08 abril 2007

LA CRUZADA DE LAS RELIGIONES CONTRA EL SEXO.

Es una de las actividades más placenteras para el ser humano, y al mismo tiempo de las más pecaminosas. Las grandes religiones por lo general se han encargado de reglamentar la práctica de la sexualidad hasta sus más mínimos detalles, y consideran ésta como una especie de ofensa hacia Dios. El Ojo de la Eternidad explica el interés de las grandes religiones por proscribir el sexo en la vida de las personas.


[ILUSTRACIÓN SUPERIOR: "Júpiter e Io", oleo pintado por Correggio en 1531. Pocas pinturas reflejan tan bien el mito de la doncella poseída por un dios como ésta. Los antiguos dioses griegos solían cometer toda clase de trapacerías sexuales, pero después vinieron otros griegos que miraron tales cosas con bastante repugnancia, por cuestiones de moralina].

EL LAZO ENTRE LA RELIGIÓN Y LA SEXUALIDAD.
Suena difícil para algunos que la religión y el sexo puedan ir unidos. Después de todo, se supone que la religión defiende valores como la pureza, la abstinencia, la castidad... Todo lo contrario a lo que significa disfrutar de una vida sexual relajada y cómoda. Y sin embargo, el lazo es más profundo de lo que pareciera.
Es una necesidad psicológica del ser humano el sentirse conectado o unido con algo que sea superior. Las razones de esto no son demasiado claras, pero probablemente tenga que ver con la protección que sólo un "algo" superior puede brindar. Ese algo superior era inicialmente la tribu, pero a medida que se fue desarrollando la vida civilizada, los predicadores de la religión fueron creando nuevos "algos" aún más superiores a los cuales sentirse acogido, incluyendo la "madre patria" y la "cofradía de quienes adoramos a un mismo dios". Es este algo superior, llámese tribu, patria o religión, lo que proporciona ese sentimiento de conexión y pertenencia que, a su vez, es una herramienta de supervivencia, ya que el conectado, el que pertenece a algo o a alguien, es también una persona protegida, que tiene una red social que lo va a apoyar en el momento de la desgracia.
La otra manera de buscar conexión, que se desarrolló en la vida civilizada, es la búsqueda de pareja. Durante el acto sexual, el cerebro libera una cantidad brutal de endorfinas, un neurotransmisor que opera como una droga, tranquilizando a la persona. Exactamente igual que una persona conectada a la tribu, a la patria o al dios. El conflicto está servido, por supuesto. Las religiones, en tanto explicaciones absolutas y totalizantes sobre la vida, buscan siempre inmiscuirse en todos los asuntos sociales, y en particular, eliminar o controlar toda posible amenaza contra su poder. Y esto incluye a aquellas experiencias que pueden proporcionar caminos alternativos a los de la fe: el sexo, particularmente.

EL SEXO EN LAS ANTIGUAS CULTURAS.
Las religiones más antiguas no reprobaban necesariamente el sexo. Esto tiene una explicación obvia. En el mundo antiguo, cada comunidad tenía su propia religión particular, y si un culto se ponía demasiado exigente con las prácticas sexuales, cabía la posibilidad de que sus fieles terminaran por migrar hacia una religión vecina. Es lo que pasaba con el Yavé bíblico, cuyo puritanismo sexual le abría espacio al culto más sexualizado de los baales, harto más atractivos para los campesinos hebreos.
De todas maneras, todas las religiones, incluso los pecaminosos cultos paganos antiguos que describe la Biblia, han tratado de canalizar la energía sexual dentro de la religión. De ahí que al sexo se le haya despojado de su matiz natural, y lo haya ritualizado densamente. El ritual más clásico, y que no fue un invento judeocristiano, sino muy anterior, es el matrimonio (al cual ya nos referimos en El Ojo de la Eternidad). Cuando las mujeres, por su capacidad de parir hijos, se convirtieron en moneda de cambio social entre patrimonios, debió inventarse una manera de asegurar un "derecho de propiedad" sobre este "medio de producción", de hijos en este caso, y ese derecho de propiedad fue el matrimonio, que fue primero un contrato, y luego un sacramento. Por supuesto que los sacerdotes, como garantes del orden social establecido, intervinieron y dotaron al matrimonio de un denso fundamento religioso.
Pero en las mujeres consagradas a los dioses, el parto de nuevos niños era un problema, ya que esos niños podrían eventualmente llegar a hacer reclamaciones patrimoniales contra el culto. Se inventó entonces el ritual de la "prostitución sagrada", en el cual la sacerdotisa vendía su cuerpo (convenientemente preparado con perfumes y aceites, claro está) a los clientes que pagaran una suma al templo. Si un hijo nacía, era consagrado al dios. Otros llegaron aún más lejos, ordenando el celibato absoluto de la sacerdotisa. Fue ése el caso de las vestales, sacerdotisas consagradas a la diosa Vesta en la antigua Roma, o de las "vírgenes del Sol" en el Imperio Inca. Esa es también la solución de la Iglesia Católica, al ordenar el celibato de las monjas (y los sacerdotes también, de paso). El antiguo Derecho Canónico llegaba a llamar "hijos de dañado ayuntamiento" a los que nacieran hijos de sacerdote o monja, y carecían de todo derecho, como ilegítimos o bastardos.
Incluso religiones consideradas clásicamente como permisivas en lo sexual, como el Hinduismo, miraron al sexo como algo que debía ser regulado, y puesto a disposición del encuentro con la divinidad. Esto llega al colmo en las variantes Tantra del Budismo, religión que por su parte también recomienda la abstinencia, o al menos la moderación sexual.

LA SEXUALIDAD EN EL MUNDO JUDEOCRISTIANO.
El primitivo culto de Yavé era bastante similar al de otras religiones llamadas comúnmente "dioses del trueno". Pero una serie de circunstancias hicieron cambiar el panorama. Durante el reinado de David y Salomón, fieles defensores de la ortodoxia de Yavé, los sacerdotes habían conocido días de esplendor, pero éstos se acabaron cuando el reino se partió a la muerte de Salomón. En respuesta, los sacerdotes dijeron que tal desgracia se remediaría cuando el pueblo volviera a la obediencia de Yavé, y por supuesto, de los "verdaderos" sacerdotes del "verdadero" Dios. Esto, porque los hebreos muchas veces se volvían hacia los baales, sexualmente menos puritanos, e incluso los propios reyes, para congraciarse con pueblos vecinos que podían ser potenciales enemigos, tomaban a dioses extranjeros como parte del culto. Y todo esto iba en desmedro, por supuesto, del poder de la casta sacerdotal dedicada a Yavé. Yavé se convirtió entonces en un dios celoso, que castiga la desobediencia hasta la tercera o cuarta generación, y una de las primeras víctimas de los celos de Yavé fue la sexualidad.
Esto no es raro. Entre gentes tan legalistas como los sacerdotes de Yavé, la idea de que hubiera sexo fuera del contrato matrimonial era indigna. Además, era una manera de diferenciarse de los cultos de la naturaleza de los baales, ya que en esa época, los sacerdotes estaban abocados a diseñar un Yavé trascendente sobre toda la Creación, dueño y señor de la historia. Y muy en particular, tenían en la mira a una diosa conspicua y evanescente, que en ese tiempo hacía sombra sobre Yavé: Aserah. Esta Aserah era una manifestación de la antigua Gran Diosa Madre, y se correspondía con la Astarté fenicia, la Arinna hitita y la Istar babilónica. Y su culto, como buen culto de la naturaleza, tenía un fuerte componente sexual. De esta manera, los sacerdotes de Yavé adoptaron el puritanismo sexual como una manera de diferenciarse de la competencia. El triunfo definitivo lo obtuvieron con Josías, rey de Judá entre 622 y 596 AC aproximadamente, quien mandó derribar todos los troncos sagrados dedicados al culto de Aserah.
Posteriormente, el Cristianismo heredó, y aún magnificó, todo este aspecto del puritanismo sexual. Al concebir el matrimonio como sacramento, incrementó la persecusión de las relaciones sexuales prematrimoniales o extramatrimoniales, con lo cual ayudó a crear un orden social más rígido y con los derechos patrimoniales bien marcados y delimitados, aunque con notable indulgencia hacia los pecados de la carne de los aristócratas, y en particular de los reyes. Además, descubrió que el celibato sacerdotal era un estupendo negocio, porque todos los bienes que heredaran los sacerdotes, al no tener éstos herederos, pasarían a engrosar las arcas eclesiásticas. El celibato sacerdotal partió siendo una recomendación, pasó después (en la época del Papa Alejandro III, en el siglo XII) a ser una medida disciplinaria, y en el siglo XVII se transformó en una cuestión de fe. Y así es como sigue.

¿Y AHORA...?
En general, la batalla de la religión contra la sexualidad puede considerarse perdida. El impulso sexual es demasiado fuerte como para ser anulado por una mera imposición cultural. Si no fuera así, la Humanidad habría dejado de reproducirse hasta la extinción, mucho antes de la llegada de los tiempos históricos. No sólo las grandes religiones han tenido que contemporizar con el impulso sexual, sino que además han tenido que hacer la vista gorda con los pecados carnales de reyes y poderosos, y eso cuando no son los propios sacerdotes quienes incurren en el pecado de lujuria. De ahí también que, periódicamente, resurjan cultos más permisivos con la sexualidad, entre ellos el neopaganismo y el Tantra. En tiempos más antiguos, los cultos de la naturaleza, de una marcada connotación sexual, encontraron concreción en el satanismo, cuyo ritual de adoración del macho cabrío respondía justamente a la búsqueda de un símbolo de fertilidad. No en balde, la Iglesia perseguía a las orgías satánicas por actos de concupiscencia carnal.
En ese sentido, la opción de reprimir la sexualidad es, en cierta medida, signo de una enfermedad mental. No es necesario llegar a los extremos patológicos de Orígenes de Alejandría (siglo III), que según cuenta una leyenda, siguiendo el mandato bíblico de que si tu ojo te escandaliza, debes sacártelo para entrar tuerto en el reino de los cielos, y no con buena vista el infierno, se castró a sí mismo, escandalizado de sus propios impulsos sexuales. Ni a los de Agustín de Hipona, que después de una vida de desenfrenada sexualidad de joven, se volvió tan puritano que consideró como pecaminoso incluso el sexo dentro del matrimonio (aunque necesario, para mantener a la raza humana). Ya hemos comentado que Benedicto XVI, en su primera encíclica, basó su tesis sobre el amor en dos profetas bíblicos tan enfermizos sexualmente como son Oseas y Ezequiel. Y mientras haya gente así, habrá mercado para las religiones que busquen limitar, restringir, y si es posible eliminar, la vida sexual de las personas.

11 marzo 2007

LA CREACIÓN SEGÚN LOS GRIEGOS.

La más frondosa de las mitologías antiguas hoy por hoy conocidas, es seguramente la de los griegos. Dentro de su cultura, desarrollaron un poderoso esquema mitológico, el cual se basó profundamente en los mitos preexistentes en la cultura de los pueblos indoeuropeos, pero a la vez tuvo algunos rasgos propios y originales. El Ojo de la Eternidad describe la historia del Génesis, tal y como los griegos la concibieron.


[ILUSTRACIÓN SUPERIOR: "La caída de los titanes", pintura de Cornelio van Haarlem (1588). La guerra entre los dioses y los titanes fue uno de los episodios claves de la creación, tal y como la concebían los griegos].

LA CREACIÓN DE LOS MITOS GRIEGOS.
No todas las religiones han nacido como una suerte de revelación superior, como fue el caso de las religiones derivadas del tronco judeocristiano. Muchas religiones nacen a partir del intento por dar una explicación satisfactoria a una serie de cuestiones: ¿por qué cae la lluvia?, ¿hay alguien superior que cuide de los seres humanos?, ¿es justo el orden político que tenemos?, etcétera. La religión de los griegos nació un poco por la serie de agregaciones que poetas y cultos locales sucesivos fueron concibiendo. De esta manera, en los mitos griegos se entrelazan historia, leyenda, literatura, tradición y una pizca de curiosidad sobre el mundo.
Los griegos desarrollaron su propia versión de la gran pregunta: ¿de dónde vienen todas las cosas? Inicialmente, como lo prueban los testimonios arqueológicos, en Grecia, así como en otras partes, predominaba el Culto a la Gran Diosa Madre, bajo la forma de una serie de deidades femeninas locales que, cuando se produjo la unificación de éstas en un único panteón, no perdieron sus identidades individuales, aunque se metamorfosearon un tanto para acoplarse en un único tronco de historias, unas con otras. Así, las diosas Hera, Afrodita, Atenea, Perséfone, etcétera, que principiaron sus carreras como diosas individuales, se unieron en un solo gran culto "internacional".
Vinieron también las invasiones de los pueblos aqueos, de origen indoeuropeo, quienes crearon una serie de señoríos bárbaros de la guerra, que tuvieron su edad de oro entre los siglos XV y XI AC. Las historias y querellas de esos caudillos militares pasó también al grueso del acervo mítico griego, conformando la mayor parte de éste. Pero no fue sino hasta mucho después, cuando por culpa de los invasores dorios Grecia cayó en una profunda Edad Oscura, que los poetas, y en particular Hesíodo, comenzaron a darle coherencia a este acervo mítico griego. Hesíodo vivió en el siglo VIII AC y escribió un poema, la "Teogonía", en la que refiere (junto con otros poemas complementarios posteriores, a veces en varios siglos) la historia de la creación, según los griegos.

GEA Y URANO.
Siguiendo a Hesíodo, en un principio fue Gea, "la de ancho seno". Esta no es sino una representación de la vieja Diosa Madre, encarnada como Madre Tierra, así como un símbolo de la Tierra vacía y sin vida (imagen que también es recogida en otras tradiciones culturales, como por ejemplo el primer capítulo del Génesis). Pero existía también otra fuerza misteriosa, el Amor, encarnado en el dios Eros. Este Amor no es el amor romántico que Cupido se encargaba de propagar a flechazos, sino la atracción misteriosa que surge entre todas las cosas y las lleva a organizarse y surgir. De esta manera, Gea dio a luz a una serie de dioses, por sí misma y sin intervención de varón, por pura partenogénesis (la creación por partenogénesis es también un atributo de la antigua Diosa Madre).
Uno de los hijos de Gea fue Urano, el más antiguo de los dioses del cielo. Urano contrajo un matrimonio bastante edípico con Gea, y la fecundó sin darle descanso alguno, siguiendo así la labor de creación. El rastro de Urano lleva hasta un antiguo dios celeste que aparece también en la India (que fue invadida por los indoeuropeos al mismo tiempo que Grecia), bajo el nombre de Varuna. Tanto Urano como Varuna parecen haber sido grandes dioses antiguamente, pero en la época "clásica" de gestación de los mitos griegos y védicos, pasaron a un discreto segundo plano, eclipsado por otros dioses más carismáticos.
Cansada Gea de parir y parir sin descanso, le pidió ella a otro dios, hijo y nieto de ella al mismo tiempo, que detuviera a Urano. Este dios fue Cronos (el Saturno romano), dios del tiempo. Cronos castró a Urano, y de esta manera detuvo el proceso de creación, al tiempo que derrocó a su padre y se entronizó como rey del mundo.

EL IMPERIO DE ZEUS.
Temeroso de que un hijo suyo le derrocara, así como él había derrocado a su padre Urano, Cronos tomó la política de devorar a todos los hijos que le nacían. Esto es un simbolismo de como el tiempo devora a los días, meses y años, y hay un famoso cuadro de Goya ("Saturno devorando a sus hijos") que representa esta escena.
Pero Cibeles, esposa de Cronos, estaba cansada de esto, así es que cuando nació Zeus, le pasó a Cronos una piedra envuelta en pañales, la que éste devoró sin mayor trámite. Zeus fue escondido, y enviado a la isla de Creta, en donde la amamantó la cabra Amaltea. Una vez mayor, y mediante un engaño, Zeus consiguió que Cronos devolviera a los hijos que estaban en el vientre de su padre, y entre todos se rebelaron y lo derrocaron. Así, Zeus llegó a ser el amo y señor del Olimpo.
Pero quedaba aún una prueba más. Los titanes, otro linaje de dioses que no tenían nada que ver con Urano y Cronos, no querían verse regidos por los Olímpicos de Zeus. Así es que se rebelaron. La guerra de Zeus contra los titanes fue sangrienta, y el castigo de Zeus en contra de ellos fue durísimo. A Tifeo, por ejemplo, le arrojó encima el monte Etna, el cual desde entonces es un volcán. En cuanto a Atlas, por mencionar a otro, le condenó a cargar perpetuamente la bóveda celeste.
Luego de derrotar a los titanes, Zeus repartió el universo entre sus hermanos, reservándose para sí el cielo, dándole a Poseidón (Neptuno) el dominio de los mares, y a Hades (Plutón), el de los infiernos. Desde entonces, Zeus rige el mundo de manera absolutamente indisputada. O al menos así lo refieren los griegos.

EL ESQUEMA.
El mito de la creación griego sigue un esquema propio de muchos otros. Muchos pueblos se preguntaron cómo podía el universo funcionar de manera tan perfecta y ordenada, como si fuera un reloj. Y su respuesta era: al principio las cosas no eran así, sino que los dioses pusieron todo en su lugar. De esta manera, muchas cosmogonías refieren que una banda de dioses se enseñoreó del mundo, pero no sin librar sangrientas guerras contra dioses rivales. Entre los babilónicos el vencedor fue Marduk, que derrotó a la serpiente Tiamat y a su hijo Kingu. Entre los egipcios, Osiris se impuso no sin antes tener que habérselas con su hermano Set. Entre los germanos, Odín y los suyos debieron contender también con gigantes. Y en la Biblia hay también algún que otro rastro de esa lucha primordial, como por ejemplo el mito de la Serpiente del Paraíso, o las ocasionales referencias a monstruos marinos que podrían haberle disputado a Yahveh el dominio del mundo en tiempos remotos (por ejemplo Leviatán o Behemot).
Estas historias cumplen una doble función. Por un lado, son el sustituto de una explicación científica, para pueblos que carecen de toda ciencia. Y en segundo lugar, los reyes tienden a identificarse con lso dioses triunfadores, sirviendo por tanto como una manera de darle legitimidad al poder político imperante. Los mitos griegos también servían para legitimar a los pueblos. Numerosas ciudades estaban acogidas al culto de un determinado dios: Atenas, sin ir más lejos, estaba consagrada a Atenea, de quien recibía su nombre. Y, al contrario de la imagen racionalista que muchos tienen de los antiguos griegos, la impediedad era considerada por éstos como un crimen espantoso.
De esta manera, el mito griego de la creación sigue el patrón de tantas otras historias cosmogónicas ("cosmogonía" significa "nacimiento del orden universal", en griego), pero tienen a la vez un sabor peculiar, que les son muy propios.

04 marzo 2007

PRINCIPIO ANTRÓPICO: EL UNIVERSO ES PARA QUIENES LO HABITAMOS.

Pareciera ser que en su implacable marcha por arrancarle secretos a la naturaleza, la ciencia ha ido degradando cada vez más la posición del ser humano en el universo, hasta arrojarlo a un miserable arrabal galáctico. ¿Será éste el final de la historia? ¿O acaso permite la ciencia pensar que el ser humano ocupa una posición privilegiada en el universo? El Ojo de la Eternidad explora el principio antrópico, aquella idea científica y filosófica de que el universo entero es como es, porque de otra manera el ser humano no podría existir...


[ILUSTRACIÓN SUPERIOR: "Esferas cósmicas del tiempo", ilustración de Nicolle Rager Füller. Desde antiguo, la cuestión de qué o quién es el centro del universo, ha atravesado todo el debate científico y filosófico].

LA DECADENCIA DE LA POSICIÓN HUMANA EN EL COSMOS.
La mayoría de los pueblos primitivos la tenían fácil, a la hora de confeccionar un universo que se ajustara a lo que ellos observaban. Las cosmologías primitivas tienden a parecerse unas con otras casi como si de espejos se trataran. Todas ellas incluyen una especie de "región central" en donde habita el ser humano: por encima está el mundo celeste, en el cual moran los dioses, o bien los espíritus de los ancestros, o bien ambos. Por debajo está el inframundo, que suele ser el lugar de los demonios y los monstruos. Y siempre la civilización que concebía esta manera de ver el mundo, estaba en el centro geográfico de todo. La Tierra solía ser concebida como un cuerpo plano, pero cuando daban el salto a una concepción esférica de la misma, todo seguía igual, con la salvedad de considerar a la Tierra el centro del universo, el inframundo como coincidente con el centro de la Tierra, y el mundo celestial como una esfera que rodeaba por completo a la Tierra y no la tocaba en ningún punto. Las cosmologías más avanzadas generalmente eran versiones refinadas de este esquema. Así, los griegos concebían al universo como fragmentado en una zona central con mares y tierras, una zona celestial en donde circulaban los dioses, y un inframundo llamado el Hades. Los hebreos concebían al mundo superior como un océano celeste separado de los océanos terrestres, y al inframundo lo llamaban Scheol, la morada de los muertos, que estaba rodeada por los "pilares de la Tierra". La Iglesia Católica suscribió, fiel al astrónomo Claudio Ptolomeo (siglo II DC) una visión de la Tierra esférica, pero ubicada en el centro del universo, con el infierno y Satanás en el centro, por ser el lugar más alejado de todo. En todas estas cosmologías, destaca el importantísimo papel humano, por quien, a fin de cuentas, todo fue hecho.
Y sin embargo, la ciencia posterior al siglo XVI complicó las cosas para el orgullo humano. En esa época, Nicolás Copérnico ubicó al Sol en el centro del universo. En el siglo XVIII, el astrónomo británico William Herschell destruyó para siempre la idea de un territorio celestial, cuando creó el primer (imperfecto, de todas maneras) mapa de la Vía Láctea. En el siglo XIX, Charles Darwin probó que el ser humano estaba emparentado con el resto de los animales. A comienzos del siglo XX, los descubrimientos de una serie de cosmólogos desterró a la Humanidad del centro de la Vía Láctea, luego probó que la Vía Láctea no era la única galaxia, y finalmente, que no cabía hablar de un punto central en el universo. ¿Es que acaso entonces el ser humano es una pura casualidad cósmica...? ¿No podría ser que, después de todo, el universo entero podría existir sólo para cobijarle como especie?

EL SURGIMIENTO DEL PRINCIPIO ANTRÓPICO.
Muchos científicos han llamado la atención sobre la extraordinaria sintonía que muestran las leyes naturales con la vida en el cosmos. Así, por ejemplo, la fuerza de gravedad es inversamente proporcional al cuadrado de las distancias. ¿Qué pasaría si esta proporción fuera "inversamente proporcional al cubo de las distancias", o a alguna potencia superior? Tendríamos entonces una fuerza de gravedad más débil, en la que quizás las estrellas no pudieran condensarse a partir de las nubes de gas primigenias, o bien que no pudieran generar presión suficiente para encender los hornos termonucleares que las alimentan, o bien que sólo pudieran generar a su alrededor campos de asteroides incapaces de condensarse como planetas, o bien si fueran capaces de generar planetas, éstos perderían sus atmósferas en épocas tempranas de su evolución. Otro ejemplo podría ser las ecuaciones einstenianas de dilatación del tiempo. Los llamados muones, o partículas mu, son uno de los componentes principales de la radiación espacial que cae a la Tierra. Ahora bien, un muón tiene una vida media extraordinariamente corta, y si no fuera porque el tiempo relativo de ese muón se dilata (o mejor dicho, el espacio que debe recorrer se contrae de manera correlativa), nunca alcanzaría la superficie terrestre. Y esto tendría graves efectos en la vida terrestre, ya que un índice menor de radiación cósmica bajaría la tasa de mutaciones genéticas, y por ende, uno de los principales mecanismos evolutivos de la vida sobre la Tierra quedaría enormemente retardado, o quizás anulado.
Por todo ello, no pocos científicos han aventurado que quizás el surgimiento de la vida terrestre, y acaso la inteligencia humana, no son algo casual o afortunado, sino que el universo entero está estructurado de una manera tal, que necesariamente debía surgir al menos la vida, y quizás ambas. A esto se lo llama "principio antrópico": la idea de que el orden del universo no es una casualidad, sino que está de alguna manera sintonizado para que la vida necesariamente surja en éste.

EL DEBATE ANTRÓPICO.
No todos los científicos aceptan esta idea, y muchos de ellos la critican ácidamente. La crítica más dura es considerar al principio antrópico como una tautología, como un razonamiento circular en el cual se toma la conclusión a probar como parte de la prueba misma. El argumento antrópico sería, por tanto, el siguiente: los seres humanos existimos. Para que existamos, se necesita un universo con leyes físicas y químicas sumamente ajustado o sintonizado. Ese universo existe, luego, necesariamente el universo debía tener esa clase de leyes físicas y químicas. En realidad, no hay razón para pensar que no puedan existir tipos o modelos de universo distintos al que conocemos, con otro juego de leyes físicas y químicas, y en el cual no pueda existir la vida inteligente de ninguna manera. En esos universos alternativos, no habría entonces nadie para preguntarse: "¿por qué el universo que observo es como lo observo?".
Por supuesto que existen distintas variaciones para el principio antrópico. La variante más débil pone énfasis en la sintonía entre las leyes naturales y la vida e inteligencia humana, algo que ya hemos observado, y que en el fondo no deja de ser una perogrullada, o acaso un llamado de atención a nuestro intelecto. La variante más fuerte, por el contrario, sostiene que el universo entero estaba predeterminado para el surgimiento de la vida y la inteligencia, y que éstas son una especie de necesidad cósmica, tan inevitables como el ciclo del día y de la noche. Esta variante es, por supuesto, la más arriesgada y complicada de defender.
La evidencia científica, por cierto, pareciera apuntar a que la inteligencia racional no es un paso necesario en la evolución. Así, por ejemplo, de los dos grandes troncos evolutivos animales que colonizaron la tierra firme, sólo uno, el de los vertebrados, desarrolló la inteligencia (el otro tronco son los artrópodos, es decir, insectos, arácnidos y miriápodos). Y cuando comenzó la evolución de los mamíferos, éstos quedaron aislados en dos grandes continentes, Laurasia al norte y Gondwana al sur, desarrollándose los placentarios en el primero, y los marsupiales en el segundo. Ahora bien, a pesar de que existen equivalentes marsupiales para casi todos los tipos de placentarios conocidos, nunca surgió ningún equivalente marsupial para el Homo Sapiens. Esto prueba que la inteligencia no es un fenómeno inevitable.

LA RAÍZ DEL PRINCIPIO ANTRÓPICO.
En el fondo, y de manera no demasiado sorprendente, la raíz del principio antrópico, al menos en su versión fuerte o dura, no es científica sino religiosa. Y es que el principio antrópico no es más que una reformulación, en términos de lenguaje científico, de una antiquísima y popular idea teológica: el argumento del diseño. Este es uno de los argumentos clásicos para probar la existencia de Dios, y consiste en considerar que el orden natural de las cosas es tan perfecto, que no pudo haber surgido por azar, sino que debió necesariamente haberlo creado alguien. La manera de refutar el argumento del diseño es parecida a la refutación del principio antrópico, o del Diseño Inteligente: el argumento del diseño pretende probar la existencia de un diseñador por la existencia de un diseño que no podemos explicar, y luego invierte dolosamente la carga de la prueba para que quienes niegan el argumento del diseño, tengan que probar la inexistencia de una relación. La ventaja del principio antrópico, y la razón por la que aparece como tan respetable, es que no se requiere creer en Dios, ya que se puede ser panteísta e incluso ateo, y postular aún así que el universo es como es, por una especie de necesidad suprema, como la serpiente que se muerde la cola. Pero eso no hace verdadero al principio antrópico. Simplemente llena el anhelo de las gentes que quieren ver al ser humano otra vez en una posición de privilegio. Y no hay mucho de científico en eso.

25 febrero 2007

SOCIEDADES SECRETAS: LA CONSPIRACIÓN DE LOS MÍSTICOS.

¿Todo pasa en el mundo por casualidad y azar? ¿O bien hay alguna oscura mano negra manipulando la política mundial a su antojo? ¿Existen verdaderamente sociedades secretas que controlan al mundo con un conocimiento reservado sólo para algunos iniciados? El Ojo de la Eternidad aborda uno de los más complejos temas históricos, el de la relación entre las sociedades secretas y la religión.


[ILUSTRACIÓN SUPERIOR: Estructura de la Masonería. Las organizaciones masónicas han estado siempre en la mira de las teorías de la conspiración].

TEORÍA DE LA CONSPIRACIÓN.
Existe una profunda corriente de pensamiento popular, que postula más o menos lo siguiente: la historia tal y como la conocemos es una farsa, un simple teatro de marionetas cuyos verdaderos protagonistas no son quienes figuran en la primera plana de las revistas y periódicos, sino gentes escondidas en la sombra que manipulan todo secretamente para sus propios fines, que no son otros sino la dominación mundial. Existen dos variantes de esta leyenda. Una de ellas postula que dichas sociedades secretas están en altos cargos del poder, sin ser sus cabezas visibles. La otra, que dichos líderes mundiales están en reductos aislados del resto de la humanidad, como pueden ser los Himalaya o algún monasterio bien escondido.
La curiosidad de esto, es que esta teoría de la conspiración se entrecruza profundamente con el tema religioso. No en balde, algunas de las organizaciones favoritas para candidatas a "amo del mundo" son entidades religiosas. La Iglesia Católica es una de ellas, claro está, pero también está la "conspiración jesuita" o la "conspiración judeomasónica". Recientemente se ha puesto de moda, en particular gracias a el Código da Vinci, la idea de la conspiración del Opus Dei. En todo esto, ¿qué hay de cierto?
En principio, resulta de perogrullo que muchas veces, hay quienes se organizan en sociedades de distinto tipo, para surgir de una manera en que no podrían hacerlo, como individuos separados. Esta es la razón por la que se fundan empresas, corporaciones, ONGs, etcétera. El Estado es, en ese sentido, también una sociedad, aunque de un tipo un tanto especial, por cuanto proclama tener el monopolio del uso de la fuerza. Algunas sociedades se crean o mantienen para influir sobre la sociedad toda, y tal es el objetivo confeso, por ejemplo, de la Masonería. Muchas de estas sociedades funcionan como clubes de amigos en donde surgen relaciones sociales útiles para escalar. Un buen ejemplo de esto es la sociedad Skull & Bones, de Estados Unidos, desde la cual han surgido varios Presidentes de los Estados Unidos, incluyendo a George W. Bush. En Chile, no es ningún secreto, y ha salido publicado en la prensa diaria, el carácter de masón de los Presidentes Salvador Allende, Augusto Pinochet o Ricardo Lagos, y el padre de la actual Presidenta Michelle Bachelet era también miembro de una logia masónica. En la actualidad, difícilmente la Masonería o Skull & Bones pueden pasar por una sociedad secreta, toda vez que han salido incluso películas retratándolas: "Sociedad secreta" en el segundo caso, y "Desde el infierno" en el primero (entre otras). ¿Dónde está, pues, el secreto...?

LOS CANDIDATOS A REGIR EL MUNDO.
La historia de las sociedades secretas que rigen al mundo principia en la Edad Media. En ella, la Iglesia Católica tejió una densa red de dominio sobre toda Europa, al margen de cualquier autoridad política de la época. Esto era, por supuesto, un rasgo novedoso de la época, ya que antes, todas las grandes organizaciones eran predominantemente políticas. Pero en la Edad Media no existía verdadera política, sino el mero ejercicio de las armas, por lo que en ese sentido, la Iglesia Católica podía entenderse como una entidad superior a las restantes, ya que su predominio se basaba en la fe de millares de personas.
Por tanto, todos aquellos quienes quisieran buscar el poder, tenían que hacerlo en medio del secretismo más estricto. Los buscadores del poder tenían bien presente lo ocurrido con los cátaros, que se atrevieron a desafiar a la Iglesia Católica y pagaron un alto costo por ello, cual fue el ser erradicados por completo durante la Cruzada Albigense, a comienzos del siglo XIII. En esta época surgió una organización que, aunque se proclamaba católica, era bastante heterodoxa, puesto que en sus rituales y procedimientos había incorporado costumbres procedentes del Medio Oriente musulmán. Se trataba de la Orden del Temple, mejor conocidos como los templarios. Su creciente poder, que los llevó a ser la primera fuerza financiera de Europa, causó que en el siglo XIV el Rey de Francia, en complicidad con el Papado, los capturara, torturara, ejecutara y confiscara sus bienes. Sin embargo, los templarios no desaparecieron. Algunos de ellos sobrevivieron en órdenes que duran hasta el día de hoy, como por ejemplo la Orden de San Andrés, en Escocia.
Con los templarios nace el mito de la sociedad secreta conspirando para dominar el mundo. A esta sociedad secreta se le cuelga un pasado o trasfondo de misticismo, con conocimientos esotéricos que sólo los entendidos conocen. Se habló así, por ejemplo, de la conspiración jesuita, consecuencia obvia del esfuerzo puesto por éstos en influenciar a los gobiernos europeos del siglo XVII, así como del énfasis que ellos ponían en la erudición de sus miembros.
La Ilustración, en el siglo XVIII, fue caldo de cultivo para varias de estas sociedades secretas, que tuvieron que mantenerse en dichas tinieblas por su intención de subvertir a la sociedad por entonces existente. La más importante fue la Masonería, fundada en Londres en 1717, quienes lucharon decididamente por imponer las ideas del liberalismo, en contra del absolutismo y la Iglesia Católica. Masones destacados fueron varios prohombres de la Revolución Francesa, como por ejemplo LaFayette, así como varios padres fundadores de Estados Unidos, como Benjamin Franklin, George Washington o Thomas Jefferson, y también destacados miembros del movimiento de independencia americano contra el Imperio Español, como Francisco de Miranda, José de San Martín, Simón Bolívar y Bernardo O'Higgins.

EL MISTICISMO DE LA CONSPIRACIÓN.
En el siglo XIX, el mito de la conspiración creció, como parte de la nueva organización del mundo liberal. En ella, la banca adquirió pronto un poder desmedido. Surge así la idea de la conspiración judeomasónica, en que connotados banqueros judíos estarían tratando de apoderarse del mundo. Este mito fue alimentado por la animadversión hacia personajes como el célebre banquero judío Rothschild, quien entre otras cosas financió la compra del Canal de Suez por parte de Inglaterra, en 1875 (el cerebro de la operación, el Primer Ministro Benjamin Disraeli, era descendiente de judíos). En este ambiente, la policía zarista creó el panfleto "Los protocolos de los sabios de Sión", que falsifica unas supuestas actas de una sociedad secreta judía para apoderarse del mundo.
La sociedad secreta entró también a la literatura como motivo, y de ahí pasó a la cultura popular. El Romanticismo vio reavivarse el interés por la Edad Media, y como parte de su legado, se explotó a discreción el tema de las siniestras torturas de la Inquisición. El novelista Sax Rohmer, por su parte, creó a Fu Manchu, un oscuro iluminado chino que gracias a un elixir de la inmortalidad, ha amasado un increíble poder, y desde su escondido reducto manipula a la Humanidad entera. Otra de estas sociedades secretas de ficción es aquella que controla el maléfico profesor Moriarty, el enemigo de Sherlock Holmes, a quien éste describe como una araña en el centro de su red, manipulando los hilos. Moriarty y Fu Manchu son antecedentes directos de sociedades secretas como SPECTRE, la organización terrorista que se enfrenta a James Bond en varias de sus películas y novelas, o los 13, que intervinieron en la trama del culebrón televisivo "Falcon Crest", en la década de 1980.
También el siglo XX vio una serie de sociedades secretas tratando de manipular los hilos. Entre ellas se cuentan organizaciones tan disímiles como la Sociedad Secreta Thule, integrada por algunos de los más altos jerarcas del nazismo, o como la logia P-2, que controlaba (y parece ser que aún controla) la política italiana, incluyendo algunas turbias conexiones con la Iglesia Católica.

LA SOCIEDAD SECRETA.
El estudio de una sociedad secreta se complica porque, por definición, éstas no suelen dejar rastro tras de sí. Sin embargo, el carácter de secreto viene dado porque sus manejos entran en conflicto con el resto de la sociedad, y frente a eso, prefieren permanecer y operar en las sombras, a menudo quebrantando la ley. Pero hay otra razón por la que una sociedad secreta podría permanecer unida: el misticismo. Lo que separa a la sociedad secreta de raigambre masónica o neonazi, de un vulgar cartel de narcotráfico, es un conjunto de conocimientos de cuyos portadores se sienten custodios, y que les otorgan una condición de "iluminados". ¿Qué conocimientos son éstos? Frecuentemente, por su carácter elitista, son doctrinas vinculadas con el antiguo gnosticismo, bien sea tomadas directamente, o bien sea de segunda mano, a través de las ideas de los cátaros o de la masonería. Pueden éstas ser condimentadas con otras tradiciones esotéricas, como la cábala judía o el pensamiento ariosófico. Lo que cuenta es que sea algo que conozcan pocas personas.
Antaño, empero, era más simple mantener el secreto que ahora. Antes de Internet, la propagación del conocimiento era enormemente más difícil, y por eso, era fácil que algunas ideas gnósticas sobre el mundo permanecieran entre sus miembros. Es célebre la anécdota de la tremenda irritación que produjo el connotado masón Wolfgang Amadeus Mozart cuando en su ópera "La flauta mágica" escenificó elementos que pueden ser considerados masónicos. Esto ocurría en el siglo XVIII, pero en el XXI, los masones llegan al extremo de crear páginas web para difundir sus organizaciones.
En ese sentido, queda bien poco de las sociedades secretas tradicionales que pueda ser rescatado como tal. O al menos, de aquellas que tenemos algún conocimiento, porque después de todo, lo que hace secreta a una sociedad secreta es justamente eso, el que nadie sepa de ella...

18 febrero 2007

LAS RAÍCES RELIGIOSAS DE "EL SEÑOR DE LOS ANILLOS".

Nadie duda a estas alturas que el monumental universo de la Tierra Media, creado por J.R.R. Tolkien, es una de las creaciones mitológicas más importantes del siglo XX. En principio, la raíz de las historias tolkienianas pareciera estar enclavado en el Cristianismo, debido a presentar la eterna lucha entre el Bien y el Mal. Y sin embargo, es también muy patente la influencia del Paganismo. El Ojo de la Eternidad echa un vistazo a las ideas religiosas de Tolkien, su Tierra Media, y su titánico "Señor de los Anillos".


[IMAGEN SUPERIOR: "Las costas de Valinor", ilustración de Ted Nadsmith para el "Silmarillion". El "Silmarillion" puede contemplarse en cierta medida como la Biblia de la Tierra Media, el mundo de Tolkien].

CÓMO FUE CREADA LA TIERRA MEDIA.
La trilogía de "El Señor de los Anillos", de Peter Jackson, marcó la consagración definitiva de J.R.R. Tolkien como uno de los más importantes creadores de mitologías del siglo XX, y por qué no decirlo, de todos los tiempos. Lo que antes era un libro leído a hurtadillas y ampliamente desconocido por muchas gentes todavía, pasó a ser tan canónico dentro de la cultura popular como "La guerra de las galaxias" o "Viaje a las estrellas". Para eso, el mundo de la Tierra Media, el continente mítico en donde transcurren las historias de "El Señor de los Anillos" y los otros libros relacionados, debió recorrer un camino de casi un siglo entero de duración.
J.R.R. Tolkien, el creador de la Tierra Media, nació en Sudáfrica en 1893, dentro de una familia inglesa de carácter victoriano (Sudáfrica era en ese entonces colonia inglesa). Desde pequeño mostró una enorme fascinación y talento para aprender idiomas, lo que lo orientó por los caminos de la lingüística y la filología, llegando a ser un especialista en lenguas nórdicas, y especialmente germánicas. Su vida entera fue en esencia la de un profesor universitario haciendo clases en la Universidad de Oxford, no teniendo otras peripecias vitales de interés sino su participación en la Primera Guerra Mundial. Fue amigo de C.S. Lewis, creador de las "Crónicas de Narnia", sobre las que ya hablamos en El Ojo de la Eternidad, a quien convirtió al cristianismo, y quien resultó ser aún más fanático cristiano que Tolkien, en parte por la inclinación propia de los nuevos conversos frente a los creyentes tradicionales.
Tolkien creó la Tierra Media y su frondosa historia y geografía como parte de un juego personal. Sin embargo, en 1937 publicó un libro ambientado en este mundo. Se trataba de "El hobbit". Tuvo el libro tanto éxito, que pronto le pidieron una secuela. Esta terminó siendo la monumental "El Señor de los Anillos", publicada en 1952, a la que siguió "el "Silmarillion" (como obra inconclusa en vida, y publicada de manera póstuma). Después de su muerte en 1973, su hijo Christopher siguió sacando material inédito de su padre, sin corregir, y con anotaciones y exégesis, como si de un piadoso sacerdote glosando la Biblia se tratase.

¿UNA TIERRA MEDIA CRISTIANA?
Con frecuencia se plantea que la ideología de J.R.R. Tolkien y sus relatos de la Tierra Media se basan en el cristianismo. Esto es cierto, ya que Tolkien era hombre profundamente timorato y conservador, y por tanto bastante apegado a la religión, que en su caso era la anglicana (no la católica, a diferencia de su amigo Lewis, tómese nota). Esto es una verdad a medias, en realidad, pero es necesario echar un vistazo somero sobre los elementos cristianos de la obra tolkieniana.
El elemento cristiano más importante de todos es, por supuesto, el hecho de que las historias de la Tierra Media versan sobre la lucha entre el Bien y el Mal. El dualismo maniqueo de "El Señor de los Anillos" y las otras historias es bien claro: de un lado está el Bien, que es al mismo tiempo la luz, la creación, y la belleza. Del otro está el Mal, que también la oscuridad, la destrucción y la fealdad. En ese sentido, la lucha de las criaturas sobrenaturales bondadosas, los Valar, contra el Mal en sus diversas formas (Morgoth, Sauron, etcétera) es en verdad una guerra santa del bien y la justicia contra el mal y la inequidad.
Esto se corresponde también con la relación entre el lenguaje y el mundo que plantea Tolkien. Como buen filólogo, Tolkien piensa que las cosas son creadas al darles un nombre. Esto también está en la Biblia: en el Génesis, Dios dice "sea la luz", para crear la luz. En la Tierra Media, la enorme multiplicidad de nombres y de lenguajes tiene que ver con eso mismo, con jugar a Dios creador del universo, asignando nombre a las cosas para que éstas pasen a tener una entidad propia e independiente.
Hablando del contexto bíblico, muchas veces se ha remarcado que el "Silmarillion" es una verdadera Biblia. De hecho, parte con el relato de la Creación, y luego cuenta las peripecias de una serie de pueblos en lucha perenne contra el Mal. El Apocalipsis vendría así a corresponder con la dantesca Guerra del Anillo, que Tolkien refiere en "El Señor de los Anillos".

LA TRADICIÓN PAGANA.
Y sin embargo, a pesar de toda su formación cristiana, la mayor inspiración de Tolkien para extraer historias, nombres y elementos míticos no sale de la Biblia, sino de las leyendas mitológicas germánicas. La entera Tierra Media está inspirada por completo en lo que es la Edad Media de nuestra historia. Es una Edad Media idealizada y embellecida, por supuesto, y que por ende tiene poco que ver con la que fue de verdad, pero sigue siendo una Edad Media.
Así, en Tolkien son reconocibles varios elementos procedentes de los antiguos cantos épicos paganos, a veces copiados textualmente. El idioma ficticio quenya, por ejemplo, está enormemente basado en el gaélico. La cultura de los hobbits está tomada de la vieja campiña inglesa semipagana, y las crónicas de los diversos reyes está tomada de las sagas islandesas. También de extracción pagana es el anillo extraordinariamente poderoso, que representa la perdición de quien lo ambiciona, como ocurre por ejemplo con "El anillo del nibelungo" de Richard Wagner, ópera a su vez enteramente basada en la mitología germánica antigua. Aquí es bien visible que la orientación cristiana de Tolkien no le llevó a rechazar todos aquellos elementos paganos que pudieran chocar con las Sagradas Escrituras, sino que los incorporó en un todo fluido y armónico.

¿TOLKIEN CRISTIANO O TOLKIEN PAGANO?
¿Hay una verdadera contradicción entre considerar a "El Señor de los Anillos" como una saga cristiana o una pagana? Probablemente no. Y esto no es propio de Tolkien, sino que tiene relación con las fuentes literarias que usó como inspiración y base para su propia obra.
La tradición épica germánica, ejemplificada en obras como el "Beowulf" inglés, el "Cantar de los nibelungos" alemán, las "Eddas" islandesas o los mitos del Rey Arturo, encontraron su concreción definitiva, tal y como las conocemos, durante la Edad Media. Aunque los mitos originarios pueden datarse alrededor del siglo V, la mayor parte de estas leyendas épicas encontraron su forma definitiva entre los siglos XI y XV. O sea, desde el cuento de hadas en la tradición oral hasta su plasmación literaria definitiva, pasó nada menos que la casi totalidad de la Edad Media. En este período se produjo la cristianización de Europa. Sin embargo, ésta no significó la erradicación del paganismo. Los europeos estaban demasiado acostumbrados a sus cultos agrícolas, y sus tradiciones, y en muchos casos la Iglesia Católica tuvo que contemporizar. En al menos un caso, hubo una intentona de crear una religión sincrética entre el cristianismo y la tradición celta, en la Irlanda del siglo VI, experiencia que estuvo condenada al fracaso por la intolerancia de la Iglesia Católica. Sin embargo, en otros casos la Iglesia debió adoptar los viejos mitos y reconvertirlos en historia cristianas. De esta manera, el caballero pagano Arturo se convirtió en un defensor de la causa de la Iglesia, y el pagano caldero de oro en el otro mundo se convirtió, por ejemplo, en el cristiano Santo Grial. Otro tanto pasó con la vieja leyenda del guerro pagano Sigfrido matando al dragón, que se transformó en San Jorge haciendo lo mismo. Sólo que Sigfrido era pagano, y San Jorge cristiano. Y así sucesivamente.
En ese sentido, considerando que la principal fuente literaria de Tolkien para su mundo eran las sagas épicas antiguas, no hay ninguna contradicción entre afirmar que su obra es a un tiempo cristiana y pagana, porque su material literario de base también lo era. Tolkien era cristiano y eso se trasluce en su manera de tratar su material literario, pero también era filólogo, y como tal no podía renunciar a los viejos idiomas y a la tradición literaria que con ellos venía. En ese sentido la obra de Tolkien es cristiana y pagan a un tiempo. Quizás estribe ahí el carácter mágico que tiene, a pesar de su planteamiento maniqueo de fondo.

11 febrero 2007

PERIPECIAS RELIGIOSAS DE LA UNIFICACIÓN CHINA.

Muchos miran a China como una especie de vasto territorio inmutable que desde el alba de los tiempos no hubiera cambiado nada hasta el día de hoy. Sin embargo, hasta llegar a la imposición de las clásicas doctrinas de Confucio, hubo una serie de peripecias en las que distintos señores chinos apostaron por varias filosofías y religiones. El Ojo de la Eternidad cuenta la portentosa historia de la primera unificación de China, desde el punto de vista de la religión.


[IMAGEN SUPERIOR: Estatua de Shi Huangti, primer emperador de una China unificada, en Saanxi, no lejos de donde está el famoso ejército de terracota a escala natural que éste mandó esculpir para su tumba. Shi Huangti fue el máximo representante del legalismo, una siniestra filosofía que fracasó víctima de su propio éxito].

LAS ESCUELAS FILOSÓFICAS CHINAS.
Durante su período de crecimiento como civilización, China fue gobernada por un ente político llamado el reino de los Chou, ya que éste fue el pueblo que lo fundó y gobernó. Sin embargo, hacia el año 771 AC, se produjo un violento quiebre, y el reino Chou se desintegró, dando paso así a dos períodos cuyos nombres son bastante decidores: Primavera y Otoño el primero (771 a 546 AC) y los Reinos Combatientes el segundo (546 a 221 AC). La trama común a ambos períodos, es el declive cada vez más imparable de Chou, la feudalización de sus territorios en beneficio de numerosos señores de la guerra locales, y el surgimiento de nuevas potencias militares, que al final del período, en número de siete, se repartían el mapa geopolítico de China, en desmedro de los principados centrales, meros peones en el juego político de los grandes.
En este clima de incertidumbre política y social, la religión china tradicional hizo crisis. Surgieron entonces varias escuelas filosóficas que entraron a disputarse el terreno. No en balde, a este período se le conoce en filosofía como las "cien escuelas".
La más famosa de ellas es el confucianismo. Fue predicada por Confucio, un filósofo del siglo V AC que subsistía como maestro, y que no fue demasiado escuchado en vida. Confucio predicaba el regreso a los viejos valores, la sujección de cada cual a su propio papel (el rey a ser buen rey, el señor a ser buen señor, el campesino a ser buen campesino, etcétera), con un fuerte énfasis en la ética.
Paralelamente surgió el taoísmo. Predicado por el legendario Lao Tsé, de cuya biografía nada se sabe, el taoísmo predicaba la existencia de un Tao o camino, que es completamente inasible a la razón, y que por ende sólo se puede expresar por medio de paradojas, y aprehender por medio de la intuición. El taoísmo es lo más cercano al misticismo que produjo la filosofía china en ese período.
Algo más tarde surgió el moismo. Predicado por un filósofo llamado Mozi, ponía todo su énfasis en la utilidad. Para Mozi, sólo lo que es útil es bueno. Sus partidarios llegaron incluso a adoctrinarse en artes marciales y salir a la calle, para defender causas justas.
Pero la que estaría destinada a tener mayor predominio en el curso de los acontecimientos venideros, sería el legalismo.

EL LEGALISMO.
A diferencia de los confucionistas, que tendían hacia la pedagogía, o los mozianos, que tendían hacia la militancia, o los taoístas que tendían hacia la contemplación, los legalistas tendían hacia la conservación del poder. El legalismo nació como una reacción contra el confucionismo y el taoísmo. Frente al primero, los legalistas opinaban que el mero ejemplo del buen soberano no bastaba para construir una sociedad ética, porque los actos del plebeyo, como egoístas e interesados que eran, no podían ser sino malignos. En cuanto al taoísmo, consideraban que el quietismo y la contemplación no podían llevar a ninguna parte, y sólo la acción podría salvar a la sociedad de sí misma.
El más destacado de los filósofos legalistas fue Han Feizi, quien reinterpretó por completo el "Tao Te King", el libro principal del taoísmo, hasta convertirlo en una defensa extrema de las leyes y la sociedad por sobre la libertad y el individuo. Han Feizi se apoya en numerosos ejemplos históricos de la antigua China para demostrar sus asertos, los cuales giran en torno a la idea de un sabio legislador que establece leyes en donde se describen escrupulosamente las recompensas y los castigos. No en balde, Han Feizi y sus seguidores han sido comparados con Nicolás Maquiavelo, a pesar de que presenta también varios puntos de contacto con la filosofía política de Platón (su sabio legislador se parece notablemente al rey filósofo del pensador griego).
No es raro que la filosofía legalista se haya abierto paso hacia el poder, ya que su meta era regular éste, al tiempo que convenía a los reyes apoyar una filosofía como aquella. El legalismo encontró su lugar preferentemente en Tsin, un principado al oeste de los Reinos Combatientes semibárbaro, debido a su distancia de los núcleos de civilización en China, y que era el límite del mundo civilizado por aquellos años, ya que más al oeste no habían sido hordas salvajes. Los reyes de Tsin utilizaron la filosofía legalista como un programa de gobierno para crear un estado eficiente y centralizado, y esto acarreará consecuencias.

EL IMPERIO DE TSIN SHI HUANGTI.
En el año 246 AC asumió en Tsin el rey Zheng. Este inició una violenta campaña de conquistas que culminó en 221 AC, cuando le asestó el golpe fatal al último de los Reinos Combatientes. De esta manera, Zhen se rebautizó como Shi Huangti ("Primer Emperador Universal"), puesto que en la antigua China, de verdad lo era.
Como Tsin Shi Huangti, éste inició una campaña de cambios sociales violentos. El mal de la guerra civil venía de una sociedad feudalizada en exceso, de manera que alteró el mapa administrativo, creando provincias artificiales que nada tenían que ver con la realidad histórica, para destruir las lealtades locales hacia cada señor. Al mismo tiempo, decidió que la historia universal partiría desde cero, y para eso ordenó la quema de todos los libros, en particular de aquellos que se oponían al legalismo, y muy en particular los clásicos de Confucio, que se salvaron sólo porque algunos confucianos leales y valientes escondieron ejemplares. Sólo los libros de agricultura y astrología debían sobrevivir, como conocimientos útiles para la nueva sociedad que aspiraba a construir Tsin Shi Huangti. Todo esto venía respaldado por un ideal filosófico que identificaba lo justo con aquello que el soberano sabio era capaz de imponer, y bastante sabio había demostrado ser Tsin Shi Huangti, en su propio concepto, si había conseguido nada menos que terminar con todas las guerras.
Desgraciadamente, el ideal político de Tsin Shi Huangti tenía un talón de aquiles, y éste era que se necesitaba de alguien fuerte para ser rey en tales condiciones. Tsin Shi Huangti falleció el año 210 AC, y su hijo no fue capaz de soportar la carga. China estalló espontáneamente en rebeliones, y se desintegró en una violenta guerra civil, que llevó a la instauración de la Dinastía Han el año 206 AC.

EL TRIUNFO DEL CONFUCIONISMO.
Han Liu Pang, el primero de los monarcas Han, retrocedió en las aspiraciones de Tsin Shi Huangti. A diferencia de su antecesor, no era el rey de un estado fronterizo más o menos desconectado de la realidad china, sino un antiguo campesino ennoblecido como soldado de fortuna, y por tanto, tenía mayor conciencia de la necesidad de respetar las costumbres y tradiciones, e influir sutilmente en ellas, que sacrificarlo todo en aras de una filosofía absolutista.
Es más: Han Liu Pang despreciaba con fuerza a los filósofos. Bajo su gobierno, las antiguas filosofías volvieron a ser restauradas, pero eso tenía que ver con el nuevo ambiente de libertad que se respiraba después de la opresión de Tsin Shi Huangti, no con el supuesto aprecio que el monarca chino pudiera sentir por éstas. Dice Sse Ma, el principal historiador chino del período, quien vivió aproximadamente un siglo después de Han Liu Pang, que éste tenía por costumbre, cada vez que veía a un filósofo confucionista en la calle con un gorrito puntiagudo que era su característica, de agarrar el sombrero, arrojarlo al suelo y orinarse sobre él.
A pesar de estas visibles muestras de desprecio, andando los años y a finales de su reinado, Han Liu Pang no tuvo más remedio que intentar un acercamiento a los confucianos. La escuela legalista, después de los excesos de Tsin Shi Huangti, había caído en el más profundo de los descréditos, en tanto que la escuela confucianista, con su énfasis en el regreso a los viejos valores y tradiciones, su fuerte componente ético, su conservadurismo y su inclinación hacia la pedagogía, se había tornado ideal para un nuevo fin politico: preparar a los funcionarios civiles de una nueva clase administradora que debía regir los destinos del imperio más grande que China había conocido hasta el minuto. En el censo del año 2 AC, el Imperio Han contabilizó 59 millones de habitantes, lo que era tanta población como todo el contemporáneo Imperio Romano, y era aproximadamente la cuarta parte de toda la población mundial en aquellos años. Un imperio tan grande requería un bien entrenado aparato administrativo, y la filosofía de Confucio era ideal para eso.
De esta manera los confucianos, postergados y desdeñados durante tantos años, encontraron por fin un lugar. Los Han crearon los exámenes anuales para la admisión de los funcionarios públicos al sistema estatal, y esto no se detuvo sino hasta la destrucción del Imperio Chino en la revolución de 1911, más de dos milenios después. Claro que el confucianismo, en el intertanto, había evolucionado, y se había integrado con uina religión foránea, el Budismo Mahayana. Pero eso es parte de otra historia.

04 febrero 2007

LOS CÁTAROS: LA HEREJÍA DE LOS CIUDADANOS.

Una de las herejías que más fascinación ha desatado en el pensamiento occidental, es la de los cátaros. Esta doctrina predicada en el sur de Francia a finales del siglo XII, y aplastada violentamente por mandato de la Iglesia Católica a comienzos del XIII, ha desatado toda una serie de sesudas investigaciones históricas, y también mucha literatura basura sobre esoterismo y conspiraciones. El Ojo de la Eternidad le echa un vistazo a la verdad histórica sobre uno de los más importantes movimientos religiosos de la Edad Media.


[IMAGEN SUPERIOR: El Castillo de Carcasona, en la región de Provenza. Carcasona fue uno de los más importantes focos del catarismo, y cada fortaleza o "castel" fue un bastión de esta herejía].

EL MARCO DEL CATARISMO.
El movimiento de los cátaros fue una importante herejía en la Francia del siglo XII. Mucho de su historia ha sido posteriormente inspiración para historiadores, novelistas, y cultivadores de lo esotérico y lo paranormal. La visión más corriente entre los legos es considerar a los cátaros como "los buenos" de la historia, y a la Iglesia Católica como la organización villana y oscurantista que usó todo su poder para reprimir de manera hipócrita, en nombre de la fe, a esta organización que luchaba por la libertad, y... Esta visión que hemos reseñado en lo grueso, descendiendo a los detalles se vuelve más compleja, porque hay mucho más que rescatar en la historia de los cátaros que una simple historia de vaqueros e indios.
El catarismo nació en un medio ambiente muy específico, cual fue la Francia del siglo XII. Y no toda la Francia, sino la región sur, la actual Provenza, que por entonces estaba más desarrollada social y políticamente que la región norte. En esa época apenas existía la idea de "Francia" como la concebimos hoy en día. La mitad occidental del territorio, una vasta franja de terreno desde Aquitania hasta Normandía, que cubría casi en forma continuada toda su costa atlántica, estaba en manos de Inglaterra, debido al ventajoso matrimonio del rey Enrique II de Inglaterra con la princesa Leonor de Aquitania. En cuanto a la Provenza misma, era un mosaico de castillos y "comunas" (esto es, burgos o ciudades) con una conexión muy laxa con sus señores feudales, el más importante de los cuales no era el rey de Francia, sino el Conde de Tolosa.
En el año 1099, como resultado de la Primera Cruzada, Europa se había abierto hacia el comercio oriental, y esto trajo riqueza y progreso. Con esto, las ciudades crecieron. Además, nuevas técnicas agrícolas habían aumentado el rendimiento de los cultivos, y con ello la población había aumentado. El exceso de campesinos podía ir a roturar tierras antes no cultivadas, pero también tenía la opción de fugarse y tratar de buscar refugio en las ciudades, lejos de sus opresivos señores feudales. Los burgos eran así un desafío al Feudalismo, porque sus habitantes, los burgueses, no encajaban en el orden feudal tripartito de señores militares, sacerdotes y campesinos. Todo lo cual estaba incubando una enorme caldera social.

UN LUGAR RELIGIOSO PARA LAS CIUDADES.
La Iglesia Católica se tomó bastante a mal el surgimiento de los burgos. Para entender esto, hay que retroceder en el tiempo hasta el siglo X. En esa época, la Iglesia Católica estaba sometida al Emperador de Alemania, y además, sus sacerdotes y obispos vivían en la opulencia y, por qué no decirlo, en la corrupción. En esa época pecados como el nicolaísmo (concubinato) o la simonía (venta de cargos eclesiásticos) eran moneda corriente.
En la época del Papa Gregorio VII (1073-1085), un movimiento de reforma se llevó a cabo desde el Monasterio de Cluny. Este tuvo un cierto éxito. El ideal de Gregorio era atacar los abusos y vicios de la época haciendo a la Iglesia independiente. Por supuesto que, sin control alguno, los eclesiásticos siguieron en su mala conducta, e incluso la empeoraron. Hubo un nuevo movimiento de reforma, los llamados cistercienses, los monjes de la Orden del Císter, que fueron acaudillados por Bernardo de Claraval a inicios del siglo XII, quienes se transformaron en la punta de lanza de la renovación espiritual en aquellos años. Sin embargo, la filosofía de los cistercienses era un ultraconservadurismo que los llevaba a valorar la vida monacal por encima de la secular, y por ende, al orden feudal por sobre el orden de las nuevas comunas que estaban surgiendo. En términos sencillos, el Císter proponía volver a los buenos y viejos tiempos agrícolas para solucionar los males del presente. En vez de ser proactivos, reaccionaban con una mentalidad conservadora que iba a contrapelo de los tiempos.
En ese clima, los burgueses que se enriquecían rápidamente estaban ayunos de asistencia espiritual. La Iglesia Católica del siglo XII perdió contacto con las ciudades. Y este vacío que la Iglesia no pudo llenar, lo ocuparon solícitamente otros predicadores. Estos burgueses fueron el blanco de las prédicas de los cátaros, y con un éxito tan extraordinario, que pusieron en duros aprietos a la Iglesia.

QUIENES ERAN LOS CÁTAROS.
Los habitantes de las ciudades eran cada vez más ilustrados, y por ende, empezaron a tener acceso a los libros. Entre esos textos habían muchos rescatados de la Antigüedad, y que giraban no en torno al catolicismo estricto de la Iglesia Católica, sino en torno al pensamiento gnóstico de los filósofos antiguos. El contacto con oriente, en donde estas ideas se habían conservado en ciertas sectas heréticas como los bogomilos y los paulicianos, reforzó esto.
El catarismo es pues, en buena medida, un resurgimiento de gnosticismo en pleno corazón de Occidente. Los gnósticos pensaban que la materia era mala y el espíritu era bueno, y además, se consideraban a sí mismos como los puros y los elegidos, por encima de este mundo, en el cual reinaba la maldad, la codicia y las ansias de poder. Parte del mensaje era también un regreso al cristianismo primitivo, que se vivía en la pobreza y la caridad, lo que era un ataque directo contra los lujos de la Iglesia Católica. Uno de los puntos más conflictivos era la negativa de los cátaros a pagar el diezmo a los sacerdotes, lo que atacaba tanto a las finanzas de la Iglesia como al mismísimo orden feudal, que se basaba en la explotación del campesinado a través de impuestos y contribuciones personales (trabajo personal y servicio militar o corvée). Además, la propia Iglesia Católica, como institución "de este mundo", era cuestionada porque el propio Dios de los católicos era identificado con Satanael, el ángel rebelde contra el verdadero Dios, el de los cátaros. Ser cátaro era, por tanto, ponerse en pie de rebeldía social contra el viejo sistema que intentaba ahogar el crecimiento de las ciudades.
Debido a la idea de ser islas de luz en medio de una sociedad inherentemente maligna, los cátaros, que se llamaban a sí mismos "los perfectos", tendieron a organizarse de manera cada vez más estructurada. Llegaron incluso a elegir sus propios obispos, y se sabe que llegaron a elegir su propio antipapa, aunque éste, por razones comprensibles, tuvo que mantenerse en la clandestinidad.
El catarismo creció como la cizaña. De Provenza se propagó rápidamente hasta Alemania, en donde se detectaron núcleos heréticos en Colonia, e incluso en Italia hubo congregaciones cátaras, conocidas como los patarinos. Para la Iglesia, había llegado la hora de actuar.
Hubo repetidos intentos por parte de la Iglesia Católica para enviar predicadores y mensajeros. Pero éstos no consiguieron sintonizar con el espíritu ni el ambiente que se vivía en Provenza. Al fin, el Papa Inocencio III (1198-1216) perdió la paciencia. En un acto sin precedente alguno, decretó en 1209 la Cruzada contra los cátaros (antes, la Cruzada era sólo contra los infieles sarracenos, no contra hermanos cristianos, por muy heréticos que éstos fueran). Esta es conocida como la Cruzada Albigense, porque su principal objetivo era la destrucción de Albi, la ciudad de Provenza en la cual los cátaros eran más fuertes. Aunque lo más recio de la guerra se vivió entre 1209 y 1210, ésta duró varias temporadas, y los últimos núcleos cátaros fueron destruidos en fecha tan tardía como 1244. En esa fecha, los cátaros salieron casi por completo de la historia, y entraron en la leyenda. En cuanto a la Provenza, había quedado definitivamente arrasada, tanto, que el norte de Francia por primera vez pudo imponerse social y económicamente al sur. La cultura provenzal y su bello lenguaje de oc también fueron cercenados de raíz.

EL INFLUJO POSTERIOR DE LOS CÁTAROS.
No todo el éxito de la Iglesia Católica se debe al uso de la fuerza militar. Parte de éste se debe también a la figura de San Francisco de Asís, quien en las mismas fechas de la Cruzada Albigense comenzó a predicar doctrinas que tienen más de un punto en común con los cátaros, incluyendo una visión positiva de la vida, distinta a la deprimente concepción que de ésta tenían los cistercienses, y que por ende era más aceptable para los burgueses que miraban con confianza hacia el futuro. Puede decirse que los franciscanos fueron los primeros católicos que pudieron predicar el mensaje de la Iglesia a las nacientes ciudades. También se destacó Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los Dominicos, a los cuales pronto se les encomendó una nueva institución, encargada de la represión sistemática de la herejía: el Tribunal del Santo Oficio, mejor conocido como la Santa Inquisición.
Hoy en día, conocer las ideas de los cátaros es difícil. La Cruzada Albigense fue tan mortífera en su labor destructura, que prácticamente ningún documento cátaro sobrevivió. Todos los testimonios que hay sobre ellos, se conocen por los testimonios de los cronistas católicos (es decir, del enemigo), o bien por las actas de los procesos por herejía contra los cátaros. Eso ayuda a reforzar el aura romántica de los cátaros, debido a que refuerza el carácter esotérico de sus doctrinas. Sin embargo, como hemos mencionado, las doctrinas cátaras no son realmente novedosas, y son en realidad una simple actualización del viejo gnosticismo grecorromano a los tiempos medievales.
En ese sentido, la magia del catarismo no viene de éste como doctrina en sí, sino de aquellas características que hacen al gnosticismo una doctrina tan agradable para muchos hoy en día. Debido a su noción de que existen los puros o elegidos por encima de todo el resto de la humanidad, los gnósticos pueden sentirse legitimados y superiores a todo el resto de las personas. Cayeron en esto los gnósticos de los tiempos grecorromanos, los cátaros de la Edad Media, y hoy en día los masones, los rosacruces o los charlatanes de lo esotérico, que son los herederos espirituales del catarismo. He ahí la fuerza de las ideas cátaras hoy en día, y también por qué los cátaros son pasto tan nutritivo para los charlatanes de lo religioso o lo esotérico.