resquemores sobre éste eran muchas. Una de las principales giraba en torno al problema de qué tan mediático resultaría. Juan Pablo II había tenido ideas duramente conservadoras, pero también era un hombre carismático y amigo de los medios de comunicación modernos (en particular la televisión e Internet). Si Benedicto XVI fallaba en ser igualmente mediático, y era posible que así fuera, entonces la Iglesia Católica corría un grave peligro de contraerse aún más que lo jibarizado en los últimos años. De esta manera, el anuncio de que concurriría a la Jornada Mundial de la Juventud, en Agosto pasado, resultó ser una prueba de fuego. No sólo era su primer viaje como Papa al exterior, sino también una "primera impresión" de cuál sería su manejo y roce con los medios de comunicación. Y ya se sabe lo que son las primeras impresiones: una mala o muy mala, es muy difícil corregirla más adelante.
La llegada fue apoteósica, en un buen sentido, y también en uno malo. Según la prensa de la época, navegó en un barco con una nutrida comitiva, en cinco barcos (representando los cinco continentes), por el Río Rin, desde el Arzobispado hasta la Catedral de Colonia. No se escatimaron medidas de seguridad: además de las lanchas policiales que recorrieron el río, 300 buzos garantizaron la seguridad de la flotilla. Nada mal, para alguien que se dice sucesor de aquél que entró a Jerusalén montado en un humilde asno...
El mismo día de la inaguración hubo un incidente que sería pintoresco, de no ser por sus siniestras connotaciones. La policía germana, con un muy buen sentido común, se dispuso a repartir gratuitamente condones entre los jóvenes. La Iglesia se opuso rotundamente. Mathias Kopp, vocero de la Jornada, se lo tomó como algo casi personal: "Es una pura provocación". La policía se defendió con el argumento obvio: "En tiempos del SIDA, consideramos que el uso de condones sigue siendo el método de prevención más eficaz". Anécdota pintoresca, como decíamos, pero con un sello siniestro: la Iglesia Católica no sólo desconoce la realidad de que muy pocos jóvenes católicos viven en perfecto celibato hasta el matrimonio, sino que además, está decidida a sacrificar la salud y la vida de los jóvenes por mantener dogmas religiosos espúreos, algo que ya había demostrado al oponerse al control de la natalidad en Africa.
Hubo también un mal presagio: el Miércoles 16 de Agosto (es decir, dos días antes del arribo de Benedicto a Colonia), el creador de las Jornadas de la Juventud, en 1984, el padre Roger Schutz, fue apuñalado por una mujer, aparentemente una perturbada mental (aunque la fuente para esto es un diario católico, La Razón de España).
De todas maneras, la llegada del Papa a Colonia y la atención mediática que había convocado, aseguraban lo fundamental: Benedicto XVI era un hombre capaz de mover masas. Algún mal pensado podría argumentar que todo eso estaba cocinado, con una intensa labor de base a nivel parroquial para llevar gente que aplaudiera, un poco como en la televisión, cuando sale el cartelito "aplausos" o "risas" para decirle al público cuando deben hacer tales cosas. Pero si eso fuera cierto, entonces resulta claro que la maquinaria católica es todavía poderosa...

LA SUPERESTRELLA.
También, lo que fuera a hacer o decir Benedicto XVI, era motivo de controversias. ¿Cuál sería su mensaje?
Un rasgo interesante de hacer notar en este punto, es que Benedicto XVI es un hombre de palabras, algo que no debería resultar increíble, dado que su vida entera ha estado condicionada por su formación de teólogo apartado de la vida cotidiana (algo que subliminalmente dejó ver en su primera Encíclica, como posteamos oportunamente en EODLE). Esto lo diferencia de Juan Pablo II, quien era también hombre de gestos (como por ejemplo, besar el suelo de la tierra que pisaba como una muestra de humildad, rasgo que Benedicto XVI no imitó).
Hubo algunos discursos que trataron asuntos que podríamos llamar "de relaciones públicas". Entre ellos está aquél en donde calificó al Nazismo como "ideología demencial". Decir esto en Alemania, país en donde los grupos neonazis son cada vez más importantes, era algo fuerte. Pero necesario para Benedicto XVI, quien en el tiempo de su elección había sido sindicado como "nazi" por su pasado en las Juventudes Hitlerianas. Tuvo también algunos gestos de acercamiento hacia los judíos, con los cuales inaguró una política que ha mantenido en lo sucesivo: el diálogo con el Judaísmo.
Tuvo también algunos gestos referentes al Ecumenismo. Concretamente, señaló que Alemania era el país de la Reforma, pero también la cuna del ecumenismo cristiano en el siglo XX. Relajó también las exigencias católicas, al señalar que la unidad entre las numerosas sectas cristianas (Benedicto no usó la palabra "secta", por supuesto), "no significa uniformidad en todas las expresiones de la teología y la espiritualidad". Pero estos puntos ganados a favor de la tolerancia, se vieron dramáticamente perdidos en la homilía del Domingo siguiente, en donde afirmó que no existe el "Catolicismo a la carta" (según sus propias palabras). Concretamente, en dicha homilía dijo, después de insistir en la "necesidad de la eucaristía" (lo que en EODLE comentamos oportunamente como un mecanismo de control psicológico de la Iglesia Católica): "La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los obispos. Son ellos los que garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que a su vez se está viviendo en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce apóstoles". Es decir, Benedicto XVI borró con el codo lo que escribió con la mano, porque implícitamente pone como requisito para reconocer que una determinada manera de entender el Cristianismo como algo más que un "sendero particular", es la "obediencia al Papa", y de ahí a la completa sumisión doctrinal (algo que sabe bien Benedicto XVI, antiguo Panzerkardinal Ratzinger, perseguidor a muerte de la Teología de la Liberación), hay sólo un paso, en particular desde 1870, año en que el Papa Pío X decretó, con el apoyo del Concilio Vaticano I, que el Papa es infalible cuando habla ex cathedra sobre asuntos de fe (o sea, que todo lo que diga un luterano o un anglicano está equivocado si contradice al Papa, porque sí, porque el Papa lo dice, y punto).

¿EL NAZISMO AL PONTIFICADO...?
¿Qué significado tiene todo esto? ¿Qué puede leerse entre líneas? La conclusión más obvia parece ser el triunfalismo demostrado por la Iglesia Católica, que destacó la masiva afluencia de jóvenes al evento, y el hecho de que la juventud del siglo XXI esté tratando de reencontrarse con la espiritualidad, en medio de la civilización de Internet, el sexo en línea, las películas pornográficas y las relaciones de una sola noche. Y sin embargo, los métodos de Benedicto recuerdan sintomáticamente al Nazismo.
Cuando Benedicto XVI era sólo Joseph Ratzinger, un púber más dentro del Tercer Reich, se le enroló por un año en las Juventudes Hitlerianas. Se ha dicho que su paso por esa experiencia no fue definitivo, porque fue tan solo un año, y de todas maneras no marchó al frente de batalla. Sin embargo, ¿no quiere decir de todas maneras que, en un año, la espiritualidad nazi no lo hubiera marcado? En adelante, toda su manera de afrontar las cosas ha tenido un extraño sello nazi, en particular su manera de reprimir la disidencia: elaborando altos vuelos teológicos (como la filosofía nazi) y aplastando a quienes se oponen a dichos vuelos (como los métodos de represión nazis).
Ahora, como Benedicto XVI, vimos una nueva muestra. Su primer, y hasta el momento único viaje al extranjero, fue a Alemania. En ella, tuvo explícitamente que condenar el Nazismo, quizás por el parecido espiritual de Benedicto XVI con Hitler. Y para reafirmar el Catolicismo allí, realiza lo mismo que los nazis: un espectáculo de masas. No tan perfectamente coreografiado, por supuesto (de hecho, era deseable el "toque de espontaneidad", para evitar que se viera como un videoclip de Rammstein), pero con la misma filosofía de un desfile como el que organizó el Tercer Reich en Nüremberg, en 1934. Y, consciente de que el futuro de la Iglesia Católica es cada vez más negro, con las progresivas deserciones al interior de la misma, se apresta a defenderla de la única manera posible: lavándole la cabeza a miles de jóvenes con un acto de masas, igual que intentaron hacer los nazis con las Juventudes Hitlerianas. ¿Alguien duda todavía de que Benedicto XVI, por más que se oponga al Nazismo, es él mismo un individuo que vive en una atmósfera nazistoide y se comporta como si la Iglesia Católica fuera un Kirchenreich...?

NOTA: Los acontecimientos de la Jornada han sido reseñados de los sitios en Internet de los diarios La Tercera de Santiago de Chile, El País y La Razón de España, y la BBC en español.