04 septiembre 2005

EL CONCORDATO DE WORMS.

Privilegium pontificis.

Yo, Calixto obispo, siervo de los siervos de Dios, te concedo a ti, querido hijo Enrique, por la gracia de Dios augusto emperador de los romanos, que tengan lugar en tu presencia, sin simonía y sin ninguna violencia, las elecciones de los obispos y abades de Germania que incumben al reino; y que si surge cualquier causa de discordia entre las partes, según el consejo y el parecer del metropolitano y de los sufragáneos, des tu consejo y ayuda a la parte más justa. El elegido reciba de ti la regalía en el espacio de seis meses, por medio del cetro, y por él cumpla según justicia sus deberes hacia ti, guardando todas las prerrogativas reconocidas a la Iglesia Romana. Según el deber de mi oficio, te ayudaré en lo de mí dependa y en las cosas en que me reclames ayuda. Te aseguro una paz sincera a ti y a todos los que son o han sido de tu partido durante esta discordia.

Privilegium imperatoris.

En nombre de la Santa e Indivisible Trinidad. Yo, Enrique, por la gracia Dios augusto emperador de los romanos, por amor de Dios y de la Santa Iglesia romana y de nuestro papa Calixto y por la salvación de mi alma, cedo a Dios y a sus santos apóstoles Pedro y Pablo y a la Santa Iglesia Católica toda investidura con anillo y báculo, y concedo que en todas las iglesias existentes en mi reino y en mi imperio, se realicen elecciones canónicas y consagraciones libres. Restituyo a la misma Santa Iglesia Romana las posesiones y privilegios del bienaventurado Pedro, que le fueron arrebatadas desde el comienzo de esta controversia hasta hoy, ya en tiempos de mi padre, ya en los míos, y que yo poseo; y proporcionaré fielmente mi ayuda para que se restituyan las que no lo han sido todavía. Igualmente devolveré, según el consejo de los príncipes y la justicia, las posesiones de todas las demás iglesias y de los príncipes y de los otros clérigos o laicos, perdidas en esta guerra, y que están en mi mano; para las que no están, proporcionaré mi auxilio para que se restituyan. Y aseguro una sincera paz a nuestro papa Calixto y a la Santa Iglesia Romana y a todos los que son o fueron de su partido. Fielmente, daré mi ayuda cuando la Santa Iglesia me lo reclame y rendiré a ella la debida justicia. Todo esto está redactado con el consenso y el consejo de los príncipes cuyos nombres siguen (...).

Con este documento, el año 1122, se cerró en definitiva la Querella de las Investiduras. Sin embargo, no fue la última guerra entre el Papado y el Imperio.

DOCUMENTO: GREGORIO VII PERDONA A ENRIQUE IV.

Después de la humillación de Canosa, en medio de la Querella de las Investiduras, Gregorio VII se resolvió a perdonar al Emperador Enrique IV. Lo hizo por medio de esta carta, dictada a fines de enero de 1077, en donde se dirige a los príncipes alemanes con las siguientes palabras:
Antes de entrar a Italia, el rey nos había despachado embajadores suplicantes y se había ofrecido a dar satisfacción a Dios, a san Pedro y a Nos en todos los puntos, renovando la promesa de observar plena obediencia para la enmienda de su vida, con tal de obtener de nuestras manos la absolución y la gracia de la bendición apostólica… Espontáneamente, sin ninguna manifestación hostil o atrevida, vino, seguido por una pequeña escolta, ante el castillo de Canosa, nuestra morada. Ahí, habiendo depuesto todas las insignias de la realeza, humildemente descalzo y vestido de lana, permaneció durante tres días delante de la puerta del castillo en actitud de suplicante, implorando sin cesar, con abundantes lágrimas el consuelo y el auxilio de la misericordia apostólica, hasta que hubo excitado la conmiseración de todos los presentes que escuchaban esas lamentaciones: fue tanto, que intercedieron por él; a fuerza de oraciones y lágrimas, todos se extrañaban de la extraordinaria dureza de nuestra alma, y algunos llegaban a gritar que en nosotros no se manifestaba la grave severidad de un apóstol, sino la crueldad de un tirano. En fin, vencidos por la constancia de ese arrepentimiento, por la intervención insistente de todos los circunstantes, nosotros lo recibimos, libre de las cadenas del anatema, en la gracia de la comunión y en el regazo de nuestra santa madre Iglesia.
Por cierto, la referencia a la actitud penitente de Enrique IV es algo que no ha podido ser corroborado por otras crónicas, y muchos historiadores sostienen que es un intento de Gregorio VII por atribuirse importancia, por medio de una "piadosa" mentira.

DOCUMENTO: LAS "AMISTOSAS" PALABRAS DE ENRIQUE IV AL PAPA GREGORIO VII.

El 27 de Marzo de 1076, en medio de la candente Querella de las Investiduras, el Emperador de Alemania, Enrique IV, se dirigía de esta manera al Papa Gregorio VII, defendiéndose de lo que consideraba una usurpación de sus atribuciones, por medio de esta carta:

Enrique, rey no por usurpación, sino por pía ordenación divina, al Hildebrando, ya no apostólico, sino falso monje:

Este saludo te has merecido por tu confusión, tú que ningún orden en la Iglesia dejaste, que no hicieras partícipe de confusión en vez de honor, de maldición en lugar de bendición. En efecto, para decir muchas cosas en pocas y adecuadas palabras, no sólo no has temido tocar a los dirigentes de la santa Iglesia, cuales son los arzobispos, obispos y presbíteros –ungidos del Señor–, sino como a siervos que no saben lo que hace su señor, los has hollado con tus pies, comprándote así el favor popular. Según tú, ellos no saben nada, tú sólo lo sabes todo: ciencia que no estudiasta para edificación, sino para destrucción. Es como para creer que san Gregorio, de quien usurpas el nombre, profetizó de ti cuando dijo: “Muchas veces el ánimo del prelado se exalta por la cantidad de sus fieles y estima que sabe más que todos, cuando toma conciencia de que puede más que todos”. Nosotros hemos soportado estas cosas, procurando conservar el honor de la sede apostólica. Pero tú tal vez interpretaste nuestra humildad como miedo y, por tanto, no temiste ignorar la mismísima potestad regia, por Dios a Nos concedida, ateviéndote a amenazar con quitárnosla, como si de ti hubiéramos recibido el reino, como si en tu mano y no en la de Dios estén el reino y el imperio.

Nuestro Señor Jesucristo, que nos llamó al reino, a ti no te ha llamado al sacerdocio. Pues tú escalaste por estas gradas: con astucia, medio tan opuesto a la profesión monástica, conseguiste dinero; con dinero, el favor; con el favor, armas; con armas, llegaste a la sede de la paz, y desde esa sede la paz turbaste, por cuanto has armado a los súbditos contra los prelados, les has enseñado, tú, no llamado, a despreciar a nuestros obispos, por Dios llamados, por cuanto transferiste a los laicos el ministerio episcopal sobre los sacerdotes, a los que ahora pueden condenar y deponer, como si no los hubieran recibido de Dios mismo, a través de la imposición de manos de sus obispos, para ser enseñados por ellos. Incluso a mí, que aunque indigno entre los ungidos, he sido ungido rey, me agraviaste: a mí, que según la tradición de los santos padres, sólo por Dios puedo ser juzgado, y no puedo ser depuesto por otro crimen, sino por uno de fe; ni el mismo Juliano el Apóstata fue juzgado y depuesto por éstos; antes bien, los santos padres, prudentemente, dejaron el asunto en manos de Dios.

El mismo san Pedro, verdadero Papa, proclama: “Temed a Dios, honrad al rey”. Pero tú, que no temes a Dios, dejas de honrar en mi su precepto. Y san Pablo, que ni a los ángeles del cielo deja predicar otra cosa que la verdad, no te ha exceptuado a ti, que predicas otra cosa sobre la Tierra, pues ha dicho: “cualquiera que, yo mismo o un ángel os predique otro evangelio, sea anatema”.

Tú, pues, condenado por este anatema y el juicio de todos nuestros obispos, retírate, deja la sede apostólica usurpada; que otro ascienda al solio de san Pedro, que no introduzca la violencia con pretextos religiosos sino que enseñe la sana doctrina de san Pedro. Yo, Enrique, rey por la gracia de Dios, junto con nuestros obispos, te decimos: desciende, desciende, condenado para siempre.

Lo gracioso del asunto es que, aunque las palabras de Enrique IV sobre su derecho a reinar por gracia divina suenen un tanto arrogantes hoy en día, se ajustan plenamente a lo que se consideraba jurídico en ese tiempo. No en balde, el Emperador era heredero de los Emperadores de Roma, frente a los cuales los obispos de Roma habían empeñado fiera resistencia en la época de las persecusiones, y un dócil servilismo después de que Constantino y sus sucesores los favorecieran construyendo templos y otorgándole diversas prebendas y beneficios.


QUERELLA DE LAS INVESTIDURAS

En el año 1075 se entabló una furibunda guerra entre el Papado y el Sacro Imperio Romano Germánico, los dos grandes leviatanes de la política europea de su tiempo. El pretexto: quién debía nombrar a los obispos. Los verdaderos intereses en juego: Quién sería el amo absoluto de Europa Occidental. El resultado: una sangrienta guerra que se arrastraría durante 47 años, y que no terminaría con una paz definitiva. Las consecuencias hoy: comienza la autocracia papal que rige a la Iglesia Católica hasta el día de hoy. En EODLE develamos los entresijos de uno de los episodios más importantes en la historia del Cristianismo.

Hacia la guerra.

En el año 1075, la Iglesia Católica vivía un momento bastante oscuro. En los dos siglos anteriores, el poder del Papado se había ido eclipsando poco a poco. Los aristócratas de Roma peleaban el título de Papa para obtener ventajas para sí mismos, y de esta manera, la espiritualidad de la Iglesia se vio arrastrada por las cloacas. Fue un tiempo en el cual depravadas cortesanas podían imponer Papas a su antojo, y la simonía (compraventa de cargos eclesiásticos) campeó a sus anchas. El prestigio del Papado se vio aún más dinamitado luego de que en el año 1054, luego de varias hostilidades, el Patriarca de Constantinopla y el Papa de Roma rompieron relaciones definitivamente, generando un cisma en la cristiandad que hasta el día de hoy no ha sido jamás reparado. En toda Europa habían voces que clamaban por serias reformas al interior de la Iglesia Católica, e incluso varios Papas habían tratado de cambiar este estado de cosas, sin mayor resultado.

En el año 1073 llegó al solio pontificio un monje llamado Hildebrando. Este había recibido educación en un monasterio ubicado en Cluny, Francia. Los cluniacenses eran, desde su fundación en el año 910, una punta de lanza de la espiritualidad católica, y tenían un puesto destacado entre quienes aspiraban a las necesarias reformas en la Iglesia. Hildebrando había sido secretario de Gregorio VI, un Papa que había comprado su cargo por simonía para tratar de alejar a un pretendiente indigno, y que por este tecnicismo legal, había sido oficialmente depuesto por el Emperador de Alemania. De este episodio, Hildebrando había concluido que no habría posibilidad alguna de reforma, hasta que el Papado fuera fortalecido, y especialmente puesto lejos de las manos del Emperador.

Para entender bien este problema, deben tenerse presentes algunos antecedentes sobre la organización de la Iglesia de la época. Desde los tiempos del Imperio Romano, el Emperador tenía facultades para nombrar obispos a voluntad. En ese tiempo el Imperio Romano ya no existía, pero los Emperadores alemanes, señores del Sacro Imperio Romano Germánico, pretendían ser sus continuadores, basados justamente en que algunos Papas anteriores los habían nombrado como tales. Por supuesto que el Emperador nombraba como obispos no a los más capaces o de mejor vida espiritual, sino a aquellos que estuvieran en mejores relaciones con su propio poder. Además el Emperador retribuía a los obispos con señoríos feudales, por lo que los Obispados eran señoríos feudales, de la misma manera que los condados, ducados, margraviatos, etcétera, amarrados todos por un vínculo de vasallaje a la corona del Emperador.

La situación política italiana también debe ser considerada. En ese tiempo, una nueva raza de señores de la guerra, los normandos, habían hecho aparición en el sur de la península. Un aventurero normando llamado Roberto Guiscardo había ganado en diez años de guerras, el título de Duque de Apulia y Calabria (es decir, de todo el sur de Italia), y la promesa de ser nombrado Rey de Sicilia si la conquistaba, todo aquello en el año 1059. Todas esas tierras estaban en manos del Imperio Bizantino, señor del Patriarca de Constantinopla, así es que Roma y los normandos se habían transformado en aliados naturales. Al mismo tiempo, en el norte, teóricamente sometido al Imperio, cobraba fuerza cada vez mayor el Condado de Canosa, cuyos señores se trasladaron desde Canosa hasta la por entonces ascendiente Florencia, y eran los rectores de la política en el norte de Italia.

Una vez elegido, Hildebrando se nombró a sí mismo como Gregorio VII, en recuerdo del Gregorio VI indignamente depuesto, y emprendió una amplia serie de reformas. Estas se llevaron a cabo en la esfera administrativa, en primer lugar, pero para Gregorio VII, esto no era suficiente. De este modo, se lanzó a su innovación más revolucionaria: prohibió al Emperador nombrar obispos, al centrar en sí mismo tal facultad. Aquello, en términos de Derecho Medieval, constituía una verdadera declaración de guerra.

Gregorio VII contra Enrique IV.

A Enrique IV, todo esto le supo muy mal. El Emperador alemán era en realidad el señor de una serie de revoltosos vasallos que a la primera oportunidad trataban de consolidar su propio poder, a costa del poder central; entre esos vasallos estaban, recordemos, los condes de Canosa, que controlaban Italia del norte. Que el Papa nombrara a los obispos, equivalía literalmente a crear un estado dentro del Estado, algo que el Emperador no estaba dispuesto a tolerar. Las hostilidades quedaron abiertas cuando el Obispado de Milán quedó vacante. Tanto el Emperador como el Papa nombraron a su propio hombre, así es que de pronto Milán tenía dos obispos que se excomulgaban mutuamente.

Enrique IV tenía el precedente de que los Papas anteriores habían sido todos bastante débiles y dóciles, así es que pensaba que iba a imponerse fácilmente a Gregorio VII. Pero éste era de madera muy dura. Ante el encono de Enrique IV en defender su posición, Gregorio VII lanzó la más mortífera arma del arsenal pontificio: decretó el interdicto sobre los territorios imperiales, y excomulgó al Emperador.

En la Edad Media, esto era terriblemente grave. El interdicto significaba que no se podían celebrar rituales católicos, en particular la misa, en todo el territorio, por lo que la gente que muriera en el intertanto, lo haría sin recibir la gracia de los sacramentos católicos, lo que los precipitaría de seguro en los infiernos, en la concepción de la época. Al mismo tiempo, un Emperador excomulgado carecía de toda autoridad para hacerse obedecer, algo que los señores feudales, siempre listos a rebelarse, vieron como una oportunidad extraordinaria. Enrique IV trató de forzar con violencias a los sacerdotes alemanes a cumplir con los ritos católicos, sin el menor éxito, porque esto le atrajo aún mayores animadversiones.

Completamente derrotado, Enrique IV marchó a Italia con un pequeño ejército. Gregorio VII, sin conocer las intenciones del Emperador, se marchó de Roma y escondió prudentemente en el Castillo de Canosa, fortaleza principal de Matilde, la Duquesa de Toscana, y gran aliada del Papa. Pero Enrique IV no traía intenciones belicistas. Quiere la leyenda que permaneció tres días frente al castillo, en la nieve, postrado de hinojos, implorando el perdón papal, aunque parece ser que más bien sostuvieron una conversación amigable, dentro de la situación, y resolvieron sus problemas a satisfacción. En el siglo XIX, el nacionalista Canciller alemán Otto von Bismarck acuñaría la expresión “ir a Canosa”, para hacerla sinónima de una gran humillación.

El amargo fin de Gregorio VII.

Enrique IV volvió a Alemania completamente rehabilitado. Se trenzó entonces en una dura guerra civil contra sus propios señores feudales. Pidió entonces la ayuda de Gregorio VII, pero éste vaciló en intervenir en asuntos internos del Imperio. Las relaciones entre el Papa y el Emperador se enfriaron rápidamente, y el Papa comprometió entonces su apoyo al pretendiente rival, Rodolfo de Suabia. Y nuevamente puso a Alemania bajo interdicto, y excomulgó por segunda vez a Enrique IV.

Esta vez, el Emperador estaba preparado. Forzó a los obispos alemanes a reunirse en sínodo, y consiguió que Gregorio VII fuera oficialmente depuesto. La situación ya no se resolvería sino por las armas. Estas fueron favorables a Enrique IV, más allá de toda expectativa, ya que en 1081, Rodolfo de Suabia murió en combate. Enrique IV sometió duramente a los príncipes alemanes rebeldes, y luego dirigió todas sus fuerzas militares a Italia. Matilde de Canosa no pudo resistir, y Enrique IV avanzó victoriosamente hasta Roma, sometiéndola a un duro pillaje mientras que Gregorio VII escapaba de la misma.

Desesperado, Gregorio VII llamó en su auxilio al normando Roberto Guiscardo. Este, a la sazón, se encontraba en Grecia, librando una victoriosa guerra al Imperio Bizantino. Este llamado salvó al Imperio Bizantino de ser conquistado por los normandos, porque Roberto Guiscardo volvió a Italia y dejó a su incompetente hijo Bohemundo el mando de las tropas en los Balcanes. Roberto Guiscardo se dejó caer en Roma, expulsó a las tropas alemanas, y a continuación se pagó con un saqueo aún más horrible que el de los soldados de Enrique IV. Esta vez los romanos se exasperaron tanto con los normandos, que supuestamente venían a ayudarlos, que echaron a Gregorio VII apenas éste intentó regresar a Roma. El Papa se refugió en Salerno, capital de Roberto Guiscardo, en donde falleció en 1085. Sus famosas últimas palabras fueron: “amé la justicia y odié la iniquidad, por eso muero en el destierro”.

La guerra prosigue.

Después de algunos años, subió al solio pontificio Urbano II. Este hombre era también un cluniacense, como Gregorio VII, pero mucho más perito en cuestiones diplomáticas. Estaba convencido de que no habría paz con el Imperio si no se ganaban las cuestiones de las investiduras (esto es, del nombramiento de obispos) a entera satisfacción de la Iglesia Católica. Pero no recurrió a la hostilidad abierta, sino que prefirió las sutiles artes de la diplomacia, haciendo que contra Enrique IV se rebelaran sus propios hijos. Enrique IV había nacido en 1150, era un mozalbete de 25 cuando había estallado la guerra con el Papado, y por tanto, apenas llegaba a la cincuentena cuando estaba luchando desesperadamente por conservar su trono, una vez más. Su hijo Enrique V resultó ser aún más artero que su padre, ya que consiguió derrotarle con engaños. Enrique IV tuvo que huir de Alemania, e intentaba en vano reclutar un ejército para recuperar sus dominios, cuando falleció completamente quebrantado por sus penurias, a los 56 años, en 1106.

Mientras tanto, Urbano II estaba dedicado a reforzar el prestigio del Papado por otros expedientes. En 1078, mientras Gregorio VII estaba absorbido en sus hostilidades contra el Emperador, los turcos selyúcidas habían tomado Jerusalén. Urbano II, con las manos más libres que Gregorio VII, había predicado la Cruzada, con lo que esperaba no sólo recuperar los Santos Lugares para la Cristiandad, sino también imponer a la Iglesia Católica como una figura de autoridad moral sobre todos los cristianos. Ciertamente que lo consiguió, de modo que a su muerte, en el mismo 1099 en que los cruzados conquistaban Jerusalén, la Iglesia Católica era otra vez un digno rival para el Emperador.

Una vez bien asegurado en su trono por la muerte de su padre, Enrique V insistió una vez más en la cuestión de las investiduras. Esta vez, el Papa que le enfrentaba era Pascual II, hombre de talante más bien conciliador, lejos del radicalismo de Gregorio VII y Urbano II. Después de varios años de negociaciones, ahora con la guerra sólo en estado latente, se llegó a un acuerdo en el año 1111. Enrique V renunciaba a la pretensión de investir a los obispos, pero a cambio, éstos entregaban todos los regalia (esto es, los beneficios que los obispos recibían como señores feudales) al Imperio. Era una renuncia casi heroica, por parte de ambas partes, y hubiera sido la base de un arreglo sólido y perdurable, salvo por un pequeño detalle: este trato no gustó para nada a los obispos alemanes, quienes prefirieron seguir subordinados al Emperador, pero beneficiándose de sus regalia. La ambición de poder de los sacerdotes es cosa que viene de antiguo.

En este punto, Enrique V dio un paso indigno. En vez de renegociar el acuerdo o tratar de someter a los obispos alemanes, optó por tender una trampa al confiado Pascual II, para secuestrarlo y obligarle en cautiverio a ceder todas sus prerrogativas, en lo que se refiere a las investiduras. El Papa, quebrantado después de dos meses de prolongado cautiverio, cedió. Pero ahora fueron los obispos italianos quienes se rebelaron en masa ante lo que juzgaban un vejamen inadmisible, y negaron toda validez a las concesiones de Pascual II, por haber sido arrancadas bajo coacción. Enrique V, enardecido ya que la situación se arrancaba de sus manos, decidió intervenir militarmente en Italia, una vez más, al tiempo que el clima de desorden imperante llevó a los señores feudales alemanes a sublevarse una vez más.

El Concordato de Worms.

La situación de Enrique V era desesperada, ya que con una mano estaba guerreando contra los señores feudales en Alemania, y con la otra pretendía imponerse al Papado en Italia. Pero la fortuna le favoreció. Matilde de Canosa, vieja aliada del Papado, falleció en 1115, lo que le abrió camino fácilmente hasta Roma. En 1117, los alemanes volvieron a tomar Roma. Una vez más, el Papa se arrojó en brazos de los normandos. El fiero Roberto Guiscardo había fallecido en 1085, pero en el intertanto, su hermano Roger I, y después su sobrino Roger II, se habían transformado en señores de Sicilia, y habían consolidado su posición política más allá de toda posibilidad de quebrar su poderío. Roger II no vaciló en intervenir a favor del Papado, lidiando una feroz guerra con Enrique V, y el antipapa Gregorio VIII, que éste había nombrado.

Frente a todas estas tribulaciones, Enrique V prefirió ceder. Se hacía viejo, al igual que su padre, y no quería pasarse todo su reinado en guerra, así es que mientras aplastaba uno por uno a los señores feudales alemanes rebeldes, entabló nuevas negociaciones con el Papa, que en esta ocasión era Calixto II (Pascual II había fallecido en el intertanto). En el año 1121, Enrique V logró que la Dieta Imperial (es decir, la asamblea de señores feudales alemanes) le reconocieran como Rey de Alemania, y tuvo las manos libres para llegar a un acuerdo con el Papa.

En la ciudad alemana de Worms se celebró entonces el llamado Concordato de Worms (un concordato es un tratado entre el Papado y un Estado cualquiera, en este caso, el Sacro Imperio Romano Germánico). No sin ironía, se repitieron algunas estipulaciones de lo ya acordado en Sutri, once años antes. En líneas generales, el Papa nombraría en adelante a los obispos, pero éstos deberían hacer un reconocimiento al Emperador. Esto último era un gesto vacío, desde luego, ya que al ser nombrados por el Papa le serían fieles a éste, pero salvaba de maravillas las apariencias para el derrotado Emperador. También el Emperador restituía las propiedades en Italia, de las que se había apoderado en los años de guerra anterior.

Las consecuencias de la Querella de las Investiduras.

¿Es la Querella de las Investiduras un episodio de la Edad Media, sin mayor trascendencia? ¡De ninguna manera! Las consecuencias de esta serie de guerras, siguen presentes hasta el día de hoy en la Iglesia Católica. La doctrina hildebrandina según la cual la Iglesia debía ser autónoma de todo poder secular, que hoy en día parece casi obvia, en aquellos años era una completa innovación. Aquí se sentaron las bases del totalitarismo eclesiástico que transformó a la Iglesia Católica en una monarquía absoluta de derecho divino, y que sería sucesivamente perfeccionada a lo largo de los siglos.

El resultado de este cambio fue harto drástico. El Monasterio de Cluny y los hombres salidos de allí, como Gregorio VII o Urbano II, querían sustraer de las manos del poder terrenal el nombramiento de obispos, como medida desesperada para asegurar la pureza de los hombres de iglesia. Pero a medida que los ideales de Cluny se fueron degradando, y los cluniacenses terminaron convertidos en una maquinaria de poder, y por tanto corrompidos por el mismo, el fortalecimiento de la autoridad papal dentro de la Iglesia Católica redundó en un empeoramiento de la moral al interior de la misma, ya que el Papa comenzó a nombrar obispos serviles a sus propósitos, los que se veían obligados a apoyarle como un verdadero ejército, algo que se mantiene hasta el día de hoy. A lo largo de los siglos, esta concatenación de hechos llevaría a la mundanización del clero, que en la época del Renacimiento llegaría a sus cotas más altas con figuras como el intrigante Alejandro VI, o Julio II, el Papa Guerrero, y que nunca ha sido eliminada del todo.

01 septiembre 2005

"EL OJO DE LA ETERNIDAD" EN SEPTIEMBRE.

En septiembre, la Edad Media desembarca en EODLE. El próximo 9 de septiembre, EODLE ingresa a su segundo mes de vida, y lo celebra con cuatro artículos sobre la religión en la Edad Media, uno cada domingo, más documentos e información adicional, todo en el estilo clásico de EODLE. El ciclo comienza el domingo 4 de septiembre, con un artículo sobre la Querella de las Investiduras, la gran batalla que enfrentó a la Iglesia y al Imperio, y que marcó el camino a lo que va a ser la Iglesia Católica hasta el día de hoy.
Además, ya hay disponible un correo electrónico para quienes deseen comunicarse directamente con EODLE:
Nos vemos a lo largo de septiembre, en El Ojo de la Eternidad.

30 agosto 2005

RELIGIÓN AL INSTANTE: BREVES Nº 2.

¿Ascenso? A partir del Sábado 27 de Agosto pasado, Cracovia tiene un nuevo arzobispo: Stanislao Dziwisz. El pobre hombre regresa a Polonia después de 27 años en el Vaticano. Había sido el secretario de Juan Pablo II, y su mano derecha. Aunque se negara a respetar los deseos del difunto Juanpa, y conservara los papeles que éste mandó en vida que fueran quemados, después de su muerte. Conociendo la sutileza sibilina de la diplomacia vaticana, este nombramiento genera varias interrogantes. ¿Es un ascenso? ¿Es un premio por los años de servicio? ¿Es un permiso para que regrese a su tierra natal y pueda morirse allá de una buena vez? ¿O más bien no será toda una maniobra de Benedicto XVI para afirmar su poder, bien sea consagrando a alguien cercano a su antecesor en Cracovia, o simplemente alejándole de Roma para que no pueda tener conservaciones de pasillo con otros cardenales...? ¡Ah! Por cierto, los famosos papeles de Juanpa, Stanislao se los llevó consigo, como en la mejor tradición de los folletines en donde un documento muy importante va de acá para allá, se pierde, lo vuelven a encontar...

Salman Rushdie a la carga otra vez. El escritor que fue condenado a muerte por el Ayatollah Jomeini gracias a sus pintorescos Versos satánicos (obra que, dicho sea de paso, nadie de la gente de EODLE o sus alrededores ha leído, o siquiera visto en el escaparate de una librería, acá en Chile), se entrevistó con Tony Blair, el Primer Ministro británico, para persuadirle de que no fomente una política de escuelas religiosas. Aunque el cable noticioso fue harto breve, la conversación tiene que haber sido de lo más peregrina, con Salman diciendo "oye, que van a haber más musulmanes tratando de matarme", y con Tony diciendo "no te preocupes, si los musulmanes pueden enseñar el credo que defienden con bombas terroristas, entonces no sentirán la tentación de defender la subsiguiente creciente mayoría con bombas terroristas"...

"NO SE PUEDE APLAUDIR CON UNA MANO": ¿ISRAEL PRAGMÁTICO O ISRAEL FANÁTICO?

El siguiente artículo fue publicado en el diario El País de España, el 27 de Agosto de 2005, y se refiere al sentimiento religioso israelí, frente al nuevo episodio de la crisis entre israelíes y palestinos, que ha tenido lugar con la evacuación de la Franja de Gaza:

"No se puede aplaudir con una mano".
Por Amos Oz.

Los colonos judíos de Gaza y Cisjordania tienen un sueño para el futuro de Israel. Yo también tengo un sueño para el futuro de Israel. Pero su dulce sueño es mi pesadilla, mientras que a ellos mis sueños les parecen veneno.

Los colonos sueñan con crear un "Gran Israel" con asentamientos judíos de muro a muro. En estos asentamientos sólo pueden residir judíos, mientras que los palestinos sólo pueden entrar a trabajar, desempeñando trabajos sencillos y mal pagados. En dicho Estado, la democracia tendrá que inclinarse ante los rabinos. Al Kneset (Parlamento israelí), al Gobierno y al Tribunal Supremo se les permitirá seguir existiendo siempre que los rabinos aprueben sus decisiones. Los colonos creen que en cuanto el Gran Israel se convierta en una entidad religiosa y en una "nación sagrada", llegará el Mesías y se materializará la redención completa del pueblo judío.

En esta fantasía de los colonos, los palestinos sólo tienen cabida como siervos humildes y obreros agradecidos. Además, en la fantasía de los colonos yo no tengo cabida, no hay lugar para un Israel laico y moderno. Mis amigos y yo estamos "fuera" a no ser que nos arrepintamos. Al menos se supone que no debemos interponernos en la construcción de más asentamientos y la ampliación de los existentes. Si nosotros, los israelíes laicos, borramos nuestra propia existencia, los colonos nos rociarán con amor fraterno. Pero si insistimos en que tenemos una visión diferente de Israel, inmediatamente nos convertimos en traidores, amigos de los árabes o incluso nazis.

Pero también nosotros tenemos un sueño para Israel, totalmente distinto de la fantasía religiosa de los colonos. Queremos vivir en paz y libertad, no bajo el dominio de los rabinos, ni siquiera bajo el dominio del Mesías, sino bajo nuestro propio Gobierno elegido.

Soñamos con liberarnos de la larga ocupación de los territorios palestinos. Israel y Palestina son, desde hace casi 40 años, como un carcelero y un preso, esposados el uno al otro. Después de tantos años casi no hay diferencia: el carcelero no es libre y el preso tampoco. Israel no será una nación libre hasta que se ponga fin a la ocupación y a los asentamientos y Palestina se convierta en un país vecino independiente.

Durante 30 años, los colonos han controlado Israel a través de los diversos Gobiernos. Han impuesto su visión y pisoteado nuestros sueños. Han sido los dueños del país.

Ahora, el primer ministro Ariel Sharon intenta lanzar una especie de "golpe" contra el gobierno de los colonos. Se trata de un intento de restablecer la autoridad del Gobierno elegido. Si funciona, tal vez el sueño de los colonos quede bloqueado y la visión de los israelíes laicos reviva.

La de Gaza no es esencialmente una lucha entre el Ejército y los colonos, ni siquiera entre halcones y palomas. No. Es una lucha entre Iglesia y Estado (para ser más precisos, entre Sinagoga y Estado). Se trata de algo que han experimentado muchos países: ¿cuál debería ser la posición y la influencia de la religión y de los sacerdotes en la tarea de dirigir un país? Algunos países lo solucionaron hace siglos. Otros luchan indefinidamente con ello. El mundo musulmán, con la excepción de Turquía, ni siquiera ha empezado.

Durante estos días pasados hemos visto en Gaza lo que en retrospectiva podría resultar ser la primera batalla sobre la Sinagoga y el Estado en Israel, el primer enfrentamiento por la naturaleza del judaísmo en el único Estado judío. ¿Somos, ante todo, una religión o una nación?

En esta primera ronda, parece que el Israel laico, racional y pragmático prevalece con dificultades sobre el Israel fanático. Pero no olvidemos que no se trata más que de la primera ronda.

Tanto los colonos como el resto de los israelíes podemos enorgullecernos de que, al contrario que las sangrientas guerras entre Iglesia y Estado libradas en muchos países a lo largo de la historia, esta primera ronda de Gaza ha sido por el momento violenta pero no sangrienta. Ha habido mucho ruido y furia, pero no una masacre.

¿Será igual en las próximas rondas? ¿Ocurrirá lo mismo cuando llegue el momento de abandonar Cisjordania y Jerusalén oriental a cambio de la paz con los palestinos? Estas cuestiones no sólo dependen de los israelíes, religiosos y laicos, halcones y palomas, de derechas o de izquierdas. Dependen en buena parte de la respuesta palestina. ¿Considerarán los palestinos todo esto como un paso audaz de los israelíes hacia un acuerdo histórico con ellos? ¿O considerarán los choques entre los propios judíos como el primer síndrome de desintegración de Israel e intentarán inflamar la situación interna israelí lanzando una nueva oleada de violencia y terrorismo palestinos?

Un viejo proverbio árabe dice que no se puede aplaudir con una mano. Ahora mucho depende de cómo interpreten los palestinos la lucha entre los propios judíos en Gaza.

Amos Oz es escritor israelí. © 2005 Amos Oz Traducción de News Clips.


Nuevamente, sin comentarios.